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La Vía de la Plata

Martes 20 de Agosto, 2013
“Iter ab Emerita Asturicam” (“el camino de Mérida a Astorga”) es una de las rutas de comunicación más legendarias de nuestra historia, mejor conocida como Vía de la Plata. Será el sendero por el que, desde Andalucía hasta Asturias –pasando por Mérida y Astorga–, deberá transitar el viajero, en un desplazamiento en dirección suroeste/noroeste, a través de centenarias dehesas, olivares que peinan llanuras y valles y espacios naturales de singular belleza. Por: Jesús Ávila Granados
Esta misma ruta, conocida por los hispano-musulmanes como balath (pavimento), generó un incesante transitar de ganados durante los siglos medievales y modernos, en ambas direcciones (norte-sur y viceversa), como Cañada Vizana. Son muchas las evocaciones que el viajero sentirá al andar por esta bimilenaria calzada de origen tartesio. Fue ampliada por los romanos y restaurada por los andalusíes, y a través de sus losas se desarrollaron muchos de los grandes movimientos socioculturales que tuvieron lugar en el occidente hispano. Éste fue también la Vía Mozárabe y a través de ella los cristianos residentes en territorios de al-Andalus subían hasta Santiago para cumplir el peregrinaje jacobeo. También el románico y el gótico impregnaron con su gracia y singularidad las tierras recién conquistadas. El comercio, los mercados y ferias de las ciudades, pueblos y aldeas, igualmente se relacionaron gracias a la facilidad de las comunicaciones que esta legendaria calzada supuso, así como para extender las corrientes eclesiásticas, las órdenes monásticas, etc. En pocos lugares de geografía del mundo occidental, el viajero podrá saborear mejor las singularidades socioculturales de un sendero mítico como el de la Vía de la Plata.

La Vía de la Plata tal vez sea la más legendaria de todas las rutas terrestres de la península Ibérica, al haber sido utilizada ya por la civilización tartesia para desplazarse hasta las mismas canteras de estaño, oro y plata del noroeste hispano. Enlazaba, en línea recta, las ciudades de Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga). Pero, ante la necesidad de alcanzar las costas del Cantábrica y la bahía de Cádiz, los extremos se hicieron mucho más lejanos, lográndose enlazar el puerto de Gigia (Gijón), al norte, con Gades (Cádiz), al sur, pasando por Italica (Santiponce), cuna de dos de los más célebres emperadores romanos (Trajano y Adriano). Después, ya en los siglos medievales, la Vía de la Plata se convirtió en un pasillo de comunicación socio-cultural, cuando los cristianos (mozárabes) de al-Andalus emprendieron su odisea de peregrinación a Compostela. Los geógrafos hispano-musulmanes y árabes recorrían las fértiles tierras del occidente hispano, a través de esta importante cañada, anotando en sus crónicas viajeras cuanto iban observando en las ciudades, pueblos y aldeas. Mientras, los ejércitos cristianos –y los caballeros de Santiago y demás órdenes militares– iban avanzando de norte a sur, utilizando también esta legendaria calzada, en su afán de conquistas territorial en el zona del noroeste de al-Andalus. Los grandes rebaños de ganado trashumante, según las épocas climáticas, también se desplazaron por el occidente peninsular, siguiendo la estela de la calzada. Todo un mundo de cultura gira, por tanto, en torno a esta vía de comunicación, cuyo trazado seguiremos a continuación, destacando también algunos de los mitos y leyendas de sus diferentes etapas.

Es por ello que el origen de la Vía de la Plata hay que buscarlo en las primeras civilizaciones peninsulares, relacionadas con los pueblos más cultos de la antigüedad hispana (tanto autóctonos como foráneos). Así como en la imperiosa necesidad de éstos por conseguir los metales, lo que hizo que se trazase una importante calzada –en un desarrollo norte-sur y viceversa– que facilitase el comercio y el traslado de los metales recién extraídos de las explotaciones situadas en esta singular vía de comunicación, que hoy tres mil años después (tras haber facilitado las conquistas cristianas de los territorios de Extremadura desde León, durante los siglos medievales, así como el fomento de los intercambios socioculturales y el comercio a lo largo de su dilatada historia), la Vía de la Plata constituye no sólo el más legendario e importante eje vial de nuestro país, sino también una “avenida” de intercambio cultural que superó los límites del espacio, del tiempo y de la historia.

Pero antes de iniciar nuestro periplo viajero, que trazamos de sur a norte en justo homenaje a la civilización tartesia, queremos recordar esta gran cultura hispana que, en el siglo X a.C., alcanzó su máximo esplendor en el escenario de la Andalucía más occidental. Fue un reino tan rico que dejó asombrados a los geógrafos de la Antigüedad, quienes llegaron a decir que Tartesos se sentía tan segura de sus posibilidades que sus ciudades –llenas de oro, plata y toda clase de riquezas– no precisaban de murallas que las protegieran.

Tampoco nos hemos olvidado de los viajeros hispano-musulmanes y árabes quienes –en los siglos medievales– recorrieron todo el occidente peninsular, siguiendo la Vía de la Plata desde Córdoba y Sevilla hasta Mérida y describiendo todo cuanto iban viendo a su alrededor. Uno de ellos, Mushariff Ud-Din (s. XI), al transitar por el Valle del Ambroz, al norte de Cáceres, exclamó: “Un viajero sin conocimiento es como un pájaro sin alas”. Gracias a todos, desde los antiguos hasta el Renacimiento, hemos podido reconstruir las formas de vida de los pueblos y gentes que crecieron y se desarrollaron a lo largo de los tiempos en nuestra España más profunda. Todo esto se lo debemos a una calzada, diseñada por los Tartesos, ampliada por los romanos y restaurada por los hispano-musulmanes. Éste es, por tanto, un justo homenaje a todos ellos, a los que la hicieron y a cuantos la recorrieron, tanto en su condición de viajeros, como en su calidad de cronistas de la historia.

Toda el área del Bajo Guadalquivir estaba bajo la hegemonía del reino tartesio. Tartesos conocía bien las posibilidades de los metales preciosos ya que practicaba una rica y avanzada metalurgia que despertó la envidia de sus contemporáneos, tanto atlánticos como mediterráneos. Apreciaba el oro y la plata, puesto que fabricaba desde épocas muy antiguas magníficas joyas y contaba con una estructura política capaz de darse cuenta rápidamente de las posibilidades que ofrecía la presencia constante de mercaderes orientales en sus costas.
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