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Isabel Alfonsa de Borbón: Una infanta española en los Cárpatos

Martes 18 de Julio, 2017
En la primera mitad del siglo XX, la infanta Isabel Alfonsa de Borbón –sobrina de Alfonso XIII– se convirtió en condesa de una pequeña región eslovaca tras su matrimonio con un noble polaco. Hoy, más de 70 años después de abandonar el país centroeuropeo, su figura sigue motivando la admiración y el respeto entre los eslovacos, quienes siguen recordándola con un cariño que roza la devoción.

Nuestro colaborador Javier García Blanco ha viajado hasta la región eslovaca de Prešov, en el nordeste del país, atraído por los atractivos del castillo de Spiš, una imponente fortaleza declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO junto a la ciudad de Levoca, el monasterio de Spiš y la localidad de Spišské Podhradie.

Pero, la visita a este enclave próximo a los Altos Tatras resultó apasionante, desde el punto de vista de la Historia de España. En las localidades de Stará Lubovna y Vyšné Ružbachy, muy cerca de la frontera con Polonia les aguardaban sendos testimonios de una estrecha e insospechada vinculación entre España y Eslovaquia. Una relación que incluía una fascinante historia que tenía como protagonista a una infanta española y a su familia, además de persecuciones de la temible Gestapo, vínculos con la resistencia eslovaca y una huida por buena parte de una Europa que se desangraba a causa de la Segunda Guerra Mundial… Puedes conocerlo todo en la edición nº137 de Historia de Iberia Vieja.

DE MADRID A ESLOVAQUIA
El castillo de Stará Lubovna, un bastión pétreo cuya construcción original data de fi nales del siglo XIII, se encuentra en la ladera de una frondosa montaña tapizada de pinos y castaños, a orillas del río Poprad, en un pequeño valle que se abre camino desde las faldas de los poderosos Tatras. Durante sus más de 700 años de historia ha estado vinculado de una manera u otra con reyes húngaros y polacos –allí se escondieron en el siglo XVII las joyas de la Corona polaca–, pero en épocas más recientes tuvo un singular vínculo con la dinastía de Borbón, tanto con la rama española como con la italiana de las Dos Sicilias.

En 1882, el conde polaco Andrzej Przemyslav Zamoyski adquirió el castillo de Lubovna y los terrenos aledaños, así como el balneario de la cercana localidad de Vyšné Ružbachy, con la intención de devolver a ambos enclaves el esplendor que habían tenido en épocas pasadas. Tres años más tarde, el conde contrajo matrimonio en París con la princesa María Carolina Borbón-Dos Sicilias, y la pareja decidió establecerse en el palacete existente a los pies del castillo de Lubovna. Allí criaron a sus siete hijos: Marie Josepha, Franz Joseph, Stanislau, Marie Isabelle, Marie Therese, Marie Karoline y Jan Kanty Zamoyski, hasta que tras el fi n de la Primera Guerra Mundial y con la independencia de Polonia, el conde decidió regresar a su patria para reconstruir sus propiedades devastadas por la contienda.

Fue así como, en 1926, el más joven de los hijos de la pareja, Jan Kanty, se convirtió en heredero de las propiedades de Stará Lubovna y Vyšné Ružbachy y recibiendo al mismo tiempo el título de conde de esta pequeña comarca al norte de la región de Spiš.

Apenas dos años más tarde, durante la celebración en Cannes de las bodas de diamante del “patriarca” de la familia Caserta, don Alfonso de Borbón-Dos Sicilias, Jan Kanty conoció a la que habría de ser su futura esposa, su prima la infanta Isabel Alfonsa de Borbón, sobrina del rey Alfonso XIII y nieta de la reina Madre María Cristina, y por tanto tía carnal del futuro Juan Carlos I. Hasta la fecha, los mentideros de la Corte habían rumoreado que la infantita Isabel –como se la conocía en los círculos más íntimos– no mostraba ningún interés por los asuntos del corazón, e incluso se afi rmaba que no tardaría en ingresar en algún convento, pues era famosa por su devoción y piedad. Sin embargo, el encuentro con su primo eslovaco desató los ardores del amor, y poco después comenzó a ser habitual ver al joven Zamoyski visitando a su amada en Sevilla y Madrid donde, además, aprovechó para solicitar audiencia con Alfonso XIII y notifi carle formalmente su interés por Isabela.

