Se encuentra usted aquí

Porque las cosas cambian

Miércoles 20 de Enero, 2016
Porque quiero, me sale del corazón y se lo debo a mi vida. Algunos pensarán que este editorial tiene poco que ver con la historia y con España.
David Bowie
Sinceramente, me importa poco, porque lo escribo cuando el destino me ha permitido dedicárselo a uno de los artistas que –a los más naftalínicos les costará aceptarlo– estará en la historia y los nietos de los nietos de nuestros nietos tendrán su nombre en los libros de texto como el de uno de los creadores y músicos más importantes del siglo XX: David Bowie. Hoy ha muerto a los 69 años.
La noche se ha echado. La noche que él amó. He apagado las luces, he dejado un pequeño flexo y he buscado que me iluminen sólo las estrellas –no hay metáfora– que tengo frente a mí. Ahora mismo estoy escuchando Life on Mars?, uno de sus grandes éxitos. Y mientras lo hago, mientras escribo estas líneas, deseo que la oscuridad no cubra mi alma y el recuerdo no tiña los extraordinarios mensajes que nos dejó con su propia vida. Si tienes hijos, cuéntaselo a ellos. Si no tienes, cuéntaselo a quien tengas enfrente y, si no tienes ni hijos ni a nadie enfrente, cuentátelos. Su vida –ahora suena otro de sus éxitos, Changes, es decir, “cambios”– es un ejemplo de cómo cada paso que damos tiene que dejar nuestras huellas donde nadie las espera, porque todo esto es tan terriblemente corto que no podemos perder ni un minuto en dejar que nos pase por encima lo terrible que nos aguarda.
Seguramente –qué demonios seguramente… ¡lo fue!– su cameleónica vida fue tan acelerada como quiso, a la vez que pausada –el demostró que se puede vivir todo y a la vez ir lento a los sitios–, y gracias a ello fue el hombre del que bebieron todos los artistas del último medio siglo. Las vanguardias que él creó fueron para siempre, y el jazz, el rock, el heavy, el pop, el tecno… (¿sigo?) nacieron con él y con su constante experimentación con los sonidos, los ritmos, las melodías y las letras. Cambió a cada segundo sin que nos diéramos cuenta, porque él sabía que las cosas cambian y tenemos que abrazar esos cambios y, si estos no vienen, entonces debemos provocarlos. Hay que cambiar constantemente porque a la vuelta de la esquina nos espera algo mejor que lo que teníamos. ¡Ah! Y ser elegante, amable y generoso. Y, como él llevó a la práctica, dar las gracias siempre a todos, a los que no se las merecen y a los que se las han ganado. 
¿Alguno pensaba que esto no tenía que ver con España? Cuando él vino por aquí, por primera vez en 1987 –por ahí llevaban 20 años disfrutándolo–, la gira resultó mucho más costosa que los beneficios que iba a tener. No le importó, porque la concibió como un agradecimiento a la gente que le había seguido y sacó de su bolsillo, cada semana, un millón de dólares para pagar todo aquello. Ahí demostró quién era y a quién le debía su éxito. Sabía que hay que ser un camaleón constantemente, no parecerse a nadie, ser único, ser elegante y amable, vivir a la última sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos, porque vamos a la muerte, que a él le ha llegado demasiado pronto pero sabiendo que no hay otro destino y que, por lo tanto, hay que hacer del camino algo digno. Lo dice la canción que ahora suena y que cantó como los ángeles, The Stars: “Las estrellas nunca duermen, las vivas y las muertas”.
 
Bruno Cardeñosa
Director
@HistoriaIberia
 
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario