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Minas romanas en Hispania, la joya del imperio

Miércoles 20 de Febrero, 2013
El papel que jugaron las minas enclavadas en suelo hispano durante la dominación romana fue de vital importancia para la economía de la República y posteriormente del Imperio. Sometidas a métodos de explotación intensivos y revolucionarios para la época, en muchos casos transformaron el paisaje de algunas zonas de nuestro país. Por: José Luis Hernández Garvi

Desde tiempos inmemoriales, la península italiana se había caracterizado por su escasez de yacimientos minerales de importancia, reduciéndose a unos pocos filones de oro localizados en las laderas de los Alpes y de cobre en Campania, escasos recursos que venían siendo explotados desde tiempo de los etruscos. Con el advenimiento de la República romana pronto se hizo evidente que esa pobreza minera, sobre todo en metales preciosos, era insuficiente para mantener las necesidades de un estado que aspiraba a convertirse en una potencia hegemónica en toda la cuenca del Mediterráneo.

Cuando la civilización romana empezó a extender su poder e influencia fuera de los límites geográficos en los que hasta entonces había estado constreñida, sus máximos representantes empezaron a controlar y administrar la riqueza de los pueblos a los que sometían. Cereales, aceite de oliva, vino, caballos, productos manufacturados y esclavos, se convirtieron en la base de un comercio dinámico que dio origen a las primeras grandes fortunas de la época. Sin embargo, la falta de minerales con los que financiar operaciones mercantiles o fabricar espadas para las legiones continuaba siendo un grave problema que las nuevas posesiones de un imperio en expansión eran incapaces de cubrir.

En el Norte de África, la cordillera del Atlas apenas ofrecía unas vetas de oro con un rendimiento bastante pobre para cubrir esas necesidades. En Macedonia, distrito romano situado al norte de Grecia y famoso por sus minas, los yacimientos estaban completamente agotados. Los romanos conseguían algo de oro y piedras preciosas de sus intercambios comerciales con Egipto, que a su vez los extraían de Nubia. De la misma forma, habría que esperar a que en el año 44 d.C. el emperador Claudio completase la conquista de Britania para que Roma tuviera acceso a grandes minas de hierro.

Mientras los administradores romanos buscaban desesperadamente nuevos yacimientos que explotar, empezaron a circular rumores que hablaban de las fabulosas riquezas que guardaba el subsuelo de la Península Ibérica. En el siglo III a. C., el escritor griego Ateneo ya aludía a la gran riqueza de Hispania en mineral de hierro. De la misma época son los comentarios de Filón de Bizancio, que hablaba de la fama alcanzada por el filo de las espadas celtíberas, capaces de amputar miembros de un solo tajo y que los romanos intentaron imitar sin éxito. Todas estas noticias despertaron el interés y la codicia de la mayor potencia económica y militar de la época.

Las expectativas de los romanos se confirmaron cuando pusieron su pie en la Península Ibérica, acontecimiento que tuvo lugar durante las Guerras Púnicas y más concretamente con el desembarco de los Escipiones en Ampurias. En este periodo, las minas más famosas fueron las de Carthago Nova, ciudad fundada por Asdrúbal, que contaba con los yacimientos de plomo argentífero más productivos de aquella época. Polibio, un historiador griego que acompañó a los romanos en su avance por Hispania y que fue testigo de la conquista de Numancia, visitó estas minas. Su testimonio, recogido por el geógrafo griego Estrabón en su obra Geografía en la que dedica su libro III por entero a Hispania, describía los métodos de explotación que se empleaban para extraer el mineral de estos yacimientos y su enorme riqueza. En ellos trabajaban 40.000 obreros en una extensión que ocupaba varios kilómetros cuadrados, extrayendo de las entrañas de la tierra 25.000 dracmas de beneficio diario. Para hacernos una idea del nivel de explotación al que fueron sometidas podemos fijarnos en las montañas de escombros de aquella época que aún existen en las proximidades de Cartagena. Tan sólo en el de Herrerías se calcula que hay 276.000 toneladas de escoria.

Siguiendo con el relato de las fuentes históricas, los pozos mineros abiertos por Aníbal en Hispania le reportaban trescientas libras de plata diarias. En las explotaciones se trabajaba sin descanso día y noche, en turnos fijados por la duración de las rudimentarias lámparas de aceite que llevaban los mineros. Según la descripción del polifacético griego Posidonio, recogida también por el cronista Estrabón, los metales obtenidos en las minas hispanas se hicieron famosos por su calidad y cantidad, llegando a convertirse en legendarios con la divulgación de algunos relatos que hablaban de una riqueza extraordinaria al alcance de la mano. El más extendido era el que hablaba de un pavoroso incendio forestal que había tenido lugar en Turdetania, la Hispania Ulterior o Bética de los romanos, afectando a las lomas boscosas de un monte en el que había una veta incalculable de plata. Extinguido el fuego, el metal fundido por el intenso calor salió a la superficie en forma de torrentes resplandecientes.

Los ríos de la Península también eran explotados a la búsqueda de pepitas de oro. En una imagen que nos recuerda a la de los mineros del Lejano Oeste, las arenas auríferas eran transportadas hasta pilas o pozos construidos en las riberas, lugares en donde eran tamizadas con cedazos manejados por las manos expertas de mujeres de ojos acostumbrados a localizar las pepitas. Las cuencas del Tajo, Genil, Duero y Miño fueron las de mayor rendimiento, sembradas de pequeñas explotaciones dedicadas a extraer la riqueza que entonces arrastraban las corrientes de estos ríos.

La riqueza de Hispania en metales preciosos queda reflejada en el botín de guerra obtenido por Publio Cornelio Escipión tras la conquista de Carthago Nova. Según el relato de los cronistas, estaba compuesto por 276 páteras de oro de una libra de peso cada una, 18.300 libras de plata trabajada o acuñada, y un gran número de vasos y recipientes hechos del mismo metal. Con estos datos y cifras no debe extrañarnos que los romanos considerasen a Hispania como una especie de Eldorado mediterráneo en el cual las riquezas manaban del suelo y eran transportadas por los ríos ofreciéndose a quien las cogiera, imágenes que despertaban las ambiciones de los más codiciosos.
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