Se encuentra usted aquí

Las Guerras Carlistas: ¡Dios, Patria y Rey!

Jueves 03 de Noviembre, 2016
Fue la primera ocasión en la que los españoles se levantaron en armas para matarse entre sí. Y aunque los libros no las califiquen de contienda civil, las guerras carlistas sangraron a España dividiéndola en dos bandos irreconciliables que volverían a enfrentarse en 1936.
Janire Rámila

Aunque en un primer momento se conozca a los carlistas como los defensores de entronizar al hermano del rey Fernando VII, don Carlos María Isidro de Borbón, a la muerte del primero en 1833, lo cierto es que su origen se encuentra en las mismas Cortes de Cádiz. No fueron sino los herederos del grupo político conocido en aquel entonces como los serviles, partidarios de proseguir con el absolutismo monárquico en todas sus expresiones, motivo por el que se les pasó a llamar absolutistas o realistas.

Desde los primeros años veinte del siglo XIX, los realistas lucharon porque Fernando VII abandonara su tímido carácter reformista y volviera a gobernar como un rey absoluto, derogando todas las novedades que ya estaba introduciendo en España la revolución liberal. La sublevación iniciada en la localidad gaditana de Cabezas de San Juan en enero de 1820 pidiendo más libertades, y que llevó a la imposición nuevamente de la Constitución de Cádiz, les hizo ver que el fin de su ideología podía estar más cerca de lo imaginable y que los aires liberales cobraban cada vez un auge mayor en las grandes capitales españolas. Sólo la entrada de un ejército francés en 1823 consiguió atajar la revolución, derivada ya en guerra civil al haber organizado los realistas diferentes guerrillas formadas por campesinos, curas y ex combatientes de la Guerra de la Independencia que luchaban al grito de “Dios, Patria y Rey”, los símbolos de esa etapa absolutista que tanto añoraban.

Y aunque Fernando VII volvió a sentarse en el trono como rey por la gracia divina, las tensiones políticas no hicieron sino agravarse a medida que el monarca otorgaba mayores concesiones a los liberales y reformistas.

Fue entonces cuando los realistas pusieron sus miras en la figura de su hermano, Carlos María Isidro de Borbón, más conocido como don Carlos y defensor de sus mismas posiciones absolutistas extremas. Su apoyo a que éste fuese el próximo rey de España les granjeó el apelativo de carlistas, denominación que se perpetuaría en el tiempo hasta nuestros días.

INTRIGAS PALACIEGAS
Desde ese preciso instante, los intentos para derrocar al legítimo rey fueron una constante, incluyendo sublevaciones armadas. Este uso de la violencia formaría ya parte indiscutible del sentimiento carlista, de tal modo que se convertiría en una de sus señas de identidad al considerarla una estrategia más para alcanzar el poder e, incluso, el único lenguaje con el que podía hablarse, según ellos, a los liberales y lograr imponer en el gobierno su programa de reformas. Por eso no debe extrañar que esta parte de nuestra historia esté plagada de guerras, motines, insurrecciones, algaradas, pronunciamientos...

Los pronunciamientos fueron  protagonizados por el brigadier Capapé en mayo de 1824, en Aragón; el del también brigadier Bressières en 1825, el de Morales en Granada, el de Tortosa... todos encaminados a derrocar a Fernando VII y todos sofocados a tiempo.

         Hasta ese instante, don Carlos había permanecido en un discreto segundo plano, expectante y callado. Pero el cuarto matrimonio de su hermano con María Cristina de Borbón precipitó los acontecimientos. Del enlace nació una niña, María Isabel Luisa. Las viejas normas sucesorias de la corona, basadas en las Leyes de Partida de los tiempos de Alfonso X, dictaban que la corona recaería en el primogénito del rey, sin importar su sexo, aunque en 1713 esa norma se alteró con el llamado Auto Acordado, por el cual se concedía preferencia a cualquier varón, fuese de una línea y grado más lejano.

         Para asegurar el trono a su hija, Fernando VII derogó el Auto Acordado, enervando a los carlistas que amenazaron a la pareja real del peligro de guerra civil si la anulación se hacía efectiva. Y tanto fue el miedo metido en su cuerpo, que la reina María Cristina, de carácter débil, aceptó restituir el Auto Acordado. Fernando VII, enfermo de muerte a causa de la gota, hizo lo mismo el 18 de septiembre de 1832.

Sin embargo, gracias a la infanta Luisa Carlota, esposa del hermano menor del monarca, los reyes reconsideraron su postura anulando definitivamente el Auto Acordado. Fernando VII se recuperó milagrosamente de su enfermedad y ordenó el destierro de su hermano al negarse a reconocer  como heredera a la infanta Isabel.

Los hechos se precipitan. El 20 de junio de 1833 las Cortes proclaman a Isabel, de 3 años de edad, como princesa heredera, el 29 de septiembre de ese año fallece Fernando VII y un mes más tarde, tal y como vaticinara don Carlos, estalla la guerra por el trono.

PRIMERA GUERRA CARLISTA
El 2 de octubre, a la noche, los Voluntarios Realistas de Talavera de la Reina, encabezados por el administrador de correos Manuel María González, se alzaron en armas al grito de, “¡Don Carlos rey de España!”. Ese hecho fue el detonante para que otros muchos grupos se rebelaran con la misma consigna. Lo hicieron a manera de partidas, bandas que actuaban como guerrillas y en las que tuvieron cabida campesinos, jornaleros, artesanos, intelectuales antiilustrados; aunque también delincuentes, mercenarios, insumisos del ejército, antiguos combatientes contra la ocupación francesa...y, por supuesto, carlistas convencidos.

Pudiera extrañar que sectores como el campesinado se adhirieran a una revuelta que defendía el regreso al sistema absoluto, en el que ellos eran tratados como esclavos, pero en aquellos años se había difundido la idea de que los reformistas sólo conseguirían crear más pobreza con sus cambios acelerados, por lo que fueron las clases más desfavorecidas las que con mayor ardor defendieron la candidatura del infante don Carlos. Su ira la canalizó la pequeña nobleza rural que organizó las diversas algaradas transformando lo que pudo ser una simple revuelta en guerra civil.

Por el contrario, donde mayormente fracasaron los alzamientos fue en las grandes ciudades y capitales de provincia, con los ricos comerciantes al frente. Lo que esas clases humildes defendían no era la religión, ni el amor a la tradición o al pretendiente, sino evitar que el proceso revolucionario acabara marginándoles en la pobreza. Lucharon, no por un rey, sino por lo que éste encarnaba.

Del País Vasco, la rebelión se extendió a Cataluña, Castilla, Asturias, Extremadura, Andalucía, Valencia y Aragón, pero la rápida reacción gubernamental y la recuperación de los grandes núcleos urbanos la dio por fracasada. Y en esa situación hubiera quedado si no fuera porque tres semanas después, el coronel carlista Tomás de Zumalacárregui, recibía de las tres diputaciones vascas el mando de sus soldados reactivando la revuelta en el Norte.

Bajo su dirección, las partidas se transformaron en un ejército enormemente móvil y combativo que llegó a controlar el transporte de suministros desde Francia e instaurar un auténtico gobierno carlista paralelo al legítimo. La buena coyuntura bélica propició la entrada de don Carlos en territorio vasconavarro el 12 de julio de 1834, para dirigir in situ la marcha de la guerra.

Mientras esto sucedía en el Norte, en el resto de España proseguía la fase de guerrillas con suerte desigual. La adhesión de buena parte del clero a los sublevados, por verlos como el mejor antídoto contra el liberalismo,  provocó la quema de conventos y el fusilamiento de frailes durante el verano de ese 1834 en gran parte de la península. Algunos de estos religiosos llegarían a formar y dirigir sus propias partidas, como sería el caso del cura Santa Cruz, verdadero azote de las fuerzas reales durante la Segunda Guerra Carlista.

Los continuos reveses sufridos por las tropas isabelinas desembocaron en una guerra larga y cruenta, que tuvo como momento álgido la decisión de Zumalacárregui de asediar Madrid con 30.000 hombres en 1835. Cuanto todo estaba listo para emprender la campaña, desde el alto mando recibió la inexplicable orden de abandonar el proyecto para cercar Bilbao. La populosa ciudad industrial no sucumbió a las embestidas y el propio Zumalacárregui falleció en los ataques el 24 de julio.

DERROTA DE DON CARLOS
Con la pérdida del coronel vasco, su ejército fue recibiendo un revés tras otro hasta disgregarse nuevamente en partidas, con lo que retornó la lucha de guerrillas. Con Mendizábal en el gobierno, los carlistas comenzaron a vislumbrar cada vez más difícil la conquista de Madrid. Y mayormente desde que Baldomero Espartero ascendiera a general en jefe del Ejército del Norte. Aunque hubiera sido continuamente derrotado por las tropas de Zumalacárregui, Espartero era un brillante militar que resistió las continuas acometidas de las tres divisiones que aún mantenían operativas los carlistas en sus ofensivas sobre Bilbao.

Harto de tanto fracaso, el infante don Carlos dispuso asestar el golpe definitivo dirigiendo bajo su mando 12.000 infantes y 1.600 jinetes desde Estella hasta la capital de España. La campaña comenzó el 15 de mayo de 1837, con la pretensión de forzar la renuncia al trono de Isabel. Y a punto estuvo de conseguirlo, si no fuera por la llegada precipitada del ejército de Espartero a Madrid el 13 de septiembre, cuando los carlistas ya habían comenzado el sitio un día antes. El miedo se apoderó de los soldados de don Carlos que desertaron en masa, regresando a Estella únicamente 4.000 de los cerca de 15.000 movilizados.

Harto de tal incompetencia, el pretendiente situaría en el mando finalmente a Rafael Maroto, quien se apresuró a defender el territorio con el mínimo de bajas posibles y a recomponer el ejército como paso previo a una solución negociada del conflicto.

Sabedor de que la derrota estaba cercana, Maroto aceleró las negociaciones con el general Espartero hasta desembocar en el célebre “abrazo de Vergara”, el 31 de agosto de 1838. El tratado clausuró la guerra en el país vasconavarro, provocando la descomposición del ejército carlista y la huida de don Carlos a la localidad francesa de Bourges, al no reconocer los términos de la paz.

Y aunque aún proseguirían diversos enfrentamientos en tierras catalanas y del Maestrazgo hasta mediados de 1840, la primera guerra carlista se dio por finalizada. Eso sí, con numerosas llagas y un fuerte apoyo social que en pocos años reabrirían las heridas.

EXILIO Y MÁS INSURRECCIONES
El primer resultado de la derrota fue el surgimiento de una gran masa de exiliados –unas 26.000 personas-, formada por combatientes y simpatizantes que encontraron en Francia y Portugal un nuevo lugar en el que reiniciar sus vidas. El carlismo, como tal, sufrió un período de reordenación con dos bandos internos enfrentados: los moderados, que secundaban la paz de Vergara, y los radicales, defensores de la pureza absolutista.

La abdicación de don Carlos de sus derechos dinásticos en su hijo primogénito Carlos Luis, de 27 años de edad, abrió una nueva vía para que ambas corrientes vieran satisfechas sus pretensiones al vislumbrar una posible boda con Isabel II, entonces de quince años. Sin embargo, las ilusiones duraron poco, ya que la reina contrajo matrimonio con su primo Francisco de Asís de Borbón, con lo que el carlismo volvió a sentirse ultrajado.

Se hacía necesario realizar un cambio de táctica y ésta llegó por dos vías: la política y la armada. Por la primera se pasó de la defensa a ultranza de las ideas absolutistas al ataque de las debilidades liberales y, por la segunda, como antaño, se volvió a la insurrección. Esta vez el foco se inició en Cataluña con la guerra conocida como dels matiners (madrugadores) y se prolongó desde 1846 hasta 1849. La revuelta no traspasó las fronteras catalanas, pero paulatinamente fueron apareciendo partidas organizadas que provocaron sucesivos enfrentamientos armados con el ejército isabelino.

En 1849 los insurrectos intentaron traer a España desde Italia al pretendiente Carlos Luis, pero éste fue detenido en la frontera por la policía francesa, motivo por el que las revueltas fracasaron viviéndose un segundo exilio.

Los principales valedores carlistas optaron entonces por un cambio de táctica. Desecharon las partidas por considerarlas ya ineficaces y comenzaron a buscar adeptos entre la clase militar y las clases sociales más elevadas.

UN NUEVO PRETENDIENTE
Antes que nada, se hacía necesario buscar un nuevo pretendiente que abanderada la causa absolutista y éste se encontró en la figura de uno de los nietos del anterior aspirante, Carlos de Borbón y Austria-Este, nacido en 1848. Al igual que su abuelo, pasó a conocérsele como don Carlos, Carlos VII para los carlistas, y desde ese instante adoptó el título de duque de Madrid.

Con esta elección, la renovación del partido fue total, incluyendo su propia denominación como grupo político para operar en las Cortes: Comunión Católico-Monárquica.

El partido modificó sus estructuras, su lenguaje y cobró importantes adeptos procedentes de la burguesía conservadora, que comenzaron a vislumbrar al posible Carlos VII como la solución más apropiada a sus intereses personales. La labor propagandística fue imponente en estos años con numerosos artículos hablando de las bondades del carlismo en libros, folletos, periódicos...

Si el carlismo consiguió perpetuarse durante tantos años fue por su gran capacidad comunicativa y la lealtad hacia una causa inamovible en décadas. Además, los relatos y las ideas pasaban de padres a hijos, acompañados de símbolos y ritos creadores de una identidad común. Juramentos, canciones, himnos, lugares sagrados como Gernika o Estella, boinas rojas y blancas, banderas de Borgoña, conmemoraciones bélicas...componían esa imaginería propia de la que era difícil sustraerse dependiendo la zona de España en la que se viviese.

Para atraer a los indecisos se reconoció todo lo hecho por el liberalismo en materia económica, limitaciones del poder real por acuerdo de los súbditos, el mantenimiento de los resultados de la desamortización eclesiástica e, incluso, el respeto a los fueros que aún estuviesen vigentes y la recuperación de los perdidos, con lo que el antiguo grito de “Dios Patria y Rey” se completó con el de “Dios, Patria, Rey y Fueros”.

Tanta reforma vio sus frutos en las Cortes constituyentes de 1869 al conseguir más de una veintena de diputados con el canónigo Manterola al frente, firme defensor de prohibir la libertad de cultos. En las elecciones legislativas de 1871 el éxito fue aún mayor en el Congreso y el Senado y nadie sabe qué futuro les deparaba de haber seguido por la vía democrática, porque ese trabajo de años se fue al traste en apenas unas semanas, cuando nuevamente se optó por la vía armada.

El detonante de la nueva insurrección fue la entronización de una dinastía extranjera en España, la de los Saboya, encarnada en Amadeo I. Era 1872. Comenzaba la Segunda Guerra Carlista.

LA SEGUNDA GUERRA CARLISTA
Esta vez el estallido lo protagonizó el propio pretendiente don Carlos, cuando en el Parlamento ordenó a los diputados de Comunión que desalojasen sus palcos al grito de “¡Abajo el extranjero!”, en alusión a Amadeo I. Inmediatamente, nuevas partidas se alzaron en armas en Navarra bajo el mando del general Eustaquio Díaz de Rada, pero su derrota en la localidad de Oroquieta obligó a don Carlos a traspasar la frontera francesa.

Quedaba patente que, en esta ocasión, los carlistas no habían previsto una nueva lucha armada y sólo consiguieron reunir a unos 15.000 combatientes. Aún así, la guerra se extendería con la ayuda del conflicto colonial que ya arrastraba el poder central y las graves revueltas sociales que sufría el país. Poco a poco el ejército carlista fue aumentando y con ello llegaron victorias como las de Eraul, en 1873, que propició el regreso de don Carlos y un auge en el número de seguidores.

Tanto en el Norte como en Cataluña podía hablarse ya de un auténtico ejército que llegó a controlar las provincias vascas y Navarra, a excepción de las grandes ciudades como Bilbao, que nuevamente resistió el sitio impuesto desde diciembre de 1873 hasta mayo de 1874.

Escaramuzas, victorias, derrotas, avances, retrocesos, compusieron la tónica de unos meses en los que no se vislumbró un final claro para ninguna de ambas partes. Y en esta tesitura llegó el pronunciamiento del general Martínez Campos. Bajo su mirada se expulsó de España al monarca Amadeo I, entronizando en su lugar a Alfonso XII el 1 de enero de 1875, a la vez que se formaba un nuevo gobierno presidido por Antonio Cánovas del Castillo.

Ya sólo faltaba lograr la paz para alcanzar la tan anhelada estabilidad. Desde la monarquía se aumentaron los recursos de guerra, con la meta clara de zanjar la contienda en el campo de batalla mediante la victoria y en el plano político atrayendo a las principales figuras del carlismo. Ambos frentes se saldaron con éxito, especialmente el primero. La caída de Seo de Urgel propició el fin de la guerra en todo el área catalán para 1875, quedando únicamente el frente del Norte. Y también éste se hundió, con el último reducto de Estella.

La derrota había sido total y al que pudo haber sido Carlos VII sólo le restó cruzar nuevamente la frontera por Arneguy en febrero de 1876.

Deseoso de una revancha y mientras miraba atrás, sus labios pronunciaron una frase que resumía la perseverancia de la lucha carlista: “¡Volveré!”. Pero nunca más regresó a España y el carlismo fue cayendo paulatinamente en el olvido.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario