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La visita de Himmler a España

Sábado 06 de Mayo, 2017
En 1940 el segundo hombre más fuerte de la Alemania nazi, Heinrich Himmler, realizaba un insólito viaje a nuestro país rodeado de gran boato y no pocas sombras. Os presentamos este olvidado episodio de nuestra historia. Por ÓSCAR HERRADÓN

Uno de los episodios más olvidados de nuestra historia y rodeados de un halo de secretismo en torno a la figura de Himmler y su Orden Negra, enmarcados en su obsesión por la pureza de la raza aria y en parte por los oscuros objetivos marcados por su particular instituto de investigación, la Ahnenerbe –aparte de los claramente políticos–, fue el viaje oficial que realizó a la España recién entrada en la Posguerra del general Franco, el 19 de octubre de 1940.

El diario ABC, en su edición andaluza del domingo 20 de octubre de 1940, se refería a la visita del Reichsführer con palabras de exacerbado elogio, una auténtico ensalzamiento del líder nazi en el marco de las buenas relaciones que todavía unían a ambos países: “España, con el aliento y el tono que la juventud ha impuesto en la vida nacional, recibió ayer al eficaz colaborador del Führer, portaestandarte de la revolución nacionalsocialista: Heinrich Himmler. Hoy lo recibirá Madrid con la efusión que se debe a quien nos llega investido de alta jerarquía y es calificado representante de la gran Alemania (…)”.

Cual nuevo Cid campeador “ario”, el periódico enumeraba las muchas “virtudes” de Himmler en el seno del Reich milenario, y tras realizar un breve semblante político, añadía: “Estos breves apuntes biográficos revelan la clara trayectoria de un hombre cuya vida se consagró a la grandeza de la Patria, eligiendo el rígido cauce del partido político al que se debe la epopeya del Imperio alemán renacido. Sea bienvenido el colaborador del Führer, el amigo de España. Que su estancia le sea grata en este hidalgo país que hoy levanta en su honor las banderas de antiguas y recientes glorias con ademán fraterno hacia la gran Alemania nacionalsocialista”.

DOBLES INTENCIONES
Aquel viaje se desarrolló en el marco de las buenas relaciones que mantenía entonces la Alemania nazi con un amplio segmento del Gobierno franquista –principalmente la Falange y el Ministerio de Exteriores, a través de Ramón Serrano Súñer, el “Cuñadísimo”–, en vistas de allanar el camino para el encuentro que tendría lugar pocos días después en Hendaya entre Adolf Hitler y su homólogo español, Francisco Franco, con la intención de que España entrara en la guerra del lado de las potencias del Eje. El régimen franquista sabía de sobra que a esas alturas el Reichsführer era uno de los personajes más importantes de Alemania tras Hitler, y la visita era un importante acicate para la política del país.

Aunque en un principio el líder de la Orden Negra vino a la Península, como digo, a preparar el terreno para la próxima reunión en Hendaya y para cerrar una estrecha colaboración entre la Gestapo alemana y la Dirección General de Seguridad española (DGS), lo cierto es que el líder nazi parece que albergaba también una intencionalidad secreta, vinculada a su instituto de investigación y a su pasión exacerbada por la arqueología. Varias paradas en España, entre ellas al parecer en Castiltierra (Segovia) y en la abadía de Montserrat (Barcelona), parecían responder a un interés más místico que político, aunque no debemos olvidar que ambas vertientes, en el “mago negro” del Tercer Reich, iban indisolublemente ligadas. Quien formalizaría la invitación al Reichsführer sería José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, entonces director general de la Seguridad del Estado. Sin embargo, sería Ramón Serrano Súñer uno de los mayores beneficiados con aquella visita, nombrado apenas unos días antes de la llegada de la comitiva nacionalsocialista Ministro de Asuntos Exteriores –hasta entonces había sido Ministro de la Gobernación-, uno de los españoles más entusiastas con el régimen totalitario alemán.

En noviembre de 1939, y como gesto de la colaboración mutua entre el Gobierno franquista y el alemán, Himmler había sido condecorado con la Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas en reconocimiento a su lucha “contra los enemigos de España” durante la Guerra Civil.

