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Cartas al padre Flye

James Agee

Quizá aún no sean legión en España los lectores de James Agee, pero libros como este pueden contribuir a corregir la falta. Las Cartas al padre Flye son la entrada más franca y despejada para seguir explorando, luego, el lirismo en blanco y negro de Elogiemos ahora a hombres famosos, el tiempo congelado de pena de Una muerte en la familia, o, para los amantes del cine, el sentido de la aventura de La reina de África, cuyo guion elaboró él.

Nuestro hombre se apuntó esas matrículas de honor –y varias más– en una carrera que truncó una muerte temprana y que lastró, lo sabemos ahora gracias a esta correspondencia, cierto bloqueo ante la hoja en blanco y otras servidumbres vitales (léanse: falta de disciplina, melancolía...).

Quien sueñe con escribir o se haya enamorado ya de las palabras, quien crea en la amistad a lo largo de los años, quien pueda defender una idea sin avasallar a su contrario, disfrutará de este legado de inteligencia que el profesor de Agee –el padre Flye del título– conservó para nuestra inmensa fortuna.

El libro es eso: una colección de cartas iniciada en 1925 y concluida en 1955, cuando la muerte llamó a la puerta del escritor. Es la emoción de los primeros amores, las dudas, el trasiego de los estudios, los encuentros postergados, los descubrimientos, las recomendaciones de un autor o de un artículo en una revista. Y es, ante todo, el calor de una amistad que se renovaba con cada sello de correos, hecha de admiración, respeto y cariño.

Aunque el padre Flye se ausenta prácticamente en este intercambio –no se conserva ninguna carta suya anterior a 1938 y, más tarde, las lagunas son demasiado hondas–, no nos cuesta imaginar sus réplicas, tan alentadoras como las de su antiguo alumno. El retrato final de ambos es un regalo para la humanidad, que nos ilustra sobre la riqueza que puede generar la diferencia, si le perdemos el miedo. Agee simpatizaba con el comunismo y el padre Flye renegaba de sus dogmas, y, aun así, la política nunca fue un arma o, mejor dicho, un sobre arrojadizo en sus manos.

Aunque no cabe leer este epistolario como una biografía –de hecho, Agee pasa de puntillas por la mayor parte de los accidentes de su vida privada–, sí que lo cerramos conociendo a la perfección los vaivenes de su trayectoria literaria, desde sus primeros trabajos "de clase", siendo un adolescente grave y esforzado, a sus últimos guiones y proyectos para el cine, cuando el alcohol y el tabaco eran vicios más fuertes que su voluntad y abofeteaban, cada vez con más apetito, su frágil corazón.

El trabajo de la editorial mexicana Jus, radicada ahora en Barcelona, ha sido sobresaliente, no ya por este rescate, sino por la presentación del pecio, que incluye numerosas y pertinentes notas a pie de página para seguir el hilo del debate. En la edad de los tertulianos necios y la conciencia comprimida en chistes de 140 caracteres, echamos de menos, vaya que sí, a hombres famosos como James Agee y James Harold Flye. Ellos sí son dignos de todo elogio./Alberto de Frutos

Cartas al padre Flye
James Agee
Jus (Barcelona, 2016)
238 págs. 19 €.

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