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La Batalla de Cerisoles, choque de titanes

Lunes 21 de Noviembre, 2016
Desde que el rey francés Carlos VIII iniciara la conquista del reino de Nápoles en 1494, las miras de los Valois siempre se encaminaron a asentarse con fuerza en aquellos territorios. Ese objetivo estratégico chocó, desde un principio, con los intereses de la Corona de Aragón y, como resultado de la unión dinástica con los Reyes Católicos, de la propia Castilla. Las llamadas Guerras Italianas enfrentarían durante décadas a Francia y a la naciente Monarquía Hispánica, que pugnarían por la supremacía en Europa desde ese fraccionado mosaico político.
Por: Enrique F. Sicilia Cardona

Las primeras campañas pusieron de manifiesto que el ejército expedicionario español, fogueado en la Guerra de Granada, era una fuerza a tener muy en cuenta, sobre todo dirigido por la figura del Gran Capitán, tal y como se comprobó en las batallas de Ceriñola y Garellano.

El posterior Tratado de Lyon de 1504 sentó las bases de la supremacía española en el sur de Italia. Por esa razón, en los años siguientes, las operaciones y alianzas de ambos rivales se desarrollaron al norte del actual país transalpino.

La escalada fue alimentada con la llegada al trono francés del ambicioso Francisco I (1515-1547), el cual se convertiría en el más tenaz enemigo del emperador Carlos V (1519-1556) que, por diferentes herencias obtenidas, era también rey de España y soberano de los Países Bajos. En esos momentos, la situación de los diferentes territorios bajo su control, asfixiaba las ansias de expansión de Francia. A raíz de la famosa batalla de Pavía, donde Francisco I fue derrotado y cogido prisionero, parecía que la pugna entre ambos personajes estaba decidida pero, tras la firma del Tratado de Madrid en 1526 y la posterior liberación de Francisco, la situación internacional estaba lejos de arreglarse. Este rey siguió con sus aspiraciones en Italia –Milanesado– y para ello se alió, en un ejercicio de pragmatismo político, con el gran enemigo de la cristiandad: el imperio otomano.

En el primer envite ocurrido entre 1536 a 1538, la armada turca de Barbarroja colaboró con los franceses en algunas acciones pero, al final, se firmó una nueva tregua en Niza que todos sabían sería papel mojado a la primera oportunidad.

No tardó mucho tiempo en suceder la nueva ruptura de hostilidades. Francisco, alentado por el fracaso de la expedición de Carlos V contra Argel, preparó una gran ofensiva para 1542 con cinco ejércitos preparados para atacar diferentes regiones de sus enemigos hispano-imperiales. Uno de esos ejércitos, el dirigido contra Perpignan por el Delfín de Francia (el futuro Enrique II), sufrió una gran derrota al no poder conquistar la plaza tras un penoso asedio. Al año siguiente hicieron de nuevo su aparición las temidas galeras otomanas en el Mediterráneo occidental, aunque Bazán el Viejo conseguía un resonante triunfo en un combate naval frente a los franceses en la ría de Muros. En tierra la situación estaba más equilibrada y los antiguos rivales esperaban vencer rotundamente cuando se presentara la ocasión idónea.

OPERACIONES EN EL PIAMONTE
A finales de 1543, los franceses seguían sin obtener ventaja alguna en la guerra emprendida. Su intento de tomar Niza con la ayuda otomana se había quedado en un saqueo de la ciudad y una retirada posterior, ante la llegada del ejército hispano-imperial de socorro del marqués del Vasto. Este versado oficial aprovechó su iniciativa para poner bajo asedio la localidad de Mondovi con 12.000 hombres –3.000 alemanes, 7.000 italianos y 2.000 españoles– el 15 de septiembre. Estaba defendida por una guarnición francesa al mando de Charles de Dros que aguantó lo suficiente para que llegara un socorro que nunca apareció. El 3 de noviembre entregó Mondovi a los imperiales.

El objetivo de toda la campaña era obtener Turín, en poder francés desde 1538, y hacia allí se dirigió el ejército hispano-imperial.

