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Itálica, cuna de emperadores

Lunes 21 de Octubre, 2013
Fue la primera ciudad romana de la península Ibérica, fundada por el mismísimo Escipión el Africano tras una decisiva victoria frente a las tropas cartaginesas, durante los últimos coletazos de la Segunda Guerra Púnica. Pero además, la urbe bética gozó también del indudable honor de ver nacer en ella a dos ilustres emperadores: Trajano y Adriano. Por: Javier García Blanco
El pasado mes de septiembre tuvimos ocasión de acompañar al novelista Santiago Posteguillo hasta el yacimiento arqueológico de Itálica (actual Santiponce, Sevilla) con motivo del lanzamiento de su última novela, Circo Máximo, ambientada, al igual que sus anteriores trabajos, en la Antigua Roma. La elección del enclave no pudo ser más acertada, pues si la primera trilogía del escritor valenciano tenía como protagonista a Publio Cornelio Escipión el Africano –fundador de Itálica en los últimos años de la Segunda Guerra Púnica–, sus dos últimas novelas están dedicadas a Trajano, emperador que vino al mundo en la urbe bética.

La fundación de Itálica se remonta al año 206 a.C., fecha en la que tuvo lugar la decisiva batalla de Ilipa (actual Alcalá del Río). Tras la contienda, que se saldó con una sonora victoria para las tropas romanas, Escipión el Africano decidió crear un asentamiento permanente para los veteranos y los heridos de sus legiones, y para ello escogió un antiguo poblado turdetano, habitado al menos desde el siglo IV a.C. y situado en los terrenos de la actual Santiponce, a apenas diez kilómetros de Sevilla. Con su establecimiento, Itálica se convertía no sólo en el primer asentamiento romano de la Península Ibérica, sino también en el primero fuera de los territorios de Italia.

Además de una excelente ubicación estratégica –a medio camino de Ilipa y de Hispalis– Itálica ofrecía también una buena comunicación, pues al encontrarse junto a las aguas de Guadalquivir, podía disponer de un puerto fluvial que facilitaba el transporte de los abundantes recursos mineros y agrícolas que poseía Hispania. Por otra parte, la pequeña población turdetana existente allí –de la que desconocemos su nombre– suponía un menor riesgo respecto a ciudades más grandes, donde era más probable encontrar partidarios de los cartagineses que podían causar problemas de seguridad a la joven colonia.

No es mucho más lo que sabemos sobre la fundación de la urbe, en la que acabaron conviviendo los veteranos de las tropas romanas y la población local turdetana ya asentada allí, aunque seguramente en zonas bien diferenciadas. A través del propio nombre de Itálica –“ciudad de itálicos”–, sí podemos adivinar, sin embargo, que la mayor parte de las tropas que se establecieron allí procedían de las distintas regiones italianas, mientras que los oficiales seguramente procedían de la misma Roma. De la fundación de Itálica únicamente se conoce una breve mención por parte del historiador romano Apiano, quien en su Historia Romana, en su libro VI –dedicado a la conquista de Hispania–, señala lo siguiente:
“A partir de este momento, poco antes de la olimpíada ciento cuarenta y cuatro, comenzaron a enviar anualmente, a los pueblos de Iberia conquistados, pretores en calidad de gobernadores o superintendentes para mantener la paz. Y Escipión, después de dejarles un ejército pequeño adecuado a un asentamiento pacífico, estableció a los soldados heridos en una ciudad que llamó Itálica, tomando el nombre de Italia. Es la patria de Trajano y Adriano, quienes más tarde fueron emperadores de los romanos. Y él partió rumbo a Roma con una gran flota, adornada con magnificencia y repleta a un tiempo de prisioneros, riquezas, armas y un variado botín.”
Tras su fundación y hasta el inicio de nuestra Era, tampoco son muy abundantes las noticias sobre Itálica en las fuentes históricas. De hecho, sabemos que en la segunda mitad del siglo I a.C. Itálica obtuvo el estatus jurídico de Municipium Civium Romanorum, pero se desconoce con exactitud en qué circunstancias recibió dicha denominación administrativa. Los historiadores creen que la urbe podría haber obtenido este estatus de manos del propio Julio César, como premio por el apoyo de la población durante su enfrentamiento con Pompeyo. Sin embargo, tampoco es seguro qué papel jugó exactamente Itálica –ni en qué bando–, en aquella guerra civil.

De un modo u otro, de lo que no hay duda es de que para entonces la ciudad ya gozaba de cierta importancia, contaba con el estatus de municipium y, ya en época de Augusta, recibió el permiso para acuñar moneda, como atestiguan los numerosos ejemplares recuperados. Para entonces los habitantes de la urbe eran ya una población mucho más homogénea que sus orígenes, pues los iniciales colonos de procedencia itálica y romana se habían ido mezclando poco a poco con los habitantes turdetanos, que con los años se habían latinizado y más tarde romanizado por completo.

En cualquier caso, la importancia de la ciudad baetica fue aumentado de forma notable a lo largo del siglo I d.C., y de forma más especial en sus últimas décadas, a partir de los mandatos de Tito y Domiciano. En aquellos años el número de senadores italicense era ya bastante notable, hasta el punto de que coincidiendo con el ascenso al poder de Trajano, en el 98 d.C., eran nada menos que diecisiete, una cifra sólo superada por Tarraco. Un claro indicativo de la creciente importancia que había ido alcanzando la ciudad con el paso de los años. Fue precisamente en estas fechas, coincidiendo con el mandato de sus hijos más ilustres, los emperadores Trajano y Adriano, cuando Itálica experimenta su mayor auge y crecimiento, llegando a alcanzar una extensión de cincuenta y dos hectáreas de superficie.
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