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14 de abril de 1931: La gran ilusión

Miércoles 31 de Enero, 2018
De 1931 a 1939. La Segunda República no podría haber acabado peor, pero no pudo empezar mejor. Las elecciones fueron el fin del régimen caduco de Alfonso XIII. Así transcurrió la jornada históritca del 14 de abril. Alberto de Frutos.

Los españoles se despertaron la mañana del miércoles 15 de abril con la garganta en carne viva. Entre “vivas” y “mueras” se habían pasado la tarde anterior cantando el colapso de la monarquía, que se había visto incapaz de resistir el plebiscito de las elecciones municipales del 12 de abril. El pueblo había hablado en las urnas, y el varapalo a los partidos monárquicos en la mayoría de las capitales de provincia abrumó a un rey que ya no podía seguir desafiando los vientos proteicos de la historia. Sus consejeros más próximos y militares de confianza le mostraron el panorama con toda franqueza: o se iba o estallaba la Guerra Civil. Alfonso XIII era un estorbo incluso para la clase dirigente, el freno a un país que había decidido pisar el acelerador del futuro y la esperanza. “No me olvido que nací rey y que lo soy”, dijo en palacio a sus colaboradores más cercanos, para corregirse al punto, sin duda azorado: “Que lo era”.

 

EL DESTINO LLAMÓ A SU PUERTA

Al principio muy pocos sospecharon que el régimen se suicidaría con tanta urgencia. Nadie creía en un éxito tan inmediato, ni siquiera los promotores del Pacto de San Sebastián, que en 1930 habían despachado de boquilla la suerte de la monarquía y orquestado un gabinete completo en la sombra.

Pero desde que a las siete de la mañana del día 14 Eibar (Guipúzcoa) se adelantara a los acontecimientos y proclamara la República, el rey pareció aceptar la inexorabilidad de su destino.

Todo sucedió como en un sueño. El primer indicio solvente de que había nacido un nuevo orden fue la bandera republicana que ondeó en el mástil del Palacio de Comunicaciones de Madrid. Se corrió la voz y, entre la curiosidad y el desconcierto, los ciudadanos salieron de sus madrigueras y comprendieron que bastaba con estar ahí –paseando por la calle Alcalá hacia la Puerta del Sol, ondeando la tricolor (¡pero de dónde salieron tantas banderas, quién las tejió en tan poco tiempo!), o entonando una canción chusca sobre el rey, la reina Victoria Eugenia y su séquito– para formar parte de la historia.

 

ESPAÑA SE ACOSTÓ MONÁRQUICA…

España se había acostado monárquica y se levantaba republicana, ahora sí, ahora de verdad. En los comercios del centro se volatilizaron los distintivos reales, mientras los pasquines de las Casas del Pueblo divulgaban la noticia y los cláxones de los escasos automóviles improvisaban la banda sonora de una jornada para la eternidad. Los tranvías y camiones circulaban hasta los topes, hombres y mujeres bailaban en corro con la bandera de la República prendida en la solapa, y los gorros frigios –el otro gran símbolo de la nueva ola– guiaban al pueblo hacia la Libertad. Era un desfile ingenuo, de risas y charanga, alocado como cualquier celebración multitudinaria. Gentes serenas y alegres, valientes y osadas entonaban el himno de Riego, que, junto con La Internacional, se imponía a veces a la intraducible emoción ciudadana. Todos se besaban. Todos se abrazaban. El miedo se había quedado en casa. Después, ya veríamos.

La situación política quedaba retratada en una plaza en blanco y negro a la que ponía color un sentimiento de optimismo y victoria. Porque había un claro ganador –el pueblo– y un perdedor inequívoco –Alfonso XIII, quien, tras avalar durante más de seis años la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, había pretendido hacer borrón y cuenta nueva en la fi gura del general Berenguer, el error terminal que había liquidado la monarquía.

 

EL GOBIERNO PROVISIONAL

A eso de las siete, empezaron a salir los periódicos de la tarde y la gente se los quitaba de las manos a los vendedores. En su primera página, las palabras del rey sonaban a acatamiento (“las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo”) y obstinada reivindicación de su persona y su dinastía  (“no renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósitos acumulados por la Historia de cuya custodia me han de pedir un día cuenta rigurosa”).

A las seis y media de la tarde, se constituyó el Gobierno provisional, presidido por Niceto Alcalá Zamora. En la Puerta del Sol, la muchedumbre coreaba los nombres del Comité Revolucionario republicano-socialista, que había dado la vuelta a la tortilla. Como todos los políticos de la época, sus miembros eran oradores excepcionales, de verbo fl orido y ademanes de petimetre.

Antonio Maura, ministro de la Gobernación, informó de la “situación política” a los gobernadores del país y se concertó la salida de la Familia Real, que, pese a los cantos esporádicos de La Marsellesa que se escucharon en la Puerta del Sol, nunca sintió su cuello amenazado por Madame Guillotine. La angustia que la reina y sus hijos experimentaron en el Palacio de Oriente se resolvió nada más abandonar la capital en tren hacia Francia, solo unas horas después de que Alfonso XIII hiciera lo propio, él en coche y hacia Cartagena, donde zarpó rumbo a Marsella a bordo del crucero Príncipe de Asturias.

De madrugada, en los alrededores del Palacio, se quemaban los últimos pitillos y los últimos cartuchos de la jarana, mientras el Gobierno Provisional seguía de cerca los acontecimientos. El largo día acababa. El 15, miércoles, amanecería excepcionalmente como Fiesta Nacional. Después, ya veríamos...

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