La boda se fijó finalmente para marzo de 1929, aunque la muerte un mes antes de la reina madre María Cristina alteró notablemente el curso de la celebración. La futura esposa –nieta favorita de la reina madre– vistió luto hasta el mismo día de la ceremonia, y los fastos quedaron reducidos a un acto casi íntimo para mostrar respeto a la fallecida. El enlace se celebró en la capilla real del arcángel Miguel del Palacio Real de Madrid, y al mismo asistieron el rey Alfonso XIII y las máximas fi guras de la Corte. Los novios recibieron el sacramento de mano del arzobispo de Toledo, Segura, cardenal primado de España, y ante él pronunciaron los protocolarios “sí quiero, sí juro y sí prometo”. Tras el almuerzo celebrado en el Palacio Real los recién casados partieron en viaje de novios a Granada y Villamanrique de la Condesa, para después atravesar media Europa y establecerse en el que habría de ser su hogar en los próximos años, el castillo de Stará Lubovna.

En la época de Isabel Alfonsa se realizaron las reformas más importantes del célebre balneario.

PERSEGUIDOS POR LA GESTAPO
Tras las reformas realizadas por el conde Andrzej Zamoyski en el balneario de Vyšné Ružbachy, el elegante complejo termal se había convertido en un importante destino turístico para húngaros y checos de clase acomodada, especialmente después de finalizada la Primera Guerra Mundial, pero fue con Jan Kanty y su esposa Isabela Alfonsa cuando se realizaron las reformas más importantes del balneario.

De hecho, la reconstrucción del recinto se inició incluso antes de la boda entre ambos, y para llevarla a cabo se empleó el dinero de la dote real que la infanta Isabel había heredado de su queridísima abuela, en total unos 16 millones de coronas checas de la época, que sirvieron para levantar una piscina natural al aire libre, el lujoso Hotel Strand –decorado con mármol travertino– y otras instalaciones que hicieron del balneario uno de los complejos de ocio y terapéuticos más célebres de su época.

Mientras las obras del balneario seguían su marcha, Isabel y Jan Kanty comenzaron a formar su familia, trayendo cuatro hijos al mundo: Karol Alfons, Maria Krystyna, Józef Mivhal y Maria Theresa. Todos ellos residieron en el palacete que existe a los pies del castillo de Lubovna, siempre rodeados de niñeras y profesores extranjeros que los instruyeron para que hablasen –además de polaco y checo– español, francés y alemán. Los más mayores de la región todavía recuerdan haber compartido juegos con los hijos de la pareja, bien en los alrededores del castillo, bien en el colegio de Stará Lubovna o en instituto de la monumental ciudad de Levoca, al que acudieron en los primeros años de su adolescencia.

La vida de los condes de Zamoyski fue feliz y tranquila hasta finales de la década de los años 30 cuando, tras la invasión alemana de Polonia, la situación se fue haciendo cada vez más complicada para los Zamoyski- Borbón. A las deudas acumuladas por la familia debido a la costosa restauración del balneario se añadieron otros problemas mucho más serios. Debido al origen polaco del conde, las autoridades alemanas –por aquel entonces, parte de Eslovaquia había quedado en manos germanas y la otra era una nación títere de los nazis– pusieron su punto de mira en Jan Kanty, de quien sospechaban podía tener vínculos estrechos con la resistencia polaca y eslovaca. De hecho, en marzo de 1944 la Gestapo procedió a su detención, y de no haber sido por los amplios contactos de la infanta española, su estancia en la cárcel nazi habría sido mucho más larga y complicada.

En el verano de ese mismo año la Gestapo y varios ofi ciales de la Wehrmacht se establecieron en el palacio de los condes, y tanto Isabel como sus hijos se vieron sometidos a un arresto domiciliario.

La situación era cada vez más complicada y peligrosa para la familia, así que cuando en agosto de 1944 se produjo el Alzamiento Nacional Eslovaco y las tropas alemanas invadieron todo el país los Zamoyski iniciaron una huida desesperada para ponerse a salvo. Primero consiguieron escapar hasta Rajecké Teplice, y a comienzos de septiembre lograron refugiarse en la actual capital del país, Bratislava. Allí permanecieron hasta el mes de octubre, cuando por fi n pudieron poner rumbo a Lausana (Suiza) tras conseguir pasaportes del país neutral.

Atrás quedaban el balneario y el castillo de Lubovna, que para entonces había sido ocupado por miembros de un comando especial de la Wehrmacht destinados para combatir a los partisanos de la resistencia.

Los Zamoyski pasaron todo el invierno en Lausana, y no lograron entrar en España hasta abril de 1945 –con Alemania ya prácticamente derrotada–, después de esperar con angustia un permiso de entrada que debía ratifi car en persona el mismísimo Francisco Franco.

EL REGRESO A ESPAÑA
La nueva vida en España de la familia Zamoyski no fue sencilla. En Eslovaquia habían quedado todos sus bienes y riquezas, y se veían obligados a comenzar desde cero. Don Carlos de Borbón, el padre de la infanta, les ayudó adquiriendo una modesta fi nca con granja a las afueras de Sevilla, y allí se establecieron con sus hijos. Sin embargo, la alegría del matrimonio se había roto con las continuas vicisitudes, y tras desacuerdos conyugales, Jan Kanty e Isabela Alfonsa se separaron amistosamente. El conde se trasladó entonces a Mónaco, donde desempeñó un cargo en el Principado hasta su muerte en 1961, mientras que la infanta inició una vida humilde de duro trabajo en el campo acompañada de sus hijos. Según numerosos testimonios de la época y el relato de su biógrafo, el canónigo de la catedral de Sevilla, Camilo Olivares, la infanta Isabel no tardó en ser conocida por su ayuda a los más necesitados –a quienes a menudo facilitaba productos de su granja y su vaquería– y su vida modesta, rehusando fi estas y actos sociales y volcándose en el trabajo en el campo. Únicamente se dejaba ver en los mercados a los que acudía para vender sus productos y en celebraciones piadosas como las del Rocío, virgen a la que demostró una devoción que todavía conservan hoy sus descendientes.

En España la tragedia no abandonó a la condesa Zamoyski. En 1959 sufrió la muerte de su hija Krystyna, víctima de un tumor cerebral, y dos décadas más tarde asistió también a la pérdida de su hijo Karol. Para entonces, otra de sus hijas, Maria Theresa llevaba ya muchos años enclaustrada en un convento de clausura de las carmelitas descalzas de Aldehuela (Madrid), donde aún hoy sigue viviendo con el nombre religioso de Sor Rocío de Jesús. A su ordenación en 1963 asistieron, entre otras personalidades, los entonces príncipes don Juan Carlos y doña Sofía. Durante años, fue el otro hijo del matrimonio, Josef Michal, quien ejerció como conde Zamoyski, hasta su muerte – en plena peregrinación del Rocío– en 2010.

Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón, infanta de España y condesa de Zamoyski, vivió sus últimos años retirada en una residencia religiosa de Pozuelo de Alarcón, hasta que la muerte le alcanzó en 1985. Atrás quedaban los recuerdos de una vida en la lejana Eslovaquia, a los pies de un poderoso castillo y un lujoso balneario que, durante algunos años, fue la envidia de Europa. ■

Este artículo fue publicado en Historia de Iberia Vieja, nº 317 de noviembre de 2016

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