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La aventura de la Prehistoria

Martes 26 de Marzo, 2013
Hace 40.000 años nuestros ancestros llegaron a la península Ibérica. Aquí se encontraron con los neandertales, que llevaban decenas de miles de años viviendo por estos lares. Se produjo entonces uno de los más fascinantes momentos del pasado: la coexistencia de dos humanidades distintas sobre la misma tierra. Sin embargo, no se mezclaron, y los neandertales, por motivos que se desconocen, desaparecieron hace 30.000 años. Los últimos vivieron en el sur de España. Bueno, esto es lo que decían los manuales hasta hace no mucho tiempo... Las nuevas investigaciones han provocado un auténtico terremoto que tiene a nuestra tierra como el epicentro. Por: Bruno Cardeñosa
Dicen que si nos encontráramos por la calle con un neandertal vestido de traje y corbata pasaría desapercibido. Bueno, es quizá uno de los mitos y medias verdades que existen sobre esta especie de homínidos desaparecidos de la faz de la Tierra. Si acudimos al Museo Neanderthal de Erkrath en Alemania nos encontraremos con una réplica de uno de estos hombres extinguidos –quién sabe, como veremos– hace 30.000 años. Tiene un rostro ancho, su mentón está hundido, sus pómulos son prominentes y presenta un arco superciliar, que es el hueso que tenemos sobre las cejas, más pronunciado hacia el exterior que en nosotros. Y además, al menos el modelo que se usó para esta réplica, era alto, muy alto, y de una anchura para atemorizar. Le pusieron traje, le peinaron más o menos como nos peinamos nosotros... Se parece, pero no se parece. Lo que sí está claro es que no pensaríamos que no pertenecía a nuestra especie, sino que era un especimen, cuando menos, particular. No pasaría del todo desapercibido, pero pasaría.

Es una historia particular. El primer resto fósil procedente de un neandertal apareció cerca de la ciudad alemana de Neander en 1856. Pronto surgieron más. Entre ellos, los que se hallaron en las cuevas de Gibraltar. Durante mucho tiempo se creyó que el neandertal era un ancestro del ser humano, y todavía es común encontrarnos que esa creencia está extendida. Posiblemente, su aspecto troglodita hizo pensar en eso a los primeros descubridores. Para ellos, este ser era como nosotros pero más salvajes, y por tanto, tenía que ser nuestro “padre” evolutivo. Sin embargo, con el paso del tiempo, con la aparición de cientos de ejemplares en decenas de yacimientos en toda Europa, los científicos descubrieron que eran nuestros hermanos. Es decir, que ellos y nosotros tenemos el mismo padre. Así, hoy sabemos que los homo sapiens arcaicos se dividieron en dos linajes, por un lado, nosotros, y por otro, ellos, los neandertales.

En los últimas tres décadas, las investigaciones han avanzado de forma espectacular. Cada vez sabemos más sobre ellos. Sabemos, por ejemplo, que lejos de ser ancestros nuestros, eran casi, o sin el casi, tan inteligentes como nosotros y, en determinados aspectos, estaban más evolucionados y eran más aptos para vivir en el entorno medioambiental que les tocó. También se estableció como auténtica la idea de que convivimos durante unos 10.000 años en Europa. Que no hubo choques violentos más allá de lo que era una lucha por la supervivencia, pero al estilo puramente darwinista; nada de violencia. Y en esa convivencia –a veces caemos poco en su significado: hubo dos especies humanas distintas sobre la Tierra, al mismo tiempo, dos tipos de terrícolas– sólo quedó sitio para uno: para nosotros. Así que los neandertales fueron cediendo sus dominios, se recluyeron en el sur del continente y desaparecieron. Según las teorías científicas más aceptadas, los restos hallados en Gibraltar, datados en 30.000 años, son los más recientes, y como tales, pertenecientes a los últimos neandertales. Se trata de una historia fascinante; no es de extrañar que este hermano evolutivo haya protagonizado ensoñaciones de novelistas en todo el mundo. Además, mientras se iba “escribiendo” la versión definitiva sobre el neandertal, se empezó a discutir el porqué de su extinción y a admitir que ellos y nosotros jamás nos mezclamos, ya que nuestros códigos genéticos eran distintos y no existía la más mínima posibilidad de que existiera descendencia de la unión entre ambos.

Todo ese paradigma sobre los neandertales está empezando a ser discutido. Se encuentra, en parte, en la cuerda floja. Así, lo que todos admitían empieza a ser cuestionado, y lo es gracias a recientes descubrimientos que se han efectuado en la península Ibérica, en donde se escribieron algunos de los capítulos más importantes en la historia evolutiva humana. De hecho, es aquí donde más restos se han hallado y donde mejor se han investigado. Recientemente, se daban a conocer nuevas dataciones de los restos hallados. Resulta que no tenían 30.000 años, sino que son de hace 45.000. Esto no significa poco, porque si es así, y si los neandertales de Gibraltar fueron los últimos, las teorías sobre la coexistencia de ambas especies empezaría a ser cuestionada, ya que según las versiones oficiales, el Homo sapiens sapiens no llegó a la Península hasta hace 40.000 años. Algo no encaja... Además, gracias a los restos hallados en Sidrón (Asturias), se pudo extraer ADN y compararlo con el humano. Según estos análisis, los hombres tenemos un pequeño porcentaje de nuestro código genético que sería común con ellos, lo que haría pensar que, si bien no hubo una descendencia mutua, sí existieron contactos entre neandertales y sapiens. Así que, visto lo visto, una de las fases más importantes en la historia evolutiva humana se vivió aquí, razón por la cual debemos conocer algunos hallazgos muy interesantes...
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