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La Legión Auxiliar Británica en la I guerra carlista

Martes 17 de Enero, 2017
El duque de Wellington calificó como “hez de la tierra” a la British Auxiliary Legion, el contingente militar que los británicos enviaron a nuestro país para combatir a los seguidores del infante Carlos María Isidro de Borbón en la I guerra carlista. Su misión ha pasado casi desapercibida.
Ilustración sobre la Legión Británica, obra de J. W. Giles de 1837

A la muerte de Fernando VII, su viuda María Cristina fue nombrada reina gobernadora o regente, puesto que la reina Isabel II solo tenía tres años de edad. Carlos Isidro –hermano del difunto– se quedó sin reino y se apoyó en los absolutistas para rebelarse. El primero de octubre de 1833 Carlos se proclamó rey, alegando que la Ley Sálica debía ser “perpetua”. Enseguida estallaron los levantamientos carlistas en Vascongadas, Navarra, Aragón, Cataluña y otros lugares. 

Durante los primeros meses de la contienda, sobre todo en la zona del País Vasco, las cosas no pintaron nada bien para los cristinos, como se conocía a los defensores de la causa de la regente, en parte gracias al genio militar de Tomás de Zumalacárregui. Por ese motivo, el general Valdés envió a finales de abril de 1835 al general Córdova a Madrid, con el fin de solicitar ayuda militar extranjera en virtud del Tratado de la Cuádruple Alianza. Tal era la desesperación de la tropa cristina destinada en tierras vascas, que el Duque de Ahumada, ministro de la guerra por aquel entonces, recibió una carta del propio general Valdés pidiéndole dicha ayuda argumentando que “era tal el temor, pánico y desaliento de las tropas, que todo se podía temer de ellas, sin exceptuar la infidelidad”.

EL NACIMIENTO DE LA LEGIÓN
Portugal estaba también inmersa en su propia guerra civil, por lo que, lógicamente, poca ayuda podía prestar a sus vecinos. Francia envió efectivos, pero tampoco estaba muy por la labor de prestar socorro a la regente, e incluso historiadores como López-Cordón afirmarían que la ayuda francesa constituyó “casi la más eficaz ayuda al bando legitimista”, es decir, a los carlistas.

Quedaba por tanto el Reino Unido como tabla de salvación para los cristinos, y hacia allí se dirigieron las peticiones de ayuda, tramitadas por el general Miguel Ricardo de Álava, embajador español en Londres. Pero aquella vía tampoco iba a resultar fácil de llevar a buen término, ya que, si bien el tratado era beneficioso para los intereses británicos, la causa carlista contaba con numerosos partidarios en Gran Bretaña.

Todo el partido Tory, en el que militaba Wellington, estaba del lado del infante Carlos. Por ese motivo, el primer ministro británico, Lord Palmerston, tuvo que buscar una solución que fuese aceptada tanto por sus detractores como por sus aliados españoles.

La jugada consistió en la declaración ofi cial de la no intervención británica, permitiendo, al tiempo, la opción de organizar un cuerpo de voluntarios que acudiesen a defender el futuro trono de Isabel II. El alistamiento voluntario estaba prohibido por las leyes británicas pero, a pesar de ello, quedaba la posibilidad de que el rey inglés Guillermo IV diera su consentimiento expreso, lo que ocurrió el 10 de junio de 1835, al hacer público el deseo de “Su Majestad de que sus súbditos tomasen parte de la empresa”. Se sentaban así las bases para no solo crear la Legión Auxiliar Británica, sino para proporcionar ayuda armamentística e incluso económica a la causa cristina.

LA BRITISH AUXILIARY LEGION
El Boletín de Álava del 27 de junio de 1835 publicaba la traducción de la orden por la que autorizaba a los súbditos británicos a “entrar en el servicio de mar y tierra de S.M. Isabel II Reina de España, sea como oficiales con despacho o sin él, o como soldados rasos, marineros o marinos, y a servir a dicha Majestad en cualquier empresa sea militar o de otra clase”. Rápidamente se constató la gran cantidad de personas dispuestas a enrolarse en esta legión por el periodo estipulado –dos años de servicio excepto dos regimientos escoceses, que lo harían por uno–. La difícil situación económica que se vivía en Gran Bretaña propició que el número de reclutas aumentase en poco tiempo, llegando a sobrepasar la cifra de 8.000 hombres.

Ese motivo, así como la escasa –o nula– experiencia militar que se requería para su ingreso, hizo que la Legión Británica se fuera nutriendo de gente desempleada que encontraba aquí una solución transitoria a sus problemas económicos. El Annual Register afi rmaba que los destacamentos estaban formados por haraganes de Londres, Manchester y Glasgow, e incluso citaba una anécdota protagonizada por el brigadier Shaw, quien recibió una carta de un banquero felicitándole por dejar limpia de truhanes a Escocia. Los periódicos liberales, por el contrario, alababan las virtudes y la heroicidad del cuerpo que se estaba forjando y que pronto combatiría a los carlistas… Exageradas o no estas descripciones, la Legión Auxiliar Británica fue, ciertamente, un cuerpo de mercenarios cuya tropa acudía al combate simplemente por el interés económico. Tanto es así, que junto a la soldadesca reclutada en Irlanda, se formó un grupo paralelo con las familias de estos, unos 250 niños y 500 mujeres, que les acompañarían hasta España.

LA LLEGADA A ESPAÑA
El encargado de comandar a la Legión, teniente general Evans, tuvo problemas para reunir una cantidad sufi ciente de ofi ciales de primer orden, ya que los estos evitaban enrolarse debido a que, como el mismo Evans dejó escrito en sus memorias, “…pocos días después de aprobarse la ley corrió la voz de que algunos jefes militares se mostraban decididamente contrarios a la medida. Aquello produjo el efecto inmediato de disuadir a numerosos ofi ciales a alistarse en el Cuerpo”.

Por ese motivo, se dotó a la Legión de una ofi cialidad carente de experiencia militar, lo que suponía un enorme riesgo para el éxito del contingente. A pesar de estas vicisitudes, Evans vio por fi n cómo la Legión Auxiliar Británica quedaba conformada por dos regimientos de Lanceros, uno inglés y el otro irlandés, un regimiento reforzado de Rifl es, dos regimientos escoceses de Infantería, otros tres irlandeses, cinco ingleses y un cuerpo de artillería, así como otros de Sanidad Militar e Intendencia. Además, una pequeña fl otilla al mando de Lord Hay reforzaría las acciones terrestres.

Lee el reportaje completo de Carlos Montero Rocher en el nº139 de Historia de Iberia Vieja, de enero de 2017

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