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Los amantes imposibles de Teruel

Lunes 10 de Octubre, 2016
La leyenda de los amantes de Teruel narra la historia de amor entre dos jóvenes turolenses. Su mausoleo en la iglesia de San Pedro, obra de Juan de Ávalos es visita imprescindible si estás en Teruel.

Ya saben, el amor está en el aire. Déjennos, entonces, hablar del amor; y ejemplos inmortales en España hay muchísimos. Unos pocos muy felices, la mayoría muy desgraciados. Sin embargo, hay una pareja que más allá de su historia personal ha pasado a la posteridad por un calificativo: tontos. Es lo que tienen los refranes, que se cargan de un plumazo la historia que tienen detrás. Que se lo digan a nuestros protagonistas, los amantes de Teruel, pobrecillos, “tonta ella, tonto él”. Y si nos atenemos a la historia recordada mil veces en poesía, teatro, novela u ópera por autores como Tirso de Molina, Tomás Bretón o Hartzenbusch, el idilio entre Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla responde al habitual amor imposible y desgraciado, el mismo al que la reacción familiar. Vamos, aquel que recogieron Fernando de Rojas en La Celestina o Shakespeare en Romeo y Julieta, por usar dos paradigmas universales.

En este caso, la historia se desarrolla a principios del siglo XIII. La familia Marcilla, antaño una de las más poderosas de Teruel, se había empobrecido. Por su parte, los Segura, se habían convertido en una de las más ricas.

UN AMOR INFANTIL
Teniendo las viviendas muy próximas las dos familias, no fue extraño que desde niños Juan e Isabel coincidieran, jugaran, crecieran, ya saben, se fueran enamorando… Y aquí llega el problema, y tiene voz de padre, de Don Pedro de Segura. Su niña no podía casarse con alguien con una economía tan deprimida. No habría matrimonio. No al menos hasta que Juan hiciese una fortuna tal que no desmereciera a los Segura.

No había espacio a la resignación. Tampoco tiempo. Juan entendió que la única forma para aumentar su patrimonio era partir a la guerra. La victoria prometía riquezas. Acordó con Isabel, que no se casaría con nadie hasta cumplidos cinco años de su marcha.

Semanas, meses y años transcurrían. Juan no volvía. Pasados cuatro años de su marcha, Pedro de Segura decide que ya era tiempo de casar su hija, había encontrado el pretendiente ideal, uno de los hombres más ricos de Teruel, don Pedro de Azagra. Isabel aceptaría tal matrimonio. Eso sí, esperaría hasta que se cumpliese el plazo de cinco años para dar el “sí quiero”.

LA DESGRACIA DE LOS AMANTES
Los días pasaron. Y la boda, tan ansiada por unos y detestada por otra, se celebró. Ese mismo día, un joven llegaba a Teruel tras largos años en la guerra. Sí, era Juan de Marcilla.

Su valor lo había convertido en un hombre riquísimo y volvía a su ciudad para casarse con la mujer a la que no había dejado de amar. Pero al poco de poner el pie en la ciudad, se enteró de que su amada ya no era soltera. Logró encontrar entonces a Isabel, y quedarse a solas con ella. Cara a cara tan solo pidió un beso, pero ella se lo negó por respeto a su esposo. Juan cayó irremisiblemente muerto.

A los pocos días se celebraron los funerales en la iglesia de San Pedro. Sobre un catafalco, sin cubrir, se hallaba el cadáver de Juan. Herida de remordimientos y con inmenso dolor, Isabel lo visitaba oculta bajo un velo. Cuando vio el cadáver, se lanzó imprudente a besarlo. Lo supondrán: al instante… murió.

Y llega el final del cuento, que como toda leyenda, destaca el triunfo del amor sobre la muerte. Las familias comprendieron que debían ser enterrados juntos.

Y allí, ocultos, descansaron hasta que en 1555, durante unas obras en la iglesia se descubrieron dos cuerpos en sorprendente estado de momificación. Eran ellos.

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