Se encuentra usted aquí

Balnearios y aguas termales de España

Lunes 29 de Enero, 2018
España tiene una gran tradición termal con más de un centenar de establecimientos, algunos de los cuales se remontan a la antigüedad y a la edad media. A pesar del tiempo transcurrido, muchos siguen abiertos manteniendo las virtudes de sus aguas.

Desde la antigüedad, el aprovechamiento del agua termal para curar toda clase de enfermedades y dolencias ha sido una constante. Grecia convirtió los baños en el mar, el río, el lago o incluso la alberca en una sofisticada técnica que requería edificios especiales. Sin embargo, fue Roma con su ingeniería la que dio forma a estas instalaciones en su versión más completa y definitiva, que legó con variantes a todas las culturas próximas o a aquellas que la sustituyeron.

Las originarias termas pasaron a convertirse en caldas, mientras que para la civilización islámica fueron hamman y alhamas. Términos, todos ellos, que se han mantenido en nuestro país por encima del tiempo y el espacio.

UN PAÍS DE LARGA TRADICIÓN TERMAL

El subsuelo español es particularmente rico en bolsas acuíferas estrechamente relacionadas con energías geotérmicas, lo que da lugar a emanaciones de aguas cargadas de componentes minerales, las cuales, debidamente aplicadas, contribuyen a la curación de un buen número de enfermedades o dolencias, así como al restablecimiento o recuperación anímica y motora del organismo.

Debemos a los viajeros románticos de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX (Richard Ford, Lord Byron, Gerard Brenan, Rainer Mª Rilke, etc.) el redescubrimiento de este patrimonio natural y cultural de nuestras aguas minero-medicinales, de unos establecimientos balnearios cuya tradición arranca, en muchos casos, en la antigüedad.

LA CULTURA TERMAL

Los romanos acudían a imponentes baños públicos, verdaderos palacios donde podían bañarse hasta 2.500 personas. Los bañistas que ingresaban a estos “templos del aseo” confiaban sus túnicas a los guardarropas o capsarii. Luego pasaban al frigidarium, donde se bañaban con agua fría, y después al tepidarium, de agua tibia. Luego los esperaba el caldarium’, una especie de sauna que provocaba abundante transpiración. Más tarde, unos servidores, los strigile, se dedicaban a limpiar a los concurrentes el sudor y a depilarlos. Acto seguido, los tractatores o masajistas distendían los músculos de sus clientes para luego dar paso a los unctores, que los untaban con aceites perfumados.

En el esquema galénico, un inicial baño en seco de vapor tenía como misión calentar y fundir las materias nocivas del cuerpo, librando también la piel de desigualdades e impurezas, que saldrían con el fuerte sudor provocado. Tras esa fase, un baño de agua muy caliente limpiaría hasta los últimos resquicios de la epidermis, entrando por los poros limpios, y devolviendo una humedad pura a las partes sólidas del cuerpo, en sustitución del humor sudado. Un baño posterior, de agua muy fría, refrescaría el cuerpo contrayendo la piel y cerrando los poros ya limpios, mientras que los masajes y fricciones con jabones, perfumes, ungüentos y aceites complementaban el efecto del agua. Finalmente, el bañista se cubría con su manto bien caliente y se frotaba la frente con un pañuelo de lino, para quitar los excedentes de estas sustancias. Era muy común utilizar el susinun, un ungüento preparado a base de cañas aromáticas, miel, canela, azafrán y mirra. Otra costumbre romana muy popular era lavarse el cuerpo con tierras grasas aromáticas.

ANTES DE ROMA

Sería un error otorgar la exclusividad a los romanos del origen de explotación de los nacederos de aguas con propiedades curativas de nuestra geografía hispana. Gracias a la arqueología, hemos podido determinar unos yacimientos termales que ya eran conocidos mucho antes de la llegada de las legiones romanas, entre ellos la casa de baños en la acrópolis del castro celta de Chao de San Martín, en Grandas de Salime (Asturias), donde el druida llevaba a cabo todo un ritual.

En León tenemos la estación termal de Caldas de Luna, donde los celtas astures construyeron un castro en torno a un manantial de aguas minero-medicinales –el riachuelo de Fuencaliente–, cuyas aguas brotan de la roca a la temperatura constante de 28ºC, en medio de un escenario sagrado dedicado al dios Lugh, como fue el Parque Natural del Valle de San Emiliano.

Y el balneario de Montanejos (Castellón) es todavía más antiguo. Tenemos evidencias de la primera Edad de los Metales según testimonios encontrados en la Cueva Negra. Luego, estas aguas fueron olvidadas, siendo recuperadas por los hispano-musulmanes. Al monarca Zeit-Abu-Zeit, del reino de Murcia, le debemos la casa de baños, que fue levantada para el uso y disfrute de sus mujeres predilectas, según consta en las crónicas. La fuente de los baños se halla en el desfiladero del río Mijares y sigue aportando en nuestros días un caudal medio de 6.000 litros por segundo, a una temperatura de 25ºC.

LA CULTURA TERMAL HISPANO-MUSULMANA

Los árabes hispanos extendieron por toda España, sin distinción de clases sociales –en un régimen más democrático y popular que el de las épocas Imperial romana o visigoda–, el uso de los baños, a fin de mantener limpio y saludable el cuerpo.

El valor de estas instalaciones –hamman / alhamas– no solamente radica en sus cualidades sociales, sino también culturales. A través de su estudio, hemos podido acercarnos mejor a una época que, erróneamente, fue calificada de mugrienta y hedionda; nada más lejos de la realidad.

Estas instalaciones balnearias eran utilizadas sin distinción por las tres culturas de la España medieval –islámica, judía y cristiana–. Ya en el Fuero de Sepúlveda, de 1076, hemos podido apreciar normas sobre el régimen del uso de los baños, que luego se repetirían en otros muchos fueros, tanto castellanos como aragoneses.

El antiguo Reino Nazarí llegó a tener, a mediados del siglo XIV, cerca de medio centenar de instalaciones balnearias; de las que, lamentablemente, sólo podemos ver en pie en nuestros días media docena; el resto ha sido presa de los avatares históricos, saqueos y la desidia humana. Una verdadera lástima, por cuanto la cultura termal hispano-musulmana probó que la convivencia pacífica de las tres religiones era posible. Como dijo un poeta, “miles de personas han sobrevivido sin amor... ninguna sin agua”.

 

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario