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La Cuesta de Moyano

Martes 20 de Agosto, 2013
Quizá sea la feria del “libro de viejo” permanente más famosa de nuestro país. Desde 1925 en que se ubicaron muy cerca del Retiro y de la Estación de Atocha, pegadas al Jardín Botánico, sus treinta casetas ven pasar cada día a curiosos y amantes de los libros que ansían llevarse a su casa bien un ejemplar barato, bien una joya bibliográfica que no encontrarán en otro sitio. Pasen, paseen y lean… porque en la Cuesta de Moyano, ante todo, se trata de leer. Por: Javier Martín
Recostado sobre la verja del Jardín Botánico de Madrid, en su zona exterior, un vergel de hojas –con distinto perfume al de los pétalos, con diferente forma, pero oasis en la capital, al fin y al cabo– permanece casi inmutable desde hace poco menos de un siglo. Sobrevive como un paraíso para los aún muchos amantes de los libros, para aquellos que gozan abriéndolos, arrullando sus páginas, gastando su contraportada, oliendo su pasado. Todo buen bibliófilo conoce su nombre y ha subido o bajado tan mítica pendiente, paso a paso, puesto a puesto, avanzando y deteniéndose desde su origen en la estatua de Pío Baroja hasta su final junto a la de Claudio Moyano, o al revés, como guste o convenga a cada uno. Y de este último, de Claudio Moyano, impulsor de la Ley de Instrucción Pública de 1857, recibe el nombre: la cuesta de Moyano. En otras palabras, “Un río de libros que baja a Madrid desde las fuentes recónditas del Retiro”, como la definiría Francisco Umbral.

Sin duda en la idea de colonizar con libros tal pendiente hubo de tener cierta influencia la que hoy es una de las imágenes clásicas del París más romántico, la de sus más de doscientas casetas verdes a las orillas del Sena, en las que desde finales del siglo XIX los libreros de viejo –los bouquinistes, según denominación parisina, sonora y literaria como pocas– venden libros antiguos, postales, y rarezas bibliográficas y que no pagan impuestos por el mantenimiento de dicho negocio, comprometidos a cambio, eso sí, a abrir al menos cuatro días a la semana sus puestos. Son ya esos libreros de viejo parte de esa atmósfera inimitable de París que fotografían con avidez los millones de turistas que visitan cada año la capital francesa. Y esa imagen florece allá por el año 1891, cuando sobre el muelle Voltaire surgen las primeras de las futuras centenares de casetas que modificarían para siempre el paisaje que quedará en el imaginario colectivo sobre las riberas del ancho Sena. Desde allí, poco a poco, las letras fueron requisando espacio al muelle, ampliando su dominio sobre parte de la orilla del mismo río en el que, según la leyenda, fueron arrojadas las cenizas de la tantas veces protagonista en los libros Juana de Arco. Y desde allí, del modo en que solo la literatura es capaz de hacer, cruzaron los Pirineos y llegaron a Madrid. Varias décadas después.

Por supuesto, no sería riguroso decir que las casetas de la Cuesta de Moyano brotan directamente de la tierra madre que supondrían los bouquinistes, porque no es así, pero tampoco sería justo no referir la influencia o, al menos, la relación que poseen los libreros madrileños con los parisienses que casi treinta años antes habían instalados sus primeros puestos junto al Sena. El ejemplo de los libreros franceses, en un momento en el que París pasaba por ser el pináculo de las artes, del mundo de la cultura en general, y que recibía la visita de cuanto joven con talento quisiera dar a conocer su obra, dotó a la Cuesta de Moyano de un espejo en el que ver reflejado su empeño.

Pero la realidad es que su abolengo, por divergente que fuera a su actual actividad, es mucho más remoto, pongamos que allá por finales de la Edad Media. Por aquel entonces comenzaron a festejarse lo que se vinieron a llamar “ferias” en diferentes puntos de Madrid, todavía no capital. Y esa costumbre callejera, celebrada en puestos en los que se podía vender de todo, productos de alimentación, ungüentos, frutos secos, cualquier tipo de bien cotidiano… sobrevivió a las décadas, a los siglos, a los extraordinarios cambios de la ciudad. La feria se convirtió en una tradición, en un hábito popular que llegó hasta el siglo XIX. Y una de las de más ralea, de las que sobrevivieron con ahínco a las transformaciones vitales y, sobre todo, del comercio de la capital, fue la de la calle Atocha, en la que, además de todo tipo de género del que hablábamos se vendían libros. Y a principios del siglo XX, un grupo de dicha feria, entre ellos varios libreros de viejo, decidió trasladarse a un emplazamiento cercano, al Paseo del Prado, justo frente a la que podríamos considerar verja principal del Jardín Botánico. Durante pocos años, estos bouquinistes asentaron allí los entonces precarios cajones sobre los que colocaban sus productos. Pocos años, porque pronto el responsable del Jardín Botánico dio la voz de alarma al Ayuntamiento sobre la improcedencia de la ubicación de aquella cochambrosa feria y el consistorio dio buena cuenta de tal notificación. Había que buscar un nuevo espacio para los libros.

Las autoridades cedieron entonces la zona en la que hoy se asienta, la calle Claudio Moyano, vía que une el Paseo del Prado y Alfonso XII, paralela a una de las verjas laterales del Jardín Botánico y que, habida cuenta de su pendiente, pronto fue conocida popularmente como la Cuesta de Moyano. Hablamos del año 1925. La normativa dispuso que fueran treinta las casetas que recorrerían esta calle, en las que, estaría prohibido poner calefacción ni usar alumbrado. Los vendedores deberían pagar canon municipal que difería entre las treinta y cincuenta pesetas mensuales, siendo obligado su abono en los primeros ocho días del mes, Y en la búsqueda de uniformidad estética se dispuso que el arquitecto encargado de construir las casetas, todas de quince metros cuadrados, fuera don Luis Bellido. La capital dejaba fluir su río bibliográfico, su feria permanente, un lugar al lado del Museo del Prado y del Retiro, un excelente paseo para cualquier amante de los libros viejos.
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