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La huelga general de 1919

Jueves 27 de Julio, 2017
La huelga general revolucionaria de agosto de 1917 acentuó la gravísima crisis de la Restauración, se cobró la cabeza política de Eduardo Dato y dejó en el pueblo un sentimiento insoluble de ira. Aquella huelga no se larvó de un día para otro ni su resolución satisfizo a los agentes implicados. Tuvo sus consecuencias. En marzo de 1919, y como corolario de la célebre huelga de La Canadiense, los obreros de Barcelona se levantaron contra el gobierno y pararon las calles.
Paco Ignacio Taibo II

En la noche del 19 de marzo el gobernador reportó al ministro de Gobernación que el conflicto se había terminado y el mismo día 20, informó públicamente que se producía una amnistía para los obreros movilizados militarmente si no habían incurrido en delito, “inhibiéndose la autoridad militar de todos los procesos” al levantarse el estado de guerra.

Durante las 72 horas que la organización había dado al gobierno para resolver el problema de los presos, nuevos conflictos sociales brotaron, de los cuales quizá los más importantes eran la huelga nacional de carteros (en Barcelona el tortuguismo había producido una caída en la distribución del correo al 5% del total) y la preparación del movimiento de los trabajadores textiles que presentaban su pliego de peticiones: reconocimiento sindical, jornada de ocho horas y cuatro el sábado, abolición del destajo, jornal íntegro en caso de accidente de trabajo, no admisión de menores de 14 años, jornada nocturna de siete horas. El manifiesto del Sindicato Único Textil decía: “El momento que pasa es cálido, firme y entusiasta; sabemos a lo que vamos y que en las presentes conclusiones van el corazón y el ideal de la multitud esclava”.

EL VAPOR MANUEL CALVO
Un nuevo factor habría de agriar las relaciones entre el nuevo gobernador Montañés y los sindicalistas de Barcelona, el último capítulo de la deportación de los obreros rusos en el vapor Manuel Calvo. El vergonzoso asunto, determinado por la xenofobia de las autoridades, que veían en cada extranjero un agitador comunista, estaba detrás de la medida.

Las detenciones de estos trabajadores acusados de bolcheviques y anarquistas había sido motivo de denuncia permanente y su encarcelamiento en el vapor y en la Cárcel Modelo provocó varios escritos de la comunidad anarquista, más aún al tenerse la noticia de que serían deportados a Odessa, de la que se decía estaba en poder de los rusos blancos. Cuando a principio de marzo los últimos 80 presos fueron trasladados al vapor, se produjeron escenas de angustia y llanto entre ellos y los presos sociales. El problema no había sido resuelto por el gobernador González Rothvoss y Montañés lo heredó: un vapor con 220 “rusos” presos, de los que sólo dos se confesaban ultrarradicales.

El 6 de marzo el ministro de Gobernación insistía en los siguientes términos a González Rothvoss: “Urge que terminemos pronto este enojoso asunto de la expulsión, hay la necesidad de que Barcelona se vea libre…” y el 14 de marzo, ya con Montañés de gobernador insistía: “ocúpese del asunto del Manuel Calvo, a fin de que termine lo antes posible”. Montañés aprovechó la breve pausa en el conflicto laboral y el 21 de marzo el Manuel Calvo zarpó con su carga de parias rusos y polacos hacia Odessa. Nunca sabremos el destino de los deportados.

A lo largo del viernes 21 y el sábado 22 el comité de la Confederación Regional fue recibiendo información sobre los múltiples choques que se estaban produciendo en las fábricas al reingreso de los obreros: en la Catalana de Gas, por órdenes de Cambó, no se estaba reinstalando a los huelguistas; Foronda ordenaba una represión entre los tranviarios, las empresas de gas insistían en que la reincorporación fuera en escala y parcial y ejercían una selección entre los obreros; también la compañía de electricidad de Mataró impidió la entrada a sus obreros e incluso se produjeron represalias en La Canadiense. Aunque esto no refl ejaba a la totalidad de las empresas, se iba calentando el ambiente.

EL PROBLEMA DE LOS PRESOS
Por otro lado subsistía el enmarañado problema de los presos. Los acuerdos que habían dado fin a la huelga eran ambiguos respecto a en qué casos serían liberados los presos y en cuáles no, y la presión del ala más militante del movimiento en las asambleas del Teatro del Bosque y Las Arenas había puesto el énfasis en la liberación de todos.

