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Las reminiscencias judaicas de Lorca

Jueves 20 de Abril, 2017
La Semana Santa en Lorca, Murcia, es muy especial en todos los sentidos por sus valiosas cofradías que de forma inevitable rememoran grandes escenas bíblicas y, en buena medida, el pasado judaico de la ciudad.
El castillo de Lorca atesora un magnífico parador

La Semana Santa de Lorca propone una Pasión diferente, en la que el arraigo no está reñido con la originalidad de la puesta en escena. Dos son las cofradías principales, el Paso Blanco y el Paso Azul, y cada una de ellas ofrece una extraordinaria recreación de la historia bíblica, merced a unos desfles que llevan deslumbrándonos desde el siglo XIX. Estremece pensar en el vigor de esta fiesta, que no necesita desempolvar lo que siempre ha permanecido inmaculado. Los Desfiles Bíblico-Pasionales de Lorca  renuevan la historia del Antiguo y el Nuevo Testamento, dialogan con el ayer y con el lenguaje atemporal del arte y la lealtad a las costumbres y, a diferencia de las marchas victoriosas de la Antigua Roma, nos recuerdan que somos inmortales.

En el caso del Paso Blanco, la Real e Ilustre Archicofradía de Ntra. Sra. del Rosario escenificó ya en 1855 la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén por un grupo de treinta nazarenos. Hoy, la historia hebrea se borda de carne, color y esencia. ¿Y qué decir del carro del rey Salomón, que desfila ante el Templo de Jerusalén? ¿O del grupo del rey David,  que evoca la esperanza del Mesías, la Nueva Jerusalén y el Arca de la Alianza? Del Paso Azul nos fijamos en Débora, incorporada a la Pasión lorquina en 1878. La profetisa, la primera amazona que desfiló por estas calles, salva cada año al pueblo judío de la opresión cananita. Los exploradores que, según el Libro de los Números, inspeccionaron la tierra de Canán y lamentaron haber abandonado Egipto, iluminan la Pascua de la ciudad.

Como vemos, entre los personajes representados no faltan los vinculados a la historia del pueblo judío, lo que nos mueve a recordar en estas líneas la presencia de esta comunidad en Lorca durante los siglos medievales.

Corría el año 2003 cuando, en el curso de unas obras en el recinto del Castillo de Lorca –que engendrarían más tarde el Parador de Turismo–, se descubrió el barrio de la judería. El hallazgo de la sinagoga fue el hilo del que tiraron los arqueólogos para reconstruir una historia fascinante, olvidada durante mucho tiempo, que hay que empezar a leer en el contexto de la conquista y la repoblación del territorio desde la segunda mitad del siglo XIII.

Como en otros puntos de la geografía española, los judíos eran “concentrados” a las afueras de la ciudad, normalmente junto a la fortaleza de turno. Eran parte de la comunidad, pero se desenvolvían con cierta independencia dentro de ella, y digamos que trataban de pasar desapercibidos para evitar roces con los cristianos. En su imprescindible estudio La judería medieval de Lorca y su sinagoga, Juan Gallardo Carrillo y José Ángel González Ballesteros recuerdan que “los judíos eran una población que estaba directamente bajo la custodia del poder real”, tal como especificaban las Partidas de Alfonso X el Sabio.

Los primeros grupos de judíos se instalaron en Lorca a mediados del siglo XIII. Sofocada en 1266 la rebelión mudéjar en esa población, la desbandada de musulmanes y cristianos inspiró al rey sabio una astuta medida: la distribución de tierras y casas para los nuevos pobladores que se instalaran en ella. Los registros nos permiten conocer el número exacto de vecinos, un total de 720, que acudieron a la llamada de la Segunda Partición, entre los años 1266 y 1270. Eran mayoritariamente cristianos, claro; pero también judíos. Décadas más tarde, otra partición, entre 1330 y 1337, incorporaría a otro centenar de habitantes, que, al igual que aquellos pioneros, no lo tuvieron nada fácil: la extremosidad del clima y la escasez de medios malograba el rendimiento de una tierra hostil, que fue enfriando los anhelos de los colonos.

 

EL PAPEL DE LOS JUDÍOS

La arqueología trata de resolver hoy el papel concreto que desempeñaron los judíos en esa fase de la historia. Al instalarse junto al castillo, se ocuparon, posiblemente, de su mantenimiento, y en este sentido sabemos por ejemplo que ya en el siglo XIII se alzó una nueva torre del homenaje, en la que tal vez dejaran su impronta algunos canteros judíos.

No obstante, los datos más jugosos sobre su paso por Lorca han de posponerse hasta el siglo XV, que, como es sabido, se cerró con el decreto de expulsión de los Reyes Católicos de 1492. De nuevo en palabras de Gallardo y González, “aquellos judíos que no se fueron mediante su conversión abandonaron su emplazamiento en el interior de la fortaleza, pero se instalaron cerca de la antigua judería, en las zonas de Santa María, San Esteban y San Juan”.

Pero no adelantemos acontecimientos, que, desde su llegada a mediados del siglo XIII hasta el abandono de la judería, sucedieron multitud de cosas. Entre ellas, la construcción de la sinagoga en la primera mitad del siglo XV. De planta rectangular y con dos entradas abiertas a un patio, el recinto, cuya visita les recomendamos encarecidamente, se alzó durante el reinado de Juan II (1406-1454), el monarca de la Pragmática de Arévalo (1443) y la Carta Real (1450), sendos textos que patentizaron la protección de la corona a este pueblo tras la vesania antijudía de 1391 o de la Pragmática de Valladolid de 1412, que menoscababa la autonomía judicial de las aljamas (esta última ley fue aprobada, sí, en tiempos del monarca, pero durante su minoría de edad).

 

LA PRUDENCIA DEL REY

Bajo el reinado efectivo de Juan II, el sueño de la estabilidad impulsó políticas tan prudentes como la recuperación y el aumento de las juderías castellanas, con el propósito último de constituir para ellas un ordenamiento general favorable a sus intereses. A su vez, las reuniones de los procuradores de las aljamas estaban presididas por el Rab mayor, una figura nombrada por el propio monarca que administraba la justicia en grado de apelación y respondía ante el rey.

Antes de la enormidad de los Reyes Católicos de 1492 y tras los sucesos de 1391, los judíos vivieron en Castilla con relativa tranquilidad –sin obviar los “avisos” de las Leyes de Madrigal de 1476 o la institución del Santo Oficio poco después–, hasta el punto de que muchos desterrados de Europa fueron acogidos en la Península. En Inglaterra, Eduardo I los había expulsado en una fecha tan temprana como 1290, en Francia Felipe IV había tomado la misma iniciativa en 1306 y, en 1421, las hogueras se habían encendido en el Archiducado de Austria por el supuesto apoyo judío a la iglesia husita.

Por supuesto, las aspiraciones de Castilla, amparadas en parte por el valido Álvaro de Luna, chocaban con la desconfianza ingénita de las más altas instituciones. El papa Benedicto XIII había exhortado a los príncipes y señores cristianos a fijar “ciertos límites” fuera de los cuales los judíos no podían habitar, y muchas poblaciones asumieron ese extrañamiento como un mandato. En el caso de Lorca, con su judería en torno al castillo, vemos algo similar, pero conviene aclarar que los hijos de Israel podían trabajar en otros puntos de la ciudad, como la placeta de Santa María, donde disponían sus bazares y tenderetes. Y sus tareas no eran solo mercantiles. El crédito que merecían por parte de la corona les hizo servir como espías o incluso como alfaqueques, esto es, responsables de rescatar a los cristianos cautivos en los países musulmanes, misión que en el siglo XVI asociamos ya a los mercedarios.

 

EL PREDICADOR Y LA PESTE

A comienzos del siglo XV, dos episodios sacudieron la vida lorquina. El primero, la llegada del predicador dominico fray Vicente Ferrer, que se alojó en casa del arcipreste de Lorca, concretamente en la calle de la Zapatería. Según la tradición, el valenciano exaltó a su auditorio durante dos semanas junto a la cerca del arrabal. Cristianos, musulmanes y judíos se dejaron tocar por el verbo del futuro santo, aunque no parece que éste sacara mucho provecho en lo que a número de conversiones se refiere; por lo que, según se dice, salió de la localidad sacudiéndose las sandalias. De Lorca no quería llevarse ni el polvo...

Solo un año después, tal como ha estudiado Juan Torres Fontes, Murcia sufrió el azote de la peste, que conllevó el abandono de muchas tierras de cultivo y la fragilidad defensiva de ciudades fronterizas como Lorca, acechada por el reino nazarí de Granada. De esa fecha data, sin ir más lejos, una de las campañas del sultán Yusuf III. En esa trama los judíos sufrían, como cualquier hijo de vecino, los embates de la enfermedad o las amenazas de fuera –más pronunciadas si cabe teniendo en cuenta que su barrio se encontraba junto al castillo–, que se sumaban a la incertidumbre intramuros. La coexistencia fue siempre un equilibrio delicado. Durante el siglo XV, las luchas en el seno de la poderosa familia Fajardo, de las que la comunidad judía no pudo

desentenderse, afectaron a su día a día: en 1452, el barrio de la judería fue asaltado y varios miembros de la comunidad sufrieron el robo de ganado, lo que llevó a la intervención de Juan II, quien recordó a los litigantes que las aljamas eran inviolables y se hallaban bajo su protección.

 

LA VISITA DEL RABINO

Desde que a partir de 2003 se iniciaran las excavaciones arqueológicas en el sector oriental del castillo, que culminarían en 2012 con la inauguración del Parador de Turismo, Lorca ha puesto todo su empeño en dar a conocer al mundo un conjunto arqueológico y espiritual que nos ayuda a entender mejor de dónde venimos y quiénes somos. La emoción que Shlomo Moshe Amar –entonces Gran Rabino Sefardí de Israel y hoy de Jerusalén– sintió en 2013 al visitar los restos de la antigua sinagoga es la misma que experimentamos todos en esta nuestra Sefarad, que guarda en un rincón del alma la deuda con los judíos que vinieron a engrandecer esta tierra.

Y cuando esta Semana Santa, en fin, el Paso Blanco y el Paso Azul recorrieron las calles y las plazas de Lorca y vimos a Ester y Asuero, a Salomón y David, a Débora y a la reina de Saba, a Moisés y los exploradores, comprendimos que la tradición es la savia que nos mantiene vivos.

 

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