Dejaron a un lado Savigliano y cruzaron el río Po por Lombriasco para conquistar Carignano, que estaba a escasos 20 km de la capital piamontesa. Viendo la importancia de dicha posición, del Vasto ordenó fortificarla y dejar hasta 4.000 hombres dentro. A Francisco I, una vez retornado del teatro de Flandes, le llegaron las noticias de estas pérdidas y decide con prontitud fortalecer el Piamonte con unos 9.000 infantes más y 300 hombres de armas. Su intención era descargar un duro golpe a sus enemigos en esa región. Con esas tropas llegaría a finales de diciembre el nuevo jefe francés, el conde de Enghien.

Su presencia pronto se hizo notar, y los franceses tomaron una serie de villas –Crescentino, Palazzolo– en la ribera izquierda del Po sin mucha oposición.

Enghien, alentado por este buen comienzo, no se contentó e inició el asedio de Carignano, que estaba defendida por Pirro Colonna, un experimentado oficial. Para establecerse en la vital ribera derecha ordenó construir antes un puente de barcas y cuando estuvo terminado, hablamos de inicios de febrero de 1544, cruzó con él hacia la villa de Villastellone para proceder al sitio. Un mes después recibe avisos del esperado socorro imperial, vía Carmagnola y, en consecuencia, extiende sus líneas para impedir ese refuerzo y conquistan esta población para dejar sin posibilidad de ayuda a Colonna. 

Los franceses no se iban a dejar sorprender y Enghien ordenó que varias patrullas de caballería estuvieran atentas a cualquier aproximación enemiga. En consecuencia se desplegaron haciendo un arco entre Villastellone, Sommariva y Racconigi.

Por su parte y a principios del mes de abril, Del Vasto continuaba su lenta aproximación con bastantes dificultades debido a la pertinaz lluvia que regaba esa región.

Hubo un momento de ese 13 de abril en que ambas vanguardias chocaron en una escaramuza, aunque sin consecuencias finales. Verificada la retirada de ambos enemigos a sus respectivos campamentos, todos sabían que ahora sí, la batalla era inminente.

LA BATALLA
A las tres de la mañana, Enghien y sus tropas despertaron e iniciaron su aproximación divididos en vanguardia, batalla y retaguardia, como era común en la época. Era el lunes de Pascua, 14 de abril. En su avance se encontró con el ejército hispano-imperial ya desplegado sobre una pequeña zona elevada a la salida de Cerisoles, entre el río Ricciardo, al sur y un pequeño arroyo al norte y cercano a Pautasso que guardaban sus flancos. Su línea de batalla tendría unos 1.300 metros de longitud con Baglioni y la infantería italiana del príncipe Salerno a la derecha, según el punto de vista francés; el centro estaba ocupado por dos grandes cuadros de lansquenetes dirigidos, respectivamente, por Madruzzo y el barón de Leitier, más la caballería pesada de Gonzaga con la guardia de del Vasto cercana; a la izquierda contemplaban a la infantería hispano-alemana de Cardona y el barón de Seisneck con la caballería napolitana dirigida por Sulmona. Los franceses procedieron a imitar ese despliegue, aunque estiraron unas decenas de metros más su línea. Los números en liza de ambos son controvertidos y es muy difícil estimar esa realidad hoy en día. Está comúnmente aceptado que los franceses tendrían ese día más caballería y artillería que su rival (20 piezas francesas por 16 a 18 hispano-imperiales), aunque serían inferiores en infantería. Los totales de cada rival rondarían entre los 12.000 a 18.000 hombres reunidos, con los hispano-imperiales en mayoría. La colocación en el mapa táctico nos ofrece algunas pistas interesantes. Del Vasto fue más uniforme en sus tres sectores, mientas que Enghien concentró más fuerzas en ambos fl ancos. Ninguno de los dos contaba con reservas y todas las tropas formaban aparentemente en una única línea, aunque los franceses dejaron alguna de sus fuerzas de infantería escalonadas.

El combate fue iniciado por los arcabuceros de ambos ejércitos alrededor de las 12:00 de la mañana y este fuego en escaramuza continuó por espacio de cuatro horas.

En uno y otro lado participó un esporádico fuego de cañón y arcabuceros a caballo sin dar excesiva ventaja a ninguno de los dos. Al finalizar este combate a distancia, el ejército de del vasto comenzó a moverse, siendo imitado por los franceses. El primer choque real fue protagonizado por las caballerías ligeras ubicadas en los extremos de ambos flancos y tuvo como vencedores a los más numerosos franceses, pues la fuerza de Thermes (el mismo que llegaría luego a mariscal y sería derrotado en Gravelinas), aún cayendo prisionero en la acción tras ser alcanzado su montura, destrozó a Baglioni, mientras que Dampierre, con más difi cultad, también terminó por dispersar a Sulmona más tarde. Este doble triunfo a caballo se revelaría capital, como pronto veremos.

A la vez que sucedían esos combates, el centro derecha hispano-imperial seguía avanzando y tomó contacto con sus enemigos. Los lansquenetes percutían en sus dos grandes cuadros a los suizos de Frölich y a los franceses de Taix, similar a lo que Cardona y Seisneck hacían contra Dros y Gruyéres. Ninguno de los dos enemigos quería ceder en este descomunal combate de empuje, armaduras, picas y fuego; miles de soldados de diferentes lenguas en macizas formaciones donde se combinaban las armas blancas con las portátiles, con arcabuceros en los costados y en la propia masa de infantería, lo cual fue una sangrienta novedad, y luchando todos dentro de un brutal choque frontal. De esos dos combates principales, los franceses tomaron ventaja frente a los lansquenetes, en parte gracias al refuerzo de la caballería pesada de Boutières, mientras sufrían la destreza hispanoalemana por la otra parte. Enghien, viendo que reculaban Dros y Gruyéres, se anticipó al peligro de ver rota su línea y cargó a las tropas de Cardona por su lado izquierdo, desatendiendo el centro. A continuación, Dampierre, regresando de la persecución ante Sulmona, lo hizo por el lado derecho y entre ambas fuerzas de caballería pudieron detener a la victoriosa infantería hispano-imperial. Del Vasto pudo tener ahora su oportunidad, pero con sus fl ancos abiertos por la huida de su caballería ligera, no estaba coordinando a sus restantes fuerzas quizás porque él mismo había sido herido por un arcabuzazo y su borgoñota estaba abollada por golpes del enemigo; además, la maniobra de la caballería de Gonzaga no funcionó y dejó sin órdenes precisas de avanzar a la infantería de Salerno, la cual no se había movido de su sitio en toda la batalla hostigada por la caballería enemiga de Thermes (algunos cronistas comentan que solo podía hacerlo por orden directa de del Vasto). Fue un error capital, pues sin esa ayuda numérica, los lansquenetes fueron finalmente masacrados y el contraataque de Enghien para estabilizar la situación más al norte tampoco pudo ser molestado. Con el fl anco izquierdo y el centro hispanoimperial en claro retroceso, Cardona se quedó solo resistiendo, en una situación curiosamente comparable a la sucedida décadas atrás en la batalla de Ravena de 1512 con las fuerzas españolas de Ramón Folch de Cardona (muerto en 1522), en otra de las pocas derrotas hispano-imperiales de esta época. Al fi nal y tras resistir algunas cargas enemigas, la llegada de más infantería francesa desde el centro hizo que muchos hispano-alemanes se rindieran, entre ellos el propio Cardona (que fue luego intercambiado por Thermes). Más suerte tuvo su compañero Seisneck, el cual huyó a caballo, junto a algunos de sus hombres. Los restos del ejército hispano-imperial se retiraron hacia Asti. Enghien se contentó con proseguir el sitio de Carignano y desistir de la idea de conquistar Milán por falta de hombres.

Lee el artículo completo en Historia de Iberia Vieja nº137 de noviembre de 2016

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