Paulino Díez, el dirigente de la Federación Local, hablaba de la “devoción casi religiosa del movimiento por sus presos” y Ángel Pestaña se preguntaba por qué continuaba ese pequeño grupo en la cárcel, al que sin saber por qué ni obedeciendo a qué, no se les quería poner en libertad. Las fuentes informativas no coincidían en el número de detenidos, Pestaña habla de 24, en el diario El Diluvio se hablaba de 23 (16 sindicalistas y siete obreros movilizados), el Comité Nacional y el Regional de la CNT hablaban de 34 casos, el primer ministro Romanones declaraba a la prensa que se trataba de 20 y Buenacasa, mencionaba que tan sólo eran cinco.

Este número no incluía a los presos detenidos por atentados, cuyos juicios en estos momentos aún se estaban celebrando, sino a cinco presos que quedaban en la Modelo con procesos judiciales pendientes, varios de ellos por “delitos de opinión” (entre los que estaba Buenacasa) y a un grupo indeterminado de trabajadores que habiendo sido movilizados militarmente estaban siendo juzgados por rebeldía, insultos, indisciplina, por tribunales militares y permanecían en el Castillo de Montjuich.

El abogado Amadeu Hurtado señalaba que Milans se había negado a liberar los presos dejando sin efecto los compromisos que había contraído el gobernador.  ¿Qué estaba pasando?

Tanto el gobernador Montañés como la dirección sindical estaban interesados en que la huelga general no se produjera; el 23 habían participado en nuevas reuniones conciliatorias, y sin embargo, ninguno era dueño de sus decisiones. Montañés porque no dominaba el aparato del poder, y en él sin duda existían intereses para forzar el enfrentamiento, no el menor de ellos el del capitán general de Cataluña, el Capitán General Joaquín Milans del Bosch, del que se decía era accionista de La Canadiense, y del cual dependía la liberación de los presos sometidos a procesos militares. Mucho menos controlaba Montañés a los patronos, a los que la solución de la huelga de La Canadiense había dejado profundamente insatisfechos.

Los dirigentes sindicales tampoco eran propietarios de sus decisiones, comprometidos con la oferta hecha a los asistentes de la plaza de Toros de las Arenas de ir a la huelga en 72 horas si los presos no salían. El jefe de la policía Doval contaba que en los orígenes de la huelga general estaba el rumor (nunca confirmado) de que dos detenidos habían sido fusilados.

CONTRA SU VOLUNTAD
Ángel Pestaña resume: “Tuvimos que plantear la huelga general contra nuestra voluntad”. Buenacasa criticará a Seguí por haber ofrecido la huelga en el mitin de las Arenas. “Hubiéramos salido en días.” ¿Pero Seguí había tenido alternativa? Así, a las 11 de la mañana del 24 estallaba la huelga general. El industrial Pla y Armengol reseña: “A mi lado un hombre preguntó a un tranviario: ¿Y esto cuando se acaba? El tranviario se limitó a contestar: Nos han engañado: en este país por lo visto se ha de vivir siempre con tiranía. Bajo del tranvía y me encamino al dispensario. A poco de llegar me dicen algunos enfermos: Acabamos de declararnos en huelga. A las 12 ha parado todo. Tenemos orden de permanecer en calma a todo trance; la huelga ha de ser pacífica […] Al salir del dispensario, a poco más de la una de la tarde, el aspecto de Barcelona está cambiado. Ni un tranvía, apenas un carro, un coche, un automóvil.

El Paseo de Gracia, lleno de gente en los paseos laterales, está casi completamente vacío de vehículos. Nadie más que los obreros es capaz en Cataluña de organizar una cosa semejante a esta huelga”. Layret, posteriormente en el Congreso, diría que se hizo: “sin un atentado ni una coacción, gracias a la organización magnífica de la masa obrera”.

La dirección del movimiento se ha reorganizado, aunque sin cambios importantes respecto a que la condujo el final de la huelga de La Canadiense.

Manel Aisa dice que se formó un comité de huelga más radical que en la noche del 23 votó la huelga, ninguna información de la época lo confirma. La dirección del movimiento estaba en manos de la Federación Local, de nuevo ampliada con Evelio Boal del Comité Nacional y Salvador Seguí de la CRT. Todas las noches el comité se reúne con representantes de los sindicatos de Barcelona, Sabadell, Mataró. Una parte de las reuniones vuelven a celebrarse en los depósitos de construcción de la empresa de Miró i Trepat que tenía frente al Hospital Clínico, otras veces el comité se reúne en un camión de la casa Cambios y Mudanzas que simulaba estar haciendo un cambio de piso y que había proporcionado el Sindicato del Transporte. Catorce o 15 delegados estaban ahí adentro discutiendo mientras el camión circulaba por las calles. A las cuatro de la tarde se declaró el estado de guerra y se produjo un impresionante despliegue de fuerzas armadas. Las calles están dominadas por la presencia del ejército y por la aparición del somatén. El doctor Pla en uno de sus recorridos observa: “Desemboco en la Gran Vía y veo por primera vez un grupo de hombres con brazal rojo y fusil al hombro […] Les hago observar la tranquilidad que reina en por todas partes. No se fíe usted de ella”. El somatén ha movilizado unos 8.000 voluntarios procedentes de la burguesía y la clase media barcelonesa.

El abogado y diputado Layret hará meses después una evaluación en el congreso: “La burguesía formó el somatén ciudadano, perfectamente inútil, ya que el proletariado no atentaba contra las personas ni contra las propiedades.

Este somatén tenía un carácter de clase, no se admitió en él a un solo obrero […] La burguesía catalana olvidó incluso su espíritu antimilitarista y se puso a las órdenes de las autoridades militares. Se pusieron a las órdenes de las autoridades militares incluso elementos que días antes eran perseguidos por esas mismas autoridades”. Manel Aisa cuenta cómo el “24 de marzo Barcelona amaneció ocupada por el ejército y por el recién constituido somatén de Barcelona, que será conocido por los barceloneses como la Guardia Blanca, (que) se dedicaba a cachear a los transeúntes y si eran portadores de un carnet de la CNT lo rompían inmediatamente. Estos Guardias Blancos portaban un brazalete rojo en la media manga que a los pocos días se convirtió en amarillo y más tarde en azul y perseguían con saña a los que portaban una bicicleta ya que se tenía la idea que los sindicalistas de la CNT se servían de este medio de transporte para comunicarse entre barrios”. El abogado Guerra del Río en una posterior conferencia en Madrid dirá que “el gobierno colocó de jefe de ellos al Capitán General Milans del Bosch y de cabos a los señores Beltrán i Musitu y Cambó” y habla de un pacto secreto de los patrones de que por cada uno de ello muerto, morirían dos obreros. Frente al edifi cio de la capitanía se colocó un piquete de caballería, fueron montados cañones en la Plaza de España, una compañía de cazadores se acuarteló en las cocheras de los tranvías. En el mercado de San Antonio tomó posición una compañía de infantería y en la Plaza de Cataluña fueron colocados cañones y ametralladoras. Por la ciudad circulaban soldados de caballería, infantería, guardias civiles y marinos. El bando del estado de guerra informaba que las casas deberían ser cerradas a las nueve de la noche. Cafés, restaurantes y bares desde las ocho. Decía que si se interrumpía el alumbrado público los vecinos deberían iluminar las fachadas de sus casas y se extendía la prohibición de circular desde las 11 de la noche. “Serán reos del delito de rebelión militar aquellos a los que se les encuentren armas.” Proseguía una información optimista desde el punto de vista de las autoridades: los payeses se habían comprometido a abastecer los mercados (¿a qué hora se les había consultado a los campesinos?), se mantendrían abiertas las carreteras, se estudiarían medidas para la limpieza pública, hay pescado, no hay lugar para la alarma. Los carteros que quieran trabajar deben mandar su nombre a la Capitanía General y lo harán protegidos.

Hay harina para diez o 12 días y vienen hacia el puerto barcos con trigo argentino (¿en qué momento se habían comunicado con Argentina para pedirle el trigo?). El ministro de Gobernación, en una circular a todos los gobernadores, informaba escuetamente: “Los sindicalistas han declarado hoy sin previo aviso la huelga de todos los oficios y fábricas de Barcelona paralizando la vida de aquella población. Esta tarde se celebrará consejo de ministros”. ■ 

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