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La aventura de la Prehistoria

Martes 14 de Julio, 2015
Hace 40.000 años nuestros ancestros llegaron a la península Ibérica. Aquí se encontraron con los neandertales, que llevaban decenas de miles de años viviendo por estos lares. Se produjo entonces uno de los más fascinantes momentos del pasado: la coexistencia de dos humanidades distintas sobre la misma tierra. Sin embargo, no se mezclaron, y los neandertales, por motivos que se desconocen, desaparecieron hace 30.000 años. Los últimos vivieron en el sur de España. Bueno, esto es lo que decían los manuales hasta hace no mucho tiempo... Las nuevas investigaciones han provocado un auténtico terremoto que tiene a nuestra tierra como el epicentro. Bruno Cardeñosa
Dicen que si nos encontráramos por la calle con un neandertal vestido de traje y corbata pasaría desapercibido. Bueno, es quizá uno de los mitos y medias verdades que existen sobre esta especie de homínidos desaparecidos de la faz de la Tierra. Si acudimos al Museo Neanderthal de Erkrath en Alemania nos encontraremos con una réplica de uno de estos hombres extinguidos –quién sabe, como veremos– hace 30.000 años. Tiene un rostro ancho, su mentón está hundido, sus pómulos son prominentes y presenta un arco superciliar, que es el hueso que tenemos sobre las cejas, más pronunciado hacia el exterior que en nosotros. Y además, al menos el modelo que se usó para esta réplica, era alto, muy alto, y de una anchura para atemorizar. Le pusieron traje, le peinaron más o menos como nos peinamos nosotros... Se parece, pero no se parece. Lo que sí está claro es que no pensaríamos que no pertenecía a nuestra especie, sino que era un especimen, cuando menos, particular. No pasaría del todo desapercibido, pero pasaría.
 
Durante mucho tiempo se creyó que el neandertal era un ancestro del ser humano, y todavía es común encontrarnos que esa creencia está extendida
 
Es una historia particular. El primer resto fósil procedente de un neandertal apareció cerca de la ciudad alemana de Neander en 1856. Pronto surgieron más. Entre ellos, los que se hallaron en las cuevas de Gibraltar. Durante mucho tiempo se creyó que el neandertal era un ancestro del ser humano, y todavía es común encontrarnos que esa creencia está extendida. Posiblemente, su aspecto troglodita hizo pensar en eso a los primeros descubridores. Para ellos, este ser era como nosotros pero más salvajes, y por tanto, tenía que ser nuestro “padre” evolutivo. Sin embargo, con el paso del tiempo, con la aparición de cientos de ejemplares en decenas de yacimientos en toda Europa, los científicos descubrieron que eran nuestros hermanos. Es decir, que ellos y nosotros tenemos el mismo padre. Así, hoy sabemos que los homo sapiens arcaicos se dividieron en dos linajes, por un lado, nosotros, y por otro, ellos, los neandertales. 
 
LA CONVIVENCIA EN LA PENÍNSULA
En los últimas tres décadas, las investigaciones han avanzado de forma espectacular. Cada vez sabemos más sobre ellos. Sabemos, por ejemplo, que lejos de ser ancestros nuestros, eran casi, o sin el casi, tan inteligentes como nosotros y, en determinados aspectos, estaban más evolucionados y eran más aptos para vivir en el entorno medioambiental que les tocó. También se estableció como auténtica la idea de que convivimos durante unos 10.000 años en Europa. Que no hubo choques violentos más allá de lo que era una lucha por la supervivencia, pero al estilo puramente darwinista; nada de violencia. Y en esa convivencia –a veces caemos poco en su significado: hubo dos especies humanas distintas sobre la Tierra, al mismo tiempo, dos tipos de terrícolas– sólo quedó sitio para uno: para nosotros. Así que los neandertales fueron cediendo sus dominios, se recluyeron en el sur del continente y desaparecieron. Según las teorías científicas más aceptadas, los restos hallados en Gibraltar, datados en 30.000 años, son los más recientes, y como tales, pertenecientes a los últimos neandertales. Se trata de una historia fascinante; no es de extrañar que este hermano evolutivo haya protagonizado ensoñaciones de novelistas en todo el mundo. Además, mientras se iba “escribiendo” la versión definitiva sobre el neandertal, se empezó a discutir el porqué de su extinción y a admitir que ellos y nosotros jamás nos mezclamos, ya que nuestros códigos genéticos eran distintos y no existía la más mínima posibilidad de que existiera descendencia de la unión entre ambos. 
 
