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La Bastida, la “Troya” de Occidente

Jueves 23 de Mayo, 2013
En los últimos años, un singular yacimiento está revolucionando el panorama arqueológico nacional. Hablamos de La Bastida, un antiguo asentamiento cuya posible funcionalidad defensiva e hipotético centro neurálgico de la cultura de El Argar, está obligando a replantearse el verdadero alcance de aquella antigua civilización peninsular. Texto y fotos: Gabriel Muñiz
El descubrimiento de La Bastida, lejos de ser un hecho reciente, se enmarca en los propios anales de la arqueología de nuestro país. Esto, dirán algunos, podría suponer una ventaja, pues un prolongado conocimiento llevaría aparejado un exhaustivo análisis y defensa del yacimiento en cuestión a lo largo del tiempo. Craso error, precisamente el hecho de tratarse de un yacimiento conocido desde antaño, y en el que las primeras intervenciones arqueológicas se remontan hace 150 años, habría provocado que La Bastida haya sufrido daños irreparables a lo largo del último siglo.

Tal como afirma uno de los responsables de las excavaciones del yacimiento las primeras excavaciones de La Bastida tuvieron lugar en 1869. Esto implica que durante toda la historia de la arqueología española, hasta hoy, casi de forma recurrente ha habido un reguero de arqueólogos actuando sobre el terreno de un modo más o menos profesional. En opinión de Vicente Lull, esto supone que el propio yacimiento habría resultado muy afectado, ya que las tecnologías han evolucionado enormemente y, por el contrario, tradicionalmente se llevaron a cabo intervenciones con técnicas muy toscas y obsoletas con respecto a las actuales. A todo ello, habría que sumar que el prolongado conocimiento de la existencia del yacimiento fue caldo de cultivo para un ininterrumpido expolio.

Con todo, el yacimiento de La Bastida se ha catalogado como lo suficientemente importante para ofrecer al estudioso un sinnúmero de claves aún por desvelar en toda su dimensión arqueológica, un yacimiento que en gran medida sigue permaneciendo, a pesar de las circunstancias, oculto bajo tierra y que en los próximos años puede ofrecernos muchas sorpresas, a decir de los especialistas.

La Bastida fue el primer yacimiento argárico que vio la luz, antes incluso que ningún otro de los que se localizaron en la provincia de Almería, región preeminente en lo que se refiere a El Argar. Cronológicamente, las prospecciones arqueológicas comenzaron con Rogelio Inchaurrendieta, un ingeniero de minas que excavó en el lugar allá por 1869. Inchaurrendieta dio a conocer sus hallazgos en Dinamarca, con motivo de un congreso internacional celebrado allí. La existencia de La Bastida, por tanto, trascendió entre los estudiosos europeos cuando aquí prácticamente nadie prestó al yacimiento ninguna atención o sabía de su existencia.

Años después de Inchaurrandieta el yacimiento fue analizado, aunque podríamos decir que de forma anecdótica, por el ínclito Siret. Siret, que por entonces no debió ser consciente de la verdadera trascendencia de este núcleo en relación con otros yacimientos, apenas permaneció unos días en La Bastida, durante los cuales estuvo trabajando junto a su capataz Pedro Flores y sacando a la luz, eso sí, 13 tumbas. A Siret le debemos, no obstante, el haber dejado constancia fidedigna de su trabajo a través de una serie de dibujos y otros materiales documentales que aún hoy podemos consultar en el Museo Arqueológico Nacional.

En la segunda década del siglo XX sería Juan Cuadrado, que ejerció como el organizador de la arqueología en esta zona, quien a través de sus escritos dejará constancia de La Bastida, afirmando que se habían descubierto en el lugar unas 500 tumbas. En realidad, sin embargo, podríamos afirmar que no sabemos gran cosa de la intervención de Cuadrado, salvo sus propias palabras testimoniales.

Aunque cabría suponer que, tras el paréntesis de la Guerra Civil, las actuaciones dudosas llevadas a cabo sobre el yacimiento de La Bastida serían pronto superadas, racionalizándose los trabajos poco a poco hasta la preservación completa del yacimiento, las circunstancias históricas en primera instancia, y la patente falta de sensibilización arqueológica en segundo término, no ayudaron a ello en absoluto.

El arqueólogo Julio Martínez Santa-Olalla fue quien, llegado desde Madrid al finalizar la contienda, se encargó de poner en marcha de nuevo la excavación. Ya se intuía por entonces, a raíz de las pequeñas excavaciones que se habían llevado a cabo desde principios de siglo, la importancia real que tenía La Bastida.

Una nefasta actuación sobre el terreno pondrá de nuevo en peligro a La Bastida, trastocando el yacimiento hasta el punto de amenazar su futura existencia. Nos referimos a la repoblación forestal que tendría lugar en los años 70. Los responsables de esta intervención fueron una serie de sociedades paralelas a Icona, que repoblaron concretamente la zona norte del monte donde se asentó La Bastida, lo que supuso una pérdida irreparable de restos del yacimiento. Sin embargo, tal como afirma Vicente Lull, milagrosamente fue gracias a la intervención de la gente del pueblo que se pudo paralizar la repoblación en la zona que aún no había sido excavada, permitiendo que La Bastida sea hoy lo que es.

Podríamos decir, al respecto, que el caso de La Bastida resulta paradigmático en la historia de la arqueología. Tradicionalmente, hasta bien avanzado el siglo XX las instituciones españolas concedieron un escaso o nulo interés por la preservación arqueológica de un espacio determinado, primando sobre cualquier otro motivo las actuaciones de “interés general” o, conceptualmente, de un “progreso” mal entendido (véase una repoblación forestal, el trazado de una carretera o la construcción de un embalse).

Pero si esto es así, también deberíamos afirmar que en pocas ocasiones en la historia, el pueblo llano aunó sus fuerzas, se posicionó o tomó partido con tanto tesón por la defensa de un espacio común o, como es el caso, de un yacimiento arqueológico. Según relata Vicente Lull, los habitantes de las inmediaciones avisaron, una vez que se iba a proceder a la repoblación forestal, de que ya a partir de los años 50 se habían hecho excavaciones y se había demostrado el interés arqueológico del lugar.

La inquietud de la gente por esta preservación, sin embargo, también estaba cargada de motivaciones de índole ancestral y tradicional. Según afirmaban los lugareños, sus propios padres y abuelos les habían hablado de la presencia de innumerables tumbas y restos de todo tipo, y éstos, a su vez hicieron durante toda su vida referencia al propio relato de anteriores generaciones. Sin olvidar, como hemos dicho, que la presencia de este yacimiento era conocida desde al menos un siglo atrás por los habitantes del lugar, Vicente Lull concluye que debieron darse sólidos tabúes sociales alrededor de La Bastida.
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