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Verne: soñar, imaginar e inventar

Martes 22 de Diciembre, 2015
Una vez más he releído algunas notas sobre Julio Verne. Y una vez más, he deseado soñar e imaginar. Esa es la clave de su éxito. Y la clave de por qué ha pasado a la posteridad. Y la clave de por qué muchos decidieron llevar a la práctica sus imaginaciones y convertirse en inventores. Y la clave de por qué aunque hayamos dado un paso atrás se vea superada por dos pasos adelante.
Tú, yo y todos hemos leído en nuestra juventud alguna de sus obras, pero él no escribió para jóvenes; o no sólo escribió para jóvenes. Leerlo de adultos cambia la perspectiva. Háganse el favor y vuelvan a hacerlo. Quizá el hecho de que su tino no fueran los adjetivos sino los sustantivos no le ha hecho entrar en el olimpo de los grandes literatos, como si fuera más fácil unir sustantivos como él lo hacía –de manera genial– que adjetivos, que parecen reservados para los genios de las historias, pero ¿acaso las suyas no fueron historias geniales? Seguramente, él agotó toda la imaginación en crear aventuras extraordinarias y dejó la adjetivación para otra ocasión. La vida –él decía que el éxito profesional es el mejor camino hacia el fracaso personal– no fue dulce para su corazón. Le casaron por obligación –lo único que le llamaba la atención de su mujer Honorine es que tenía unos “pechos interminables”– en una época en donde la burguesía francesa escogía los peores hábitos de la aristocracia, pero gracias a todo aquello su mente estaba más libre para crear.
 
El mundo no sería lo mismo sin sus imaginaciones y con toda seguridad no sería lo mismo sin aquellos que vieron en sus textos un motivo para intentar llevar a la realidad sus fantasías
 
Este mes, además de nuestro número habitual, también publicamos un número especial y monográfico sobre inventores españoles. Muchos de ellos tuvieron a Julio Verne como incitador de sus sueños. El mundo no sería lo mismo sin sus imaginaciones y con toda seguridad no sería lo mismo sin aquellos que vieron en sus textos un motivo para intentar llevar a la realidad sus fantasías. Y eso es construir historia: ayudar al que viene después a proseguir la obra, edificando una pieza sobre otra hasta construir un rascacielos. Y los mejores y más hermosos rascacielos se erigen así. Son los hombres que no sueñan ni imaginan –sus últimas obras, menos conocidas pero muy profundas, hablan de ello– los que pueden aprovecharse de esos rascacielos para tumbarlos y escribir historia hacia atrás. Era su temor. Él pensaba que el ser humano corría el riesgo de utilizar la técnica para destruirse por dentro y construir la historia a hachazos. Es una delicia que encoge el corazón leer su libro París en el siglo XX, obra que escribió en 1868 y que su editor rechazó por ser demasiado oscura. Hasta hace muy poco no se conoció el texto, en el cual presenta una ciudad desarrollada –parece que se hubiera transportado un siglo adelante para escribirla– ocupada por humanos tristes, que no sueñan ni imaginan, que han detenido el curso del tiempo, que tienen de todo pero no tienen de nada, que están iluminados en cada esquina de la ciudad pero apagados por dentro. Ese es el mundo que temía. Esperemos que su profecía póstuma no se cumpla. Siempre tiene que haber una primera vez. 
 
Bruno Cardeñosa
Director
@HistoriaIberia
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