Según las teorías científicas más aceptadas, los restos hallados en Gibraltar, datados en 30.000 años, son los más recientes, y como tales, pertenecientes a los últimos neandertales
 
Todo ese paradigma sobre los neandertales está empezando a ser discutido. Se encuentra, en parte, en la cuerda floja. Así, lo que todos admitían empieza a ser cuestionado, y lo es gracias a recientes descubrimientos que se han efectuado en la península Ibérica, en donde se escribieron algunos de los capítulos más importantes en la historia evolutiva humana. De hecho, es aquí donde más restos se han hallado y donde mejor se han investigado. Recientemente, se daban a conocer nuevas dataciones de los restos hallados. Resulta que no tenían 30.000 años, sino que son de hace 45.000. Esto no significa poco, porque si es así, y si los neandertales de Gibraltar fueron los últimos, las teorías sobre la coexistencia de ambas especies empezaría a ser cuestionada, ya que según las versiones oficiales, el Homo sapiens sapiens no llegó a la Península hasta hace 40.000 años. Algo no encaja... Además, gracias a los restos hallados en Sidrón (Asturias), se pudo extraer ADN y compararlo con el humano. Según estos análisis, los hombres tenemos un pequeño porcentaje de nuestro código genético que sería común con ellos, lo que haría pensar que, si bien no hubo una descendencia mutua, sí existieron contactos entre neandertales y sapiens. Así que, visto lo visto, una de las fases más importantes en la historia evolutiva humana se vivió aquí, razón por la cual debemos conocer algunos hallazgos muy interesantes... 
 
LA CLAVE DE UN NIÑO NEANDERTAL EN PORTUGAL
Todas las incógnitas sobre los neandertales se pueden concentrar en un solo hallazgo que se produjo en la península Ibérica en el año 1998, exactamente en el valle portugués de Lapedo, en donde un estudiante había localizado varios dibujos –resultaron tener tres mil años de antigüedad–, lo que sirvió para que otros estudiosos buscaran en ese preciso lugar, en el término de Lagar Velho. Ahí, los arqueólogos encontraron un estrato en el que los restos arqueológicos, en gran cantidad, eran de entre 10.000 y 30.000 años. Pero había más... Tras varios meses de trabajo, aparecieron restos de herramientas que correspondían a esa época y que se encontraban junto a los restos del niño prehistórico. El primer examen certificó que el estrato en el que se hallaban se había cerrado, como máximo, hace 25.000 años. Por tanto, tenía que ser algo más joven.
 
En opinión de este investigador –uno de los cuatro principales expertos mundiales en el asunto–, el último escalón evolutivo tuvo lugar en la Península cuando se produjo el cruce entre ambas especies
 
Finalmente, tras años de investigación, la datación arrojó que tenía 24.500 años de antigüedad, lo que quiere decir que era posterior, en unos seis mil años, a la desaparición de los neandertales. Sin embargo, uno de los grandes paleantropólogos del mundo, el portugués Joao Zilhao, director del Instituto de Arqueología de Lisboa, describió que los restos, que pertenecían a un niño, tenían rasgos híbridos entre los neandertales y nosotros. La información científica se dio a conocer el 27 de abril de 1999 y venía a confirmar las sospechas de muchos acerca de la existencia de un legado de ellos en nosotros. El propio Zilhao nos lo expresó así: “Este descubrimiento es una prueba de que los modernos humanos procedentes de África se cruzaron con los neandertales y al menos parte de los pobladores de Europa son híbridos de ambas especies”. 
En opinión de este investigador –considerado uno de los cuatro principales expertos mundiales en este asunto–, el último escalón evolutivo tuvo lugar en la Península cuando se produjo el cruce entre ambas especies. Otro de esos grandes expertos, Chris Stringler, del Museo de Ciencias Naturales de Londres, también se manifestaba en este sentido a Historia de Iberia Vieja: “De demostrarse el hallazgo, las teorías imperantes cambiarían hasta el punto de plantearnos que el hombre actual nació en la península Ibérica tras el cruce de las dos especies.”. Del mismo modo se manifestaron entonces los otros dos grandes expertos mundiales en los neandertales, Erik Trinkaus y Fred Smith. Y es que aquel hallazgo parecía certificar que entre las dos especies hubo algún tipo de cruce mientras ambas convivieron. Precisamente, fue el propio Trinkaus quien examinó parte de los huesos. Halló que la forma del cráneo, la mandíbula (el prognatismo que mostraba fue determinante: era una mandíbula de una especie, y el cuerpo de otra... ¡pero era el mismo individuo!) y la dentición podrían suponer las pruebas de la mezcla de ambas especies, ya que había rasgos híbridos entre los neandertales –que recordamos, con lo que se sabía entonces, llevaban cuatro mil años extinguidos– y nuestros ancestros.
 
