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Operación Reconquista

Miércoles 08 de Noviembre, 2017
En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, un pequeño ejército compuesto por veteranos de la Guerra Civil participó en un insólito plan para derrocar el franquismo. Aquella arriesgada aventura terminó en fracaso y se silenció durante décadas, pero ha sido rescatada del olvido en los últimos años.
Javier García Blanco

El calendario anuncia que es 19 de octubre de 1944, y falta poco para que las primeras nieves y el frío del invierno lleguen al Valle de Arán. Los guerrilleros están atacando la villa de Les. No es un pequeño grupo del maquis, y tampoco están ejecutando un simple ataque sorpresa para sembrar el desconcierto entre la Guardia Civil y la Policía. Los vecinos no tardan en ver aparecer un numeroso grupo de hombres, bien armados con fusiles automáticos y explosivos, y de apariencia fuerte y saludable, que se despliegan sin problemas por las calles del pueblo. Nada que ver con el aspecto desaliñado y enfermizo de los maquis a los que están acostumbrados, provistos de armas anticuadas y debilitados por la vida clandestina en la alta montaña.

Los vecinos de Les todavía no lo saben, pero aquellos guerrilleros son sólo la punta de lanza de una fuerza armada de unos 4.000 hombres, cuyo objetivo parece descabellado: invadir el Valle de Arán para instaurar en  él un Gobierno provisional de la República, hasta ahora en el exilio francés. Después, derrocar el régimen de Franco y devolver  la democracia a todo el territorio español.

Acaba de empezar la Operación Reconquista de España, la acción armada más importante que tuvo lugar en nuestro país después de acabada la Guerra Civil.

OBJETIVO: DERROCAR A FRANCO
Durante décadas, lo sucedido en aquellos días de octubre en el Valle de Arán permaneció bajo un manto de silencio. Un silencio doble, pues no sólo se intentó su ocultación por parte del régimen franquista, que no deseaba que se conociera aquel desafío armado que tuvo lugar en un momento en el que los aliados avanzaban sin freno hacia la victoria de la Segunda Guerra Mundial, sino también por parte del Partido Comunista, deseoso de esconder un fracaso tan sonado para las filas republicanas.

Aquel año de 1944 el desarrollo de la gran guerra había alimentado un gran optimismo entre los exiliados españoles en Francia. El 6 de junio había tenido lugar el Desembarco de Normandía. En agosto, las tropas aliadas de la 2ª División del general Leclerc habían liberado París, en gran medida gracias a la experiencia y la valentía de soldados republicanos españoles empotrados en aquel ejército  en una división bautizada como La Nueve. Paralelamente, en el sur de Francia la resistencia –en cuyas filas se habían integrado también numerosos veteranos españoles de la Guerra Civil, unos 9.000 hombres reunidos en lo que se dio en llamar la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE)– habían hostigado con éxito a las tropas de la Wehrmacht, primero en operaciones clandestinas de guerrilla, y más tarde en enfrentamientos abiertos, hasta conseguir la retirada de los alemanes.

Ante tantas y tan importantes victorias, los republicanos españoles activos en la lucha contra el nazismo y los dirigentes del PCE en el exilio tenían motivos más que suficientes para la esperanza, y tanto unos como otros consideraban la derrota de Alemania como el comienzo del fin para la España fascista.

Los españoles creían que, tras la derrota de Hitler, era probable que los aliados se decidieran a invadir España y derrocar el régimen de Franco.

Pero para que eso sucediera, antes había que conseguir algunos objetivos. El más importante consistía en conseguir la instauración de un gobierno provisional en algún punto del territorio español, lo que obligaría a las potencias aliadas a escuchar las reivindicaciones de los republicanos españoles –ignorados durante la Guerra Civil–, quienes habían derramado sangre, sudor y lágrimas para derrotar a Hitler.

Con tales antecedentes, no es de extrañar que algunas figuras destacadas del Partido Comunista de España en el exilio llevaran meses dándole vueltas a la mejor forma de aprovechar la situación en los campos de batalla europeos. Desde marzo de aquel año –antes incluso de los éxitos decisivos del Desembarco y la liberación de París–, Jesús Monzón, hombre fuerte del PCE en territorio francés y líder de los republicanos unidos a la resistencia francesa, junto con su más estrecho colaborador, Gabriel León Trilla, habían comenzado desarrollar un plan para acabar con el régimen de Franco.

En agosto, escribieron al comité central del partido, establecido en Toulouse, y expusieron todos los puntos de un ambicioso plan que, en aquellas fechas, se encontraba ya muy avanzado. La idea era muy sencilla en su planteamiento, aunque compleja en su ejecución: un pequeño ejército compuesto por varios miles de guerrilleros debía invadir algún punto de suelo español cercano a la frontera francesa donde, después de asegurar el territorio, se establecería el presidente Negrín. La operación inflamaría los ánimos de los ciudadanos, que se levantarían en armas contra los franquistas. Dicha situación obligaría a los aliados a intervenir, dando lugar a una operación de mayor envergadura que acabaría con la ocupación definitiva de España y la liberación del yugo fascista…

Lee el reportaje completo en el nº149 de Historia de Iberia Vieja

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