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La Vía Augusta

Miércoles 22 de Abril, 2015
Hay caminos cuya descripción no debería limitarse a lo físico, a la distancia de su trazado o a la orografía del terreno por el que discurren. Es el caso de la Vía Augusta, que simboliza el impulso civilizador, la solidez de un vínculo ancestral entre pueblos distantes y distintos. Por: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano
Vía Augusta, Cartagena, Polibio, Estrabón, calzadas
Se han cumplido 2.000 años de la muerte de Augusto, el emperador que fue capaz de transformar el Imperio y de instaurar, gracias a su innegable sentido de estado, un nuevo parentesco entre Roma y los pueblos que se fueron sometiendo a su influencia. En lo que respecta a la Península, este proceso no hubiera sido posible sin la culminación de una de sus magnas empresas: el trazado definitivo de la Vía Augusta.
Con el paso de los siglos, el antiguo recorrido de la Vía Augusta se ha ido desdibujando, hasta el punto de que, incluso desde el aire, apenas seríamos capaces de seguir su rastro entre la maraña de caminos y carreteras actuales.
La red caminera, es verdad, ya existía antes de la Vía Augusta y sobreviviría a ésta tras la caída del Imperio. Sin embargo, y esto es lo trascendental, ningún otro camino influiría tan profundamente en el desarrollo de nuestra historia...
 
POLIBIO Y ESTRABÓN
Las principales fuentes históricas sobre los caminos que surcaban la península Ibérica y su trazado pertenecen a dos de los cronistas más acreditados de la Antigüedad. Por una parte Polibio, que, como enviado político, visitó la Península en el siglo II a.C. y por lo tanto puede considerarse testigo ocular. Por otra parte, Estrabón, que nunca visitó la Península aunque, gracias a escritos antiguos y testimonios orales de sus coetáneos, realizó una valiosa y pormenorizada descripción geográfica de Iberia y sus rutas terrestres.
 
El itinerario final, con todo, partía de los Pirineos orientales, bajando hacia el sur hasta llegar a Játiva, desde donde la Vía se bifurcaba en dos ramales que acabarían por confluir en Cádiz
 
Siguiendo ambas fuentes documentales, cabe describir cuál acabó siendo el recorrido de la Vía Augusta a comienzos de nuestra era. Polibio nos habla de la Vía Heráclea, que ya era una realidad en época cartaginesa y que llegaba aproximadamente a Tarragona desde las colonias del sur; Estrabón, por su parte, describe el itinerario resultante tras la penetración y expansión en la Península de Roma. El itinerario final, con todo, partía de los Pirineos orientales, bajando hacia el sur hasta llegar a Játiva, desde donde la Vía se bifurcaba en dos ramales que acabarían por confluir en Cádiz. Uno de estos dos caminos se dirigía desde Játiva a Cartago Nova (Cartagena) y seguía el litoral hacia el sur pasando por Almería, Málaga y San Roque hasta Cádiz. El otro camino, en cambio, penetraba hacia el interior y discurría por el Valle del Guadalquivir, pasando por Córdoba y Sevilla hasta la estratégica capital gaditana. Estos dos itinerarios del Mediterráneo, junto a las otras dos principales vías de la Península, una que partía de Sevilla en dirección a Cáceres, y otra que conectaba Tarragona con Pamplona y el Cantábrico, llegaron a conformar la totalidad de las rutas principales de la Península.
 
CONVULSIÓN EN LA VÍA HERÁCLEA 
Aunque estas rutas en buena medida pudieron concebirse como arterias de reciprocidad cultural y económica entre los pueblos, no nos debemos llevar a engaño, pues la razón de ser de su ampliación y conservación fue también la conquista y la dominación de la Península. Y es que, durante el periodo comprendido entre la llegada de los cartagineses y el asentamiento definitivo de los romanos, la Vía Augusta fue testigo de numerosos movimientos de tropas, de asedios y batallas. Quien dominara su recorrido, se aseguraba el control de la península Ibérica.
 
Por aquel entonces la antigua y poderosa Cartago, desde el norte de África, se conformaba con ejercer una labor de protección de las colonias fenicias, pero llegó un momento en que  ya no se contentaría con la mera tutela política y militar
 
