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El culto a Isis en Hispania

Lunes 22 de Julio, 2013
Fue la más popular de las diosas egipcias y su culto llegó también a Hispania. Isis, la mujer perfecta, arribó a nuestras costas tras la transformación de su culto en mistérico y gracias a los comerciantes que surcaban las aguas del Mediterráneo, que se encomendaban a ella en sus azarosas travesías. Baelo Claudia fue una de las ciudades en la que se le construyó un templo. Pero no la única… Por: José Miguel Parra
Isis, la esposa perfecta, capaz de recorrerse todo del Nilo en busca de los desmembrados restos de Osiris, su esposo y hermano. Isis, la gran maga llena de poder y conocimiento, capaz de recomponer el cadáver de Osiris para convertirlo en la primera momia, a la que sustituyó el perdido pene por uno artificial. Isis, la mujer de gran fertilidad capaz de transformarse en milano y hace lo que ninguna otra mujer hizo: situarse encima del pene erecto de la momia de su esposo para quedar preñada de él y así poder darle un hijo. Isis, la madre perfecta, que lucha con todo y contra todos por mantener a su enfermizo hijo Horus con vida, que lo oculta en las marismas de Chemnis de la búsqueda malévola de su tío Seth (asesino de su hermano Osiris) y lo salva de la picadura del escorpión. Isis, la perfecta señora de la casa, que lucha con denuedo contra los designios de su malvado hermano Seth y no ceja hasta conseguir que los derechos de su hijo al trono de Egipto le sean reconocidos por los dioses. Isis, la mujer taimada y sin escrúpulos que no duda en prepararle una trampa a su bisabuelo y hacer que le pique una serpiente para, con malas artes y un algo de chantaje, conseguir averiguar su nombre secreto. Isis, la mujer compasiva y llena de amor, capaz incluso de sentir pena por Seth, el origen de todos sus males y aflicciones. Isis, en fin, la mujer perfecta, el espejo en el cual podían mirarse todas las féminas y adorar todos los hombres. Esta Isis, la más popular de las diosas egipcias, es la deidad que, según el Mediterráneo oriental se fue haciendo más pequeño gracias a las conquistas y reconquistas de los pueblos de sus orillas, pasó a convertirse en reconocida y adorada en toda la región, gracias sobre todo al reino ptolemaico.

Si bien durante la época faraónica Isis mantuvo un mano a mano en cuanto a popularidad con Hathor –la diosa de la fertilidad, la embriaguez y la música (o de las drogas, el sexo y el Rock & Roll, como la definieron en una conocida serie de televisión)–, durante la época ptolemaica su preeminencia fue completa debido sobre todo a una decisión puramente política. Los griegos llegados a Egipto con los ptolomeos no se mezclaron en absoluto con los autóctonos, de modo que, para dar cohesión a una sociedad tan claramente dividida, los reyes lágidas crearon una divinidad que pudiera ser adorada por todos: Serapis. Convertida en el dios ptolemaico por excelencia, se le buscó una pareja, que no fue otra que Isis, la mujer perfecta, una diosa con la cual podían identificarse sin desdoro las reinas de la dinastía, en especial Arsinoe II y Cleopata VII (la Cleopatra por excelencia). Las infinitas rutas comerciales que partían y llegaban al puerto de Alejandría, la pujanza económica y cultural del reino ptolemaico y la koiné creada en el Mediterráneo oriental por las conquistas de Alejandro y los posteriores reinos helenísticos explican el tremendo el desarrollo del culto isíaco.

Sin embargo, esta internacionalización de Isis, si así podemos llamarla, se produjo también en parte porque su culto sufrió una transformación que se sumó con grandes resultados al atractivo propio de la diosa. Nos referimos a su conversión en una religión mistérica. Estos cultos orientales, como el de Cibeles, el de Mitra o el de Eléusis, se caracterizan porque la participación en los mismos estaba limitada a los iniciados en los «misterios» de la deidad. Es decir, que para ser parte de ellos había que haber pasado una formación y una ceremonia de entrada que permitían al adepto integrarse en el grupo de adoradores tras conocer la parte «misteriosa» de la religión. Sólo entonces podía adorar adecuadamente a la divinidad. Se puede sugerir que fue Cleopatra, amante de Julio César y después de Marco Antonio, quien dio a conocer de primera mano a los habitantes de Roma el culto a Isis, por entonces ya bien asentado en el Mediterráneo Oriental. Al menos eso parece indicar que fuera a la muerte de Julio César cuando por primera vez se intentó construir en la Ciudad Eterna un templo a la diosa, actividad vetado por Augusto, decidido a regresar a los cultos romanos tradicionales.

Ha de quedar claro que no es la Isis faraónica la que llega a la península Ibérica (y al resto del Mediterráneo) para ser adorada, sino la mistérica. No pueden caber dudas de ello. En primer lugar, porque su iconografía así lo demuestra; pues la diosa no sólo presenta los rasgos de la Isis metamorfoseada en Alejandría por los Lágidas, sino porque además el paredro (pareja) que la acompaña no es otro que la nueva deidad estatal ptolemaica: Serapis. En segundo lugar, porque no fueron súbditos del faraón quienes trajeron la diosa a la vieja piel de toro, sino comerciantes mediterráneos que jamás conocieron el culto a la esposa de Osiris tal cual se celebraba en el valle del Nilo en la época de las pirámides o el imperio. El ejemplo más claro de esto puede ser, sin duda, la inscripción bilingüe en latín y griego encontrada Emporiae (Ampurias), que reza como sigue: «A Isis. A Serapis. Numas, hijo de Numeios, alejandrino, devoto, mandó hacer el templo, las estatuas y el pórtico». Es decir, un emprendedor alejandrino –y por lo tanto un griego de etnia y educación, que no un egipcio– acabó encontrando en la costa catalana más septentrional un lugar tan adecuado para sus negocios transmediterráneos como para considerar un buen negocio para su bienestar espiritual y económico la fundación un templo dedicado a su divinidad favorita.

La devoción de los mercaderes/navegantes por Isis no era de extrañar, porque el viaje realizado por la diosa desde Egipto hasta el Líbano para recuperar el cuerpo de su esposo la relaciona con el mar Mediterráneo y la convertía en la Isis Pelagia, la Salvadora. Encomendarse a ella era, por tanto, contar con una salvaguarda más durante las azarosas travesías que permitían atravesar de punta a punta el mar de los romanos.
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