Su viaje a nuestro país, apenas un año después, era por tanto más que esperado por las autoridades franquistas. Pocos días antes de su llegada, el director general de Prensa, Enrique Giménez-Arnau, dio una serie de consignas a periódicos como ABC, Arriba o Ya para que brindasen en sus páginas una calurosa acogida a tan ilustre y siniestro personaje.

El que por entonces ya era el más temible de los hombres del Führer cruzó la frontera con Irún y llegó en tren a Hendaya a las 9.05 de la mañana de un lluvioso 19 de octubre de 1940. Fue recibido con los más altos honores por el director general de Seguridad, José Finat, varios de sus colaboradores y altas personalidades políticas de Guipúzcoa; también se encontraban allí el embajador alemán Eberhard Von Stohrer, el jefe del NSDAP en España, Hans Thomsen y varios funcionarios de la embajada, que habían viajado desde Madrid, entre ellos Paul Winzer, agente de la Gestapo. Himmler, por su parte, acudió acompañado del jefe de su Estado Mayor, Karl Wolff, con su médico personal, el Dr. Gebhardt; Gunther D’ Alquen, director del SS Schwarze Korps, el periódico oficial de la Orden Negra y otros miembros de su escolta personal.

Las fuerzas de ocupación alemanas presentaron armas al Reichsführer y acto seguido éste, visiblemente satisfecho con el recibimiento, pasaba revista a una compañía española. Después, la espectacular comitiva se dirigió en un convoy de lujosos automóviles Horsch a la Diputación Provincial de San Sebastián, donde la centuria local de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, junto a las autoridades antes citadas, rindieron honores a la comitiva nazi.

Después viajaron a Alsasua, adonde les acompañó el jefe de la Policía Armada, el general Sagardía, y tras un almuerzo, el líder nazi quiso visitar Burgos, capital del Gobierno franquista durante la Guerra Civil. Allí el Reichsführer, aclamado en el Paseo del Espolón por una multitud de españoles que le recibieron con el brazo en alto, visitó la catedral, rindió homenaje ante la Cruz de los Caídos y fue recibido por el prior de la ciudad en la cartuja.

EN LA ESTACIÓN DEL NORTE
Tras una cena que ofreció Finat en el Palacio de la Isla, residencia de Franco durante la contienda, Himmler y sus hombres tomaron un tren a las 11.00 de la noche rumbo a Madrid. El convoy llegó la mañana del 20 de octubre a la céntrica Estación del Norte en Madrid en una estampa insólita. Nunca antes y nunca después los madrileños volverían a presenciar la llegada, en medio de un gran boato, de una comitiva tan siniestra, cuando los guardias negros encabezados por su Gran Maestre descendían del tren ante una multitud que entonaba vítores en un escenario digno de película: el andén de la estación madrileña estaba cubierto por una enorme alfombra y el recinto decorado con tapices, banderas y estandartes del Estado español y del Estado nacionalsocialista, esvástica, claro, incluidas.

Nada más detenerse el convoy, un batallón del regimiento número 2 rindió honores y tocó música para el Reichsführer, quien pasó revista a las tropas con la solemnidad requerida por el momento.

El número de personalidades que le esperaban en la capital era el más selecto de la España de Franco –a excepción del Caudillo–, entre ellas Súñer, Pedro Gamero del Castillo, vicesecretario de la Junta Política; Alberto Alcocer, alcalde de Madrid; Eduardo Sáenz de Buruaga, gobernador militar, y otros tantos dignatarios del Gobierno español. Serrano Súñer, pletórico, acompañó a Himmler hasta un imponente Mercedes negro que esperaba en el exterior de la estación, en medio de numerosos fotógrafos de prensa, y la comitiva puso rumbo al hotel más emblemático de la capital, el Ritz, donde se alojaría el más temido de los mandatarios nazis entre fuertes medidas de seguridad.

Allí le esperaba un nuevo desfile militar, esta vez realizado por la Legión José Antonio. A las once, Himmler se trasladó junto a Stohrer, Mayalde y Sagardía, además de los miembros de su escolta, al Ministerio de Asuntos Exteriores, en el Palacio de Santa Cruz, donde les aguardaba Eduardo de Rojas Ordóñez, conde de Montarco y secretario político de Serrano Súñer, y el primer introductor de embajadores, barón de las Torres –intérprete también tres días después en Hendaya–, donde se celebró una reunión a puerta cerrada entre el Reichsführer y Súñer que duró unos cuarenta minutos y cuyo contenido no trascendió a la opinión pública.

El hecho de que España permitiera el paso de tropas para atacar Gibraltar, que era lo que pretendían los nazis, era un asunto sumamente delicado que finalmente no fructificaría, pero parece ser que Súñer se mostró conforme ante la propuesta de Himmler de crear un servicio de información conjunto entre ambos países que actuara en América Latina.

Eran las doce del mediodía cuando Francisco Franco recibía en audiencia a Himmler en su Palacio de El Pardo. La reunión a puerta cerrada se prolongó a lo largo de una hora y tampoco existen registros escritos sobre los temas que se trataron en ella. A la audiencia con el Caudillo siguió un almuerzo en la residencia del embajador alemán, a la que ya no acudió Franco, y después tuvo lugar uno de los episodios más insólitos de aquel viaje: se celebró en honor de los alemanes una corrida de toros en la plaza de las Ventas. Más tarde, Himmler presenció un nuevo desfile militar de las milicias de Falange y de la Policía Armada desde el balcón de la Dirección General de Seguridad –hoy sede de la Comunidad de Madrid–, en la céntrica Puerta del Sol, en la que se arremolinaba una muchedumbre que profería vítores a la siniestra comitiva extranjera; a este acto siguió una cena de gala en el Palacio de la Junta Política –hoy Palacio del Senado–, entre cuyos asistentes se hallaban, entre otros importantes personajes de la España franquista, Pilar y Miguel Primo de Rivera.

LA GUARDIA NEGRA EN EL ESCORIAL
La mañana de 21 de octubre comenzaba el periplo cultural de Himmler. Acompañado por Mayalde, Gamero del Castillo y Stohrer, visitó el monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial, uno de los monumentos más emblemáticos del país. Pasadas las diez de la mañana, un grupo de policías motorizados escoltó a la comitiva hasta la explanada de la Lonja del Monasterio erigido por Felipe II, donde una banda de música de la Falange, entonó los himnos alemán y español. Dentro de la Basílica, el Reichsführer depositó una corona de flores ante la tumba del líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, como solía hacer cada año en la catedral de Quedlinburg en recuerdo de su amado Enrique I, creador del Reich alemán. Años más tarde el cuerpo del falangista sería trasladado hasta el Valle de los Caídos, reposando hasta el día de hoy al lado de los restos del Caudillo. Falange era el movimiento político y militar español más similar al nacionalsocialismo e incluso a las SS, y aquello, por supuesto, no se le había pasado por alto a Himmler. Después vendría una visita por el interior del edificio durante la cual el germanófilo Julio Martínez Santaolalla, comisario general de Excavaciones Arqueológicas, haría de cicerone de Himmler: visitaron el inquietante Panteón de los Reyes, la biblioteca filipina, que alberga aún hoy cientos de volúmenes de ocultismo; también visitaron el Patio de los Reyes, el Jardín de los Frailes, el Patio de los Evangelistas y el Altar Mayor.

A las once de la mañana la comitiva se desplazó hasta Toledo. Regresaron a Madrid a las cinco y media de la tarde, donde Himmler se reunió con representantes de la colonia alemana en la capital, en la Casa de Alemania; el Reichsführer depositó una vez más una corona de flores, esta vez en memoria de los ocho alemanes muertos durante la Guerra Civil –aquellos que se enfrentaron a la República, claro–, según rezan las crónicas. El embajador Von Stohrer ofreció a su señor una cena de gala en el Hotel Ritz.

Este reportaje es un extracto del libro de Óscar Herradón , La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich (Edaf, 2011).

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