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Los internados franquistas

Miércoles 28 de Septiembre, 2016
Los centros de internamiento para menores que se abrieron a partir de los año 40 estaban extendidos por todo el país. Las autoridades intentaron dar una imagen idílica de estos lugares, pero en realidad se trataba de auténticos campos de concentración inspirados en los salvajes internados nazis en donde los castigos, los abusos y las violaciones eran el pan de cada día.

Los que tenemos cierta edad recordamos las imágenes idílicas del NO-DO mostrando a niños felices y sonrientes cuando entraban en las clases o en los patios de los internados. Todo se vistió de excelencia... pero la realidad era muy distinta.

La verdad sobre las bestialidades que sufrieron decenas de miles de niños en estos lugares apenas es conocida por la opinión pública y el director de Historia de Iberia Vieja, Bruno Cardeñosa, la rescata del ostracismo.

Tras la guerra civil se crearon en el Ministerio de Justicia dos organismos: el Consejo Superior de Protección de Menores y el Patronato de Protección de la Mujer. Fueron lo que por entonces se conocieron como la beneficencia. Dicen que por la caridad entra la peste… ¡Y dicen bien! –asegura Cardeñosa en el reportaje que se hace eco del trabajo de dos periodistas, Ricard Belisy, de TV3 y Montse Armengou, que se ha sustanciado en un libro titulado Los internados del miedo (Now Books, 2016) en el que desglosan su investigación. Han hecho periodismo puro, del que interesa tan poco al que manda.

Han recogido testimonios asombrosos, que estaban en silencio y que no esperaban nada, salvo una disculpa oficial que todavía no ha llegado.

UNA RED GIGANTESCA
Es difícil explicar el enorme organigrama que estaba detrás de todos estos centros. Quizá salió sólo o quizá estaba todo medido, atado y bien atado, ya que se tomó como modelo para esta historia a la Alemania de los años de Hitler, porque se creía que su sistema de beneficencia era el adecuado.

Por un lado estaban las sedes de verano de los colegios, a donde iban a parar aquellos niños que, o bien sacaban malas notas o bien no tenían dónde quedarse en las fechas estivales. Por otro lado, estaban los colegios en donde casi vivían toda su vida aquellos pequeños. También eran huérfanos o hijos de madres solteras o separadas, a quienes por ese hecho –eran los tiempos en los que la moral se convirtió en Ley– ya se las consideraba inapropiadas para hacerse cargo de los menores.

También estaban los hospitales para tuberculosos, aunque no eran ni hospitales ni para tuberculosos. Fueron los llamados preventorios, que hoy se encuentran en ruinas como auténticos fantasmas de un pasado que jamás debió existir. Y por último, estaban los psiquiátricos, transformados en aquellas fechas en campos de concentración a donde iban a parar pocos enfermos y sí muchas personas que sólo habían cometido el “error” de estar en el sitio inadecuado y en contra del sistema imperante.

“Se creía que los comunistas tenían una enfermedad contagiosa y que, por tanto, había que separar a los hijos de los rojos de sus padres para evitar que se contagiaran”, recuerdan Armengou y Belis.

Rescataron el discurso de Eulalia Arqué, superiora de la Casa de Caridad de Barcelona, que dijo a sus internos  “¡Estáis en desgracia permanente y por esta razón habrá que coger el látigo para sacar vuestro demonio, que vive en vuestras oscuras almas con morbosa satisfacción! ¡Recordad que habéis llegado abandonados de todo y algunos en condición de maleantes, mendicantes y viciosos!”. La brutalidad atribuida a Carlos Crooke, responsable de información de la Falange, no es una boutade, sino que parecía que querían llevar a cabo este exterminio por una razón concreta: “Estos niños representan la España futura. Queremos que lleguen a decir un día: Sin duda, la España falangista fusiló a nuestros padres, pero lo hizo porque lo merecían”.

DE LA GUERRA A LA TRANSICIÓN
Aquellos niños, incluso ya cuando llegaron los tiempos de la democracia, vivieron vejaciones, malos tratos, abusos… Lo que ocurrió es una barbaridad olvidada e ignorada. Todos miramos para otro lado, pero la verdad está ahí. Por ejemplo, está en el recuerdo de quienes fueron a los hogares Mondet en Barcelona. Las buenas sensaciones que de su paso tienen algunos no es justifi cación para lo que sufrieron otros durante los más de 30 años que estuvieron abiertos estos siete centros, en donde estaban bien separados niños y niñas. La educación de ellos corrió a cargo de los Padres Salesianos, mientras que la de ellas estaba a cargo de las Hijas de la Caridad.

“Muchos de los que pasaron por ahí guardan buen recuerdo y están agradecidos porque recibieron una alimentación y disciplina que sus padres no les podían dar, y aunque aceptan que hubo castigos, los disculpan por la necesidad de mantener la disciplina”, escriben Belis y Armengou. Sin embargo, la verdad es la verdad: “Llama la atención la gran cantidad de testigos que relatan castigos y crueldades escalofriantes”, señalan. Y citan, por ejemplo, el caso de Joan Sisa, cuya madre fue abandonada por su esposo y se tomó la decisión de que, como soltera que era, no estaba capacitada para cuidar de él y sus tres hermanos. ¡Estaban locos! Joan recuerda cómo incluso, si se le escapaba alguna palabra en catalán, le lavaban la boca con jabón.

La violencia que relata es arbitraria. Los “jefes” golpeaban por casi todo. Con la regla zurraban en el culo, daban bofetadas, soltaban collejas…

Para ellos todo estaba permitido. “Pegaban a troche y moche, por todo”, dice. Uno de los castigos más crueles era impedirle ver a su madre. Tenía que portarse bien para poder estar con ella en su siguiente visita, pero los que mandaban se curaban en salud y justificaban su decisión haciendo ver al niño que su madre era mala. Es que era separada…

Todo sobre los internados franquistas en el número 136 de Historia de Iberia Vieja.

 

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