Imaginemos aquella primitiva vía cuyos ramales cumplían a la perfección con las expectativas comerciales de las colonias repartidas por el litoral. Por aquel entonces la antigua y poderosa Cartago, desde el norte de África, se conformaba con ejercer una labor de protección de las colonias fenicias. Sin embargo, las primeras tensiones entre Cartago y Roma desembocarían, en 348 a.C., en la firma de un tratado que marcaba, por primera vez, los límites de influencia de las colonias fenicias peninsulares y los asentamientos de Roma y sus aliados. A grandes rasgos, el acuerdo dejaba el sur peninsular en manos de Cartago, y el norte, a partir de Mastia –en la costa murciana– bajo la influencia de Roma. Lo que pudiera ser aquel trazado natural de la arcaica Vía Augusta, pues, quedaría por primera vez oficialmente dividido en dos fracciones.
Llegó un momento, sin embargo, en que Cartago ya no se contentaría con la tutela política y militar que ejercía sobre las colonias fenicias. Los púnicos habían perdido su primera gran guerra con Roma, y necesitaban ocupar nuevas tierras y proveerse de materias primas. Será Amílcar Barca quien tome la decisión de cruzar el Mediterráneo y establecer sus propias huestes en el litoral peninsular, donde tendrá acceso directo a los yacimientos minerales. Amílcar dominará en poco tiempo la cuenca del Guadalquivir y el sur de la costa, labor que a su muerte será continuada por su yerno Asdrúbal, que funda la estratégica ciudad portuaria de Cartagena, nueva capital y bastión del imperio colonial cartaginés en la Península.
 
Tendrán lugar entonces los primeros movimientos realmente expansionistas de Aníbal, que, saltándose el pacto con Roma, destruye Sagunto y recorre todo el litoral hacia el norte
 
A medida que los cartagineses fueron asentando su zona de influencia –que ahora se extendía más al norte hasta Cartagena– también fueron afianzando la red de caminos existente, así como ampliando su recorrido. La Vía Heráclea, como un trazado integral con entidad propia, iba tomando cuerpo sobre el terreno. Sin embargo, el nuevo y definitivo impulso de la Vía Heráclea llegará con Aníbal, que tras la muerte de Asdrúbal iniciará otro periodo de beligerancia. Aníbal, en su afán de expansión, amplía también el trazado de ramales desde el interior hasta la Vía Heráclea, que ahora es testigo del paso de grandes contingentes de soldados celtíberos que, tras ser derrotados y sometidos por Aníbal, se sumarán a sus ejércitos. Tendrán lugar entonces los primeros movimientos realmente expansionistas de Aníbal, que, saltándose el pacto con Roma, destruye Sagunto y recorre todo el litoral hacia el norte, traspasando los Pirineos en dirección a Roma. Es en estos momentos cuando los cartagineses, que habían dejado una parte de sus efectivos en la retaguardia peninsular, afianzan el recorrido de la Vía Heráclea hacia el norte, al menos hasta Tarragona, algunos de cuyos tramos, incluso, llegarían a ser empedrados.
 
LA DESTRUCCIÓN DE CARTAGO
Paradójicamente, sin embargo, los cartagineses habían puesto los medios para su propia destrucción. Y es que la Vía Heráclea, construida en parte como lanzadera de la invasión cartaginesa hacia Roma, fue la que utilizaron los romanos para su rápida y efectiva penetración y expansión peninsular.
 
Utilizando como único camino la Vía Heráclea por el litoral, sorprendió la retaguardia de Cartagena y ganó la batalla, lo que a la postre significaría el principio del fin de la presencia púnica en la Península
 
Tras la derrota de Aníbal, las huestes romanas a las órdenes de Publio y Cneo Escipión desembarcan en la antigua colonia griega de Ampurias, desde donde irán penetrando en la Península y reconquistando enclaves tan importantes como Sagunto. Poco a poco, estas legiones progresarán hacia el sur llegando al Valle del Guadalquivir. Utilizando el ramal que partía de Cartagena en dirección a Lorca y a Baza, las tropas cartaginesas interceptarán y darán muerte a Publio y Cneo Escipión. 
Pero, una vez más, la Vía Heráclea debía jugar un papel fundamental. Tras la derrota y muerte de su padre y tío, será ahora Publio Cornelio Escipión quien desembarque en Ampurias. Como gran estratega, este general concibió la sorpresa como axioma fundamental de su conquista. Utilizando como único camino la Vía Heráclea por el litoral, esta vez desde Sagunto hacia el sur, sorprendió la retaguardia de Cartagena y ganó la batalla, lo que a la postre significaría el principio del fin de la presencia púnica en la Península.
 
EL ESPLENDOR DE LA VÍA AUGUSTA
Tras la expulsión de los cartagineses, Roma emprenderá la conquista y colonización progresiva de los principales territorios. La Península experimentará lo que se ha venido en llamar la romanización, que se traducirá en una serie de cambios muy profundos en muy variados órdenes. Las calzadas romanas, y la Vía Augusta en particular, no sólo se transformarán en sí mismas, sino que jugarán un papel fundamental en este nuevo panorama social que está por venir. 
Durante el siglo I a.C., la asimilación de los indígenas por los romanos es un hecho cada vez más consolidado. Como consecuencia, poco a poco se irán implementando nuevos derechos sociales hasta, incluso, ofrecer la ciudadanía a ciertos indígenas como premio a su fidelidad. Así se irá creando un clima de aceptación mutua entre el mundo romano y el ibérico, estabilidad que propiciará a su vez la llegada de nuevos colonizadores romanos que exportarán a la Península su estilo de vida, costumbres y leyes. 
 
Como un empeño personal del emperador, se consolidará la construcción de la Vía Augusta, que llegará hasta los Pirineos para enlazar con la Vía Domitia en dirección a la capital del Imperio
 
El valedor de este cambio de tendencia fue Octavio Augusto, el ínclito emperador que transformó la vida del Imperio. A sus iniciativas personales dirigidas a la implantación del nuevo derecho, la tolerancia y la paz, Augusto unió otras tantas relacionadas con la viabilidad de tan revolucionarios cambios. La vida, ahora, estará cada vez más concentrada en las ciudades, haciendo necesarias nuevas infraestructuras y sobre todo vías de comunicación seguras y fluidas.
Como un empeño personal del emperador, se consolidará la construcción de la Vía Augusta, que llegará hasta los Pirineos para enlazar con la Vía Domitia en dirección a la capital del Imperio. En general, las calzadas que recorrían la península Itálica, entre las cuales la Vía Apia resultaba paradigmática, eran auténticas obras de ingeniería en cuya ejecución no se escatimaba en gastos y suntuosidad. Para su construcción se utilizaban verdaderos contingentes humanos, y se hacían desmontes, túneles y puentes cuando el itinerario lo hacía necesario. 
La Vía Augusta fue consolidándose como importante arteria de comunicación, y a la que poco a poco se iría dotando de nuevas mejoras como puentes, miliarios para conocer las distancias, mansiones y posadas para pernoctar y avituallarse. Igualmente, Augusto relanzaría el servicio de correos a través de esta vía del Mediterráneo que conectaba directamente con Roma. En sus comienzos, el servicio de correos se llevaba a cabo por peatones, pero a partir de Augusto se realizará en monturas o con carruajes preparados para el transporte de mercancías –tirados por mulas– y personas –tirados por caballos–, a los que se añadió un sistema de postas. 
 
Al final del siglo III de nuestra era, la red caminera de la Península había llegado a un grado de desarrollo muy importante, pero, como no podía ser de otro modo, el declive de la Vía Augusta correría en paralelo al desmoronamiento del Imperio
 
El mayor esplendor que conoció la Vía Augusta habría de durar unas dos centurias. Diferentes fuentes arqueológicas y documentales avalan la importancia que alcanzó la vía en la difusión de las ideas y el comercio. Concretamente los Vasos Apolinares, dos recipientes votivos hallados en Roma, dan cuenta de las ciudades por las que transcurría la vía y sus respectivas distancias. Asimismo, los numerosos restos de miliarios con sus inscripciones y dedicatorias en piedra, dan cuenta de la categoría que mereció esta vía entre la compleja red de calzadas del Imperio.
Como no podía ser de otro modo, el declive de la Vía Augusta correría en paralelo al desmoronamiento del Imperio. Al final del siglo III de nuestra era, tal como nos lo muestra el Itinerario de Antonino, la red caminera de la Península había llegado a un grado de desarrollo muy importante. Las primeras oleadas de los pueblos denominados bárbaros, sin embargo, penetrarán en nuestro territorio desde el centro de Europa, aprovechando un momento en que, a raíz de las luchas intestinas de Roma, se habían desplazado las legiones descuidando las fronteras del Rhin. Los bárbaros penetraron en la Galia para, a continuación, irrumpir en la Península sembrando el terror entre la población.
La Vía Augusta, una vez más, iba a ser testigo de excepción de un episodio dramático. Aquella gran arteria de cultura, lo era ahora de destrucción: Ampurias, Barcelona, Tarragona, Sagunto, Lérida, Alicante... los grandes hitos poblacionales de la antigua calzada romana sufrirían, uno a uno, el azote de los extranjeros. Esta primera crisis llegaría a su fin con la restauración del Imperio bajo el poder de Diocleciano. Sin embargo, tanto Roma como sus provincias y el territorio peninsular, había iniciado un periodo de declive que afectaba a todos los órdenes de la vida, de identidad cultural, de tipo político y económico. Nuestro territorio se despoblaría en parte y regresaría a un estatus poblacional de tipo rural. Desaparecido el Imperio, la presencia germánico-visigoda no modernizaría nada en absoluto a la red viaria, pues las necesidades comerciales y de difusión cultural jamás llegarían a ser ni la sombra de lo que fueron.
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Buen articulo

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