La corriente general –siempre conservadora–, siguió pensando que no existían todavía suficientes indicios de que hubiera existido ningún tipo de cruce entre los sapiens y los neandertales
 
En 2003, Zilhao asistió en Oviedo al Congreso de Antropología Física que reunió a medio millar de especialistas de todo el mundo. Allí confesó que era consciente de lo que significaba su hallazgo “pero no tenemos que ignorar las pruebas. La mayoría de los investigadores no lo ven factible, pero tengo que confesar que en los últimos años la hipótesis ha ganado terreno y estos argumentos son más admitidos hoy que hace unos pocos años. La valoración sobre si nuestra interpretación es correcta o no tiene que hacerse sobre la base de los datos y, según ellos, este niño tiene una serie de rasgos que sólo se encuentran en las poblaciones de neandertales de sus antepasados, y la gente que los reemplazó, los homo sapiens, varios miles de años atrás, no tienen esos rasgos. Ya no había neandertales por ninguna parte. La única explicación es que en este niño se haya producido una mezcla entre ambas especies... Es la única explicación lógica”. 
 
Y LLEGAN LAS DUDAS
Aquellos restos no dejaban de ser una anomalía. Y aunque muchos estudiosos, casualmente los más relevantes, preferían atender a lo que indicaban, la corriente general –siempre conservadora, lo cual en ciencia es lógico–, siguió pensando que no existían todavía suficientes indicios de que hubiera existido ningún tipo de cruce entre los sapiens y los neandertales, y se prefirió mantener la idea de que hubo coexistencia pero no mezcla. Y es una idea que ha sido y es la predominante, pero nunca deben cerrarse las puertas a otras hipótesis. Ya entonces hubo alguna voz que se atrevió a discrepar del consenso general. Por ejemplo, Emiliano Aguirre, el histórico primer director de las excavaciones de Atapuerca, catedrático de las universidades de Zaragoza y Madrid. Él fue uno de los que no se cerró a las nuevas hipótesis: “Hay científicos que creen que somos especies diferentes, pero yo creo que el sapiens se mezcló con el neandertal, por lo menos hasta la desaparición de la primera especie, hace unos 30.000 años”. En aquella misma cita científica, Aguirre fue preguntado por la evidencia genética de la existencia de algún tipo de hibrización. Una evidencia que era inexistente. No la había. Sin embargo, los estudios eran todavía muy primitivos y sin marchamo de definitivo. “Hay que estudiarlo, y si hemos perdido esos genes, hay averiguar por qué”, concluyó.
 
LA VOZ DEL ADN
No deja de ser curioso que en aquel mismo congreso científico se presentaran las primeras investigaciones sobre el llamado Hombre de Sidrón, yacimiento sito en Piloña (Asturias), que había sido localizado por paleoantropólogos unos años atrás. Los métodos de datación calcularon que tenían hasta 120.000 años de antigüedad. Eran neandertales extraordinariamente conservados. También había restos de entre 30.000 y 70.000 años de antigüedad. En total pertenecían a nueve individuos, entre los que había fósiles de un bebé de dos años. Gracias al excelente nivel de conservación, los científicos que se encargaron del hallazgo pudieron extraer material biológico que pudo emplearse para el estudio del ADN. Los resultados de los estudios –para los cuales se efectuaron comparaciones con otros tres especímenes de neandertal hallados en otros tantos yacimientos de Europa– descubrieron que existía en nosotros, que somos homo sapiens, hasta un 2 % de genes que compartíamos con aquellos neandertales. Era la prueba genética que evidenciaba lo que Aguirre decía. No quiere decir que nosotros descendamos de ellos, para nada, sino que se produjeron intercambios que “traspasaron” de los neandertales a nosotros una pequeña parte de su código genético. 
 
Los resultados de los estudios descubrieron que existía en nosotros -que somos homo sapiens- hasta un 2% de genes que compartíamos con aquellos neandertales
 
Ya se venían haciendo progresos en este sentido desde 1997. Gracias a unos restos hallados en Alemania, se extrajo ADN mitocondrial. Se descubrió que las diferencias entre ellos y nosotros eran mayores que entre diferentes poblaciones de nosotros. Esto quiere decir que ni ellos descienden de nosotros ni nosotros de ellos, pero no fue hasta 2008 cuando se obtuvieron más datos gracias a la secuencia del ADN mitocondrial completo. Los resultaron certificaron y afinaron que existían esas diferencias, pero había algo... Los papers científicos no se decantaron por desechar la tesis de que hubiera en nosotros un pequeño aporte de ellos. Y ese algo se encontraba en los restos de Sidrón, que ya estaban siendo examinados en los laboratorios de los biólogos, que pudieron secuenciar el genoma nuclear y afinar más los resultados previos. Ahí si se produjo “algo” de sorpresa, que no era otra cosa que esa mínima, pero al fin y al cabo existente, aportación. También se pudo averiguar que aquellos neandertales de Sidrón eran pelirrojos y tenían intolerancia a la lactosa, además de poseer un gen que determina en los sapiens la capacidad del habla, lo que evidenciaba, de forma definitiva, que ellos hablaban como nosotros, que en suma, éramos extraordinariamente parecidos pese a que la división entre ambos se había producido hace la friolera de 825.000 años. 
 
VUELTA AL PRINCIPIO
Un nuevo estudio publicado en febrero de 2013 ha venido a complicar las cosas. Se ha dado a conocer en la revista Proceedings of the National Academy os Sciences. Los firmantes del trabajo son investigadores de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y de la Universidad de La Laguna, aunque en el estudio han participado científicos de medio mundo. El estudio se basa en el análisis de Carbono-14 de restos de neandertales hallados en Guadalajara y Zafarraya (Málaga). Los restos hallados ahí, en la Península, se consideran como los de los últimos neandertales que existieron en el mundo. 
 
Hubo convivencia, claro, en gran parte del continente euroasiático, pero la “batalla” se resolvió aquí. O eso se creía. Las teorías aceptadas hasta ahora están de nuevo... bajo revisión
 
Los resultados han sido sorprendentes en grado sumo, porque han venido a decir que los restos en cuestión son más antiguos de lo que se suponía hasta ahora. Y es que se suponía que tenían 30.000 años de antigüedad... mientras que los nuevos análisis vienen a decir que estos neandertales, que eran los últimos, tienen 45.000 años de antigüedad. Si el lector se ha perdido, lo tendrá más claro en la siguiente afirmación: cuando estos neandertales vivían, los homo sapiens todavía no habían llegado a la Península, ya que se supone que nosotros llegamos hace 40.000 años. Más claro aún: no hubo convivencia. Y vuelta al principio: “Habrá que revisar los libros de prehistoria”, sentencia uno de los autores del informe, Jesús F. Jordá, del departamento de Prehistoria y Arqueología de la UNED. 
El estudio del pasado de la especie humana acaba de dar un giro espectacular. La clave, una vez más, está en la Península. Sin embargo, cuando todos pensaban que los últimos neandertales convivieron aquí con nosotros y, de algún modo, les provocamos la extinción, resulta que, posiblemente, nada de eso ocurrió así. Vuelta al principio. Hubo convivencia, claro, en gran parte del continente euroasiático, pero la “batalla” se resolvió aquí. O eso se creía. Las teorías aceptadas hasta ahora están de nuevo... bajo revisión. 
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