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Las islas de los Templarios

Viernes 08 de Diciembre, 2017
La Orden del Temple desarrolló un crucial papel en el archipiélago balear, tanto en Mallorca como en Menorca. Hoy podemos comprender mejor ese legado.

LOS TEMPLARIOS

Al igual que sucedió en las más importantes conquistas cristianas de las ciudades hispano-musulmanas, con los ejércitos de Jaime I iban las órdenes militares de su tiempo, y la del Temple no fue una excepción. La ciudad hispano-musulmana de Palma, como hemos dicho antes, cayó después de tres largos y sangrientos meses de asedio cristiano, durante los cuales se protagonizaron, por ambas partes contendientes, escenas que superan los límites de lo humano, como la colocación por parte de los almohades en los muros exteriores de la alcazaba, los prisioneros  vivos cristianos, para recibir en sus cuerpos los impactos de las catapultas lanzadas desde las maquinarias de asalto; o bien el lanzamiento al interior de la ciudadela de las cabezas de los prisioneros musulmanes degollados, para intimidar y causar pánico a los defensores…; esta conquista, que tuvo lugar en 1229, de la que poco se han ocupado los historiadores medievales, merecería un estudio especial; en aquel tiempo, da la casualidad, estaba como máximo dignatario del Temple, un gran maestre provincial: Guillem Cadell (1229-1232).

Palma, conocida tras la conquista cristiana como la Ciutat, era la ciudad por excelencia, la capital administrativa y comercial de la mayor isla del archipiélago.

Con el reparto del territorio, los templarios recibieron la quinta parte de Mallorca y fijaron en la Ciutat su sede oficial, concretamente en el Castell dels Templers baluarte que se hallaba anexo a la muralla –aún se conoce en nuestros días esta zona urbana como Partita Templi–.

Lo curioso es que en este barrio también se encuentre el convento de los Franciscanos, en cuyo interior reposan los restos de Ramon Llull (1235-1315), llamado con justicia el Doctor Iluminado, el mallorquín más universal, a quien se debe el descubrimiento de la piedra filosofal, autor de la obra Ars Magna, unos estudios herméticos que llegaron a causarle serios problemas con la Iglesia. Después de realizar el peregrinaje a Santiago y a la villa de Rocamadour (Francia), Ramon Llull, en 1305, decidió ir a Tierra Santa, pero, en plena travesía, fue víctima de un envenenamiento por parte de sus propios servidores, sobornados por el pontífice Clemente V; pero, gracias a la fortaleza física de Llull, y también a la intervención de los médicos templarios, en la isla de Chipre, el más célebre de los alquimistas hispanos logró salvar su vida, falleciendo una década después, con la profunda tristeza de haber contemplado la caída de sus queridos templarios, víctimas del mismo pontífice que atentó contra su existencia, y también de las ambiciones del monarca francés Felipe IV el Hermoso.

Junto al convento de San Francisco, en el arrabal conocido como Partita Templi, se alza la iglesia de Santa Eulalia, edificio estrechamente vinculado a las logias de canteros, un colectivo que contaba con el respaldo total del Temple. Aún se pueden apreciar una gran variedad de marcas grabadas en las piedras que forman parte del aparejo. Y otro dato de interés: gran parte de la judería de Palma también se hallaba dentro de este arrabal templario: la abadía templaria, de la que sólo se conserva su magnífica fachada, se alza sobre cimientos de construcciones defensivas que habían formado parte de la ciudadela almohade, la Madina Mayorga (Alcazaba de Gomera), la fortaleza roja, formada por tres recintos.

Fue precisamente sobre el tercero de estos recintos en donde los templarios alzaron sus construcciones más sagradas, como esta abadía cuyo templo sigue ofreciendo una luz y unas dimensiones catedralicias. Este enclave templario, en tiempos de Jaime I, sirvió, además, para guardar el inmenso botín arrebatado a los almohades, tras la conquista cristiana, y luego, tras la desaparición del Temple, para encerrar a los últimos caballeros de la isla, en tiempos del monarca mallorquín Sancho. A finales del siglo XIX, al llevarse a cabo unas obras de urbanismo en las calles de Llull y San Buenaventura, se descubrió una galería –de unos trece palmos de altura, y por la cual podían pasar juntos tres hombres– que enlazaba el convento templario con el palacio de la Almudaina.

 

EL NORTE

Pero los templarios no sólo se fijaron en la Ciutat, desde la cual controlar el resto de Mallorca, también les atrajeron muy especialmente algunos de los lugares de poder de la isla; entre ellos, y de forma muy particular, la Serra de Tramontana, que recorre todo el contorno de poniente de Mallorca, y es en donde se alzan las montañas más altas y los puntos de mayor energía de la isla.

El santuario del Lluch, donde se rinde culto a una imagen coronada en 1884 como reina y patrona de Mallorca, es uno de los lugares más interesantes de la geografía templaria de la isla. Allí arriba, después de haber atravesado un territorio de viejos olivos, el viajero descubre un enclave místico y, al mismo tiempo, cargado de energía, donde los magos templarios implantaron el culto mariano en Mallorca; la imagen, conocida también como La Moreneta, de 61 cm de altura, según la tradición, fue hallada por un pastor y ermitaño en 1240 en el interior de una gruta; en su tocado se lee “nigra sed formosa sum”; el Niño reposa en el brazo izquierdo portando un libro abierto, como animando a descubrir las esencias de los saberes gnósticos; a ella están vinculadas otros cultos en esta misma iglesia (Ana, San Bernardo, María Magdalena, San Juan Bautista, etc.), que igualmente forman parte del Cosmos espiritual del Temple.

Es importante recordar que toda la zona en donde se alza este santuario está preñada de montañas sagradas, grutas que sirvieron de marco de celebración de ancestrales cultos paganos, innumerables construcciones megalíticas y calzadas que, más que para enlazar poblaciones, marcarían las líneas de ley de la isla, entre enclaves cargados de energía.

Uno de estos enclaves es, sin duda, la villa de Pollensa, que se corresponde con una importante posesión templaria, recibida por el Temple, en 1230, tras la conquista cristiana; se sabe que, desde Sóller y Alcudia, que marcan los límites de la Serra de Tramontana, los templarios tuvieron veintidós alquerías. Una de estas fue la de Pollensa; pero dejemos que sea el erudito Juan García Atienza quien nos describa el lugar: 

“Camino de La Alcudia, una senda remonta la ladera del montecillo llamado el Puig Son Vila, hacia la masía de Sa Torre. A poca distancia nos encontramos con los restos, bastante bien conservados, de un talayot que todo el mundo conoce como El Fort dels Templers, que pudo servir de torre de vigilancia de los freires”. 

Lamentablemente, de aquel recinto sólo quedan algunos fragmentos de columnas; sin embargo, es la referencia para alcanzar la meta que buscarán afanosamente nuestros lectores: la Cova de Sant Martí, en las entrañas del Puig de Sant Martí, ya en el municipio de La Alcudia.

Dentro de Pollensa aún se conservan numerosos testimonios legados por los templarios, entre ellos la casa en donde fijó su residencia el lugarteniente de la Orden, ubicada en la esquina entre las calles Colón y del Temple, lamentablemente muy transformada en nuestros días; también fueron templarias la Casa de s’Aigua y la de S’Ombra. Todo ese arrabal perteneció a los caballeros de la cruz paté. A pocos metros se encuentra la iglesia de Santa María dels Àngels, que fue el convento templario de Pollensa; también fue del Temple el calvario, enclavado en el todavía llamado Puig del Temple, cuyo camino de subida constituye un viaje al más profundo recogimiento.

 

IMPORTANTE LEGADO SOCIO-