Se encuentra usted aquí

Castillitos, el fortín inexpugnable

Jueves 20 de Noviembre, 2014
El complejo defensivo de Castillitos, a las puertas del estratégico Puerto de Cartagena, se alza imponente sobre la cresta de Cabo Tiñoso, atalaya natural desde la que un grupo de baterías, con gran alcance de disparo, conjuraron cualquier peligro de agresión naval durante la Guerra Civil. Hoy declarado de Interés Cultural, es un lugar sobrecogedor y lleno de sorpresas, un espacio donde entender un poco mejor nuestra historia reciente. Texto y fotos: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano SL
Vista general de Castillitos
Desde tiempo inmemorial, los promontorios costeros del Mediterráneo cumplieron una labor defensiva determinante. Solo desde estas atalayas era posible neutralizar el peligro de un enemigo que, al hacerse visible a larga distancia, perdía muchas de las ventajas derivadas del efecto sorpresa.
Esta táctica topográfica ya fue vigente en tiempos de las primeras colonias. Fenicios, griegos, púnicos o romanos fundaron sus ciudades costeras no solo en enclaves portuarios abrigados y de fácil acceso, sino convenientemente protegidos por salientes costeros elevados y peñones que, a modo de tenaza, flanquearan el paso de las posibles naves enemigas.
 
La atalaya como estrategia
Baterías costeras como la de Castillitos son en cierto modo herederas de las atalayas defensivas o torres de vigilancia que se desplegaron a lo largo del litoral a partir del siglo XVI. 
Especialmente distribuidas por el sureste de la península, este rosario de torres, creado por orden de Carlos V y en mayor medida de su hijo Felipe II, fueron concebidas para defender nuestro territorio de las persistentes incursiones de los piratas berberiscos, y en muchos casos se mantuvieron en pleno funcionamiento hasta el siglo XIX. 
La función de estas torres consistía, por encima de todo, en crear un campo visual que favoreciera el avistamiento temprano de cualquier embarcación
A solo unos kilómetros al sur de Cabo Tiñoso, la Torre de Santa Elena, en perfecto estado de conservación, es una buena muestra de lo que fueron, al igual que otras torres en mejor o peor estado y que se hallan salpicadas por el territorio de Cartagena, como la del Negro o la del Moro. Otras, en cambio, ya desaparecieron o fueron reconvertidas, como la de Portman, la de San Pedro o la de Cabo de Palos.
La función de estas torres consistía, por encima de todo, en crear un campo visual que favoreciera el avistamiento temprano de cualquier embarcación que se acercara a las inmediaciones de la costa para, de este modo, emitir señales a núcleos próximos, así como buscar protección y refugio contra los intrusos que desembarcaran en busca de mercancías y rehenes. Pero las torres defensivas levantadas en el XVI en realidad tuvieron un efecto en gran medida disuasorio, lo mismo que podríamos afirmar respecto a infraestructuras modernas como la de Castillitos, cuyas baterías apenas entrarían en combate directo, pues su mera presencia evitó cualquier intento de penetración de naves enemigas en Cartagena durante el periodo de la contienda civil.
Volviendo a los antecedentes, es a partir del siglo XVIII cuando, bajo el reinado de Carlos III, una serie de acuartelamientos e instalaciones irán ocupando su espacio en la ciudad de Cartagena. Entre ellos, emblemáticas infraestructuras militares como el Arsenal, el Parque de Artillería, el Hospital Militar, o la Capitanía General, a los que se unirán importantes recintos como la imponente muralla de la ciudad, así como las fortalezas defensivas instaladas en los montes aledaños a la ciudad o que flanquean el acceso al puerto.
Pero esta evolución defensiva, lejos de lo que pudiera parecer, aún no habría concluido. Ya implementadas las infraestructuras que protegían la ciudad y accesos inmediatos al puerto, el imparable progreso naval que tenía lugar en el mundo, tanto en lo referente a navegación como en armamento a bordo, obligaron a replantearse los sistemas de defensa desde tierra firme, desplegándose así nuevas baterías, esta vez más alejadas y de mayor potencia de tiro, que se fueron incorporando al entorno hasta crear una línea costera casi inexpugnable.
En esta evolución, Castillitos podría definirse como la culminación técnica y arquitectónica (ya entrado el siglo XX) de las atalayas costeras, un alarde de ingeniería dotado, a su vez, con una capacidad de maniobra y un alcance de disparo inéditos hasta entonces y revolucionarios para su época.
 
La puesta en marcha
El relato de la puesta en marcha de Castillitos comienza en el primer tercio del siglo XX. Concretamente, la idea de su construcción se inscribe como parte del Plan de Defensa de las Bases Navales que Primo de Rivera impulsa a partir de 1926, en el que Cartagena, junto a otros puertos emblemáticos, tenía una importancia capital. 
Es de suponer que, con el proyecto sobre la mesa, la ejecución de Castillitos debió de suponer para sus artífices una empresa inconmensurable. Geográficamente, el lugar elegido era óptimo: un escarpado saliente costero, a poniente de Cartagena, y encaramado sobre vertiginosos acantilados cuya altura rondaba los 257 metros sobre el nivel del mar. Desde tal posición, en un día claro la vista alcanzaba desde el Cabo de Gata al sur, hasta más allá del Cabo de Palos al norte. 
Las bondades estratégicas de tal posición, sin embargo, habrían de chocar con las dificultades de acceso al lugar, extremo que dilataría su puesta en marcha hasta los mismos prolegómenos de la Guerra Civil. Cabe imaginarse, cuando el visitante de hoy recorre la serpenteante sucesión de curvas que hay que transitar hasta llegar al Cabo Tiñoso, la dificultad y el trabajo que supuso trazar un camino de tales características. 
La ejecución de Castillitos debió de suponer para sus artífices una empresa inconmensurable.
Efectivamente, las crónicas nos hablan de la necesidad de crear una pista de nueve kilómetros, perfilada con numerosas y amplias curvas con el fin de suavizar una prolongada pendiente. Tengamos en cuenta que no se trataba de trazar un acceso rodado común, sino que la construcción debía tener en cuenta una cuestión insoslayable: la necesidad de que por dicha carretera pudiera circular una “locomóvil” que fuera capaz de transportar pesadas cargas hasta el Cabo Tiñoso, especialmente las dos inmensas piezas cilíndricas de los cañones, con ochenta toneladas de peso y 17 metros de longitud cada uno, que debían subirse hasta allí.
Es en 1929 cuando tienen lugar, sobre una de las cotas más altas de Cabo Tiñoso, los primeros trabajos de explanación del terreno. Se trataba de un gran perímetro teniendo en cuenta que en aquel espacio no solo habrían de levantarse las dos baterías principales, sino una gran infraestructura relacionada con su buen funcionamiento. Y es que Castillitos, así como las baterías anexas en montes limítrofes, fue concebido desde un principio como un acuartelamiento estratégico de primer orden, como un auténtico complejo militar donde no se escatimó para dotarlo de las instalaciones necesarias.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario