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El león: algo más que un símbolo

Jueves 19 de Septiembre, 2013
El España no hay leones, pero el símbolo que se asocia a nuestro país es, precisamente, el león. No siempre fue así. Los hubo, y su presencia en el imaginario colectivo, además de su presencia física, caló para siempre. Además, desde los orígenes de los tiempos el león siempre ha despertado el respeto y admiración del ser humano, sigue considerándose el rey indiscutible de los animales y compañero inseparable del hombre en su devenir histórico. Por: Carlos A. Font Gavira

Quizás la primera manifestación del influjo del león en la cultura humana fue el terror que suscitaban los leones prehistóricos en nuestros antepasados. Prueba la presencia de esta bestia en la Península Ibérica el hallazgo de un esqueleto de león de las cavernas en la cueva de Arrikrutz (Oñate-Guipúzcoa) en magnífico estado de conservación. Un hecho insólito de la interacción de estos prehistóricos felinos con nuestros antepasados peninsulares lo representa el hallazgo, en el yacimiento de Atapuerca (Burgos), de los restos de un león cavernario devorado por un grupo de Homo Heidelbergensis. Los huesos del león muestran claros signos de desollamiento y marcas de utensilios humanos. El suceso se data, aproximadamente, hace 350.000 años revelando el complejo sistema social de estos homínidos y lo elaborado de sus técnicas de caza hasta el punto de abatir al superdepredador por excelencia de la Prehistoria.

Los griegos siempre incluyeron al león en sus mitos y leyendas, algo coherente, si conocemos el dato que en tiempo de Aristóteles, en el siglo IV a. C. los rugidos de los leones podían oírse a las puertas mismas de Atenas. En la Península Ibérica fueron los misteriosos íberos los que representaron al león en sus esculturas. En nuestro suelo existe un gran acopio de esculturas ibéricas que representan leones. Un ejemplo elocuente de ello es el León de Pozo Moro (Albacete). Estamos hablando de un sillar zoomorfo con forma de león esculpido en piedra caliza. Forma parte de una necrópolis y su significado es ambivalente. Por una parte la imagen de un león con la boca entreabierta mostrando sus colmillos nos adentra en el terreno de lo terrorífico cumpliendo una función protectora del mundo de la muerte.

Los romanos fueron la civilización de la Antigüedad que más influyó en la población de leones del Mediterráneo debido a su utilización en los anfiteatros, concretamente en los venatio, que era como se denominaba en la Antigua Roma a los espectáculos en los que intervenían animales exóticos o salvajes. Un uso más sórdido de las fieras era la práctica romana de utilizar a los leones como método de ejecución. La imagen de los primeros cristianos siendo devorados por los leones ha perdurado con bastante fuerza en nuestro imaginario colectivo.

Las poblaciones de leones del Norte de África se vieron especialmente afectadas por el ocio romano. Tres siglos después de Aristóteles, cuando estos animales ya habían desaparecido de Europa, los romanos continuaban importándolos en gran número para uncirlos a los carros de los vencedores. Pompeyo, según se dice, llevaba un cortejo de 600 leones; Julio César, uno de 400. Los magníficos leones del Atlas, una subespecie de león de gran porte y llamativa melena negra, fueron diezmados de las actuales Túnez, Argelia, Libia y Egipto. El león del Atlas habitaba bosques de coníferas y prados arbustivos más que la sabana abierta y, quizás, venga de ahí el sobrenombre del león como “rey de la selva” pues los romanos denominaban a cualquier zona boscosa cerrada como “silva” (bosque).

Los leones del Atlas fueron los leones conocidos por los romanos (junto a los asiáticos) y se proveían de ellos al otro lado del estrecho de Gibraltar, usando intermediarios de Gades (actual Cádiz). En Hispania la afición por los juegos no era menor que en otros territorios del Imperio. Los hispanos vivían y disfrutaban con furor los juegos en que se veían involucradas fieras salvajes y animales exóticos. Prueba de esa predilección lo atestigua los numerosos restos de anfiteatros romanos que han sobrevivido en nuestro país como los de Itálica, Emérita Augusta, Segóbriga, Tarraco, Cartago Nova, Cáparra,… Hispania proveía abundantemente de animales autóctonos como ciervos, lobos, osos, uros y bisontes. Los leones, grandes protagonistas de estos sangrientos espectáculos, procedían de la provincia norteafricana de Mauretania (Tingitana y Caesariensis).

El refinamiento en la crueldad que desplegaron los romanos en este tipo de actividades nos sobrepasa. El mismo Séneca nos describe uno de los artificios que fueron llevados a la práctica para renovar, dentro de lo posible, esta clase de espectáculos: se sujetaban a ambos extremos de una correa, por ejemplo, un toro y una pantera; al tratar ambos de liberarse, empezaban a luchar entre sí; pero al no tener libres los movimientos, al no poder tomar impulso para una lucha abierta, iban destrozándose allí mismo poco a poco. Al final del combate, el vencedor era tan irrecuperable como el vencido: unos hombres armados, llamados confectores, remataban a ambos.

Tantos siglos de capturas de animales salvajes en todos los rincones del Imperio afectaron negativamente a las poblaciones de animales salvajes. Algunas cifras son bastantes elocuentes: con ocasión de los juegos ofrecidos a la inauguración del Coliseo, fueron degollados 9.000 animales y, si creemos a Suetonio, se mostraron 5.000 al público en un solo día. Estas cifras, que los mismos romanos consideraron enormes, representan, no obstante, una magnitud que nos es difícil valorar. La población de leones disminuyó notablemente en aquellos lugares donde, según dicen, eran en otros tiempos lo suficiente numerosos como para asediar a los poblados indígenas. Roma, ofreciendo fiestas, modificó la fauna de un continente.

No se tiene constancia que los leones sobrevivieran como especie silvestre en Hispania en tiempos de los romanos pero aún así su representación iconográfica en mosaicos hallados en nuestro país es común. Citamos el bello mosaico descubierto en la villa romana de Olmeda (Palencia). En una escena muy poblada de figuras se observa varios combates y luchas entre hombres y animales o sólo entre animales. De la primera destaca un león macho atravesado por una lanza en el pecho y mostrando rasgos agonizantes. En una esquina inferior del citado mosaico aparece representado de manera diáfana un león depredando sobre un alcéfalo norteafricano, otra especie, desgraciadamente, extinguida del Norte de África y que constituía la presa por excelencia del león del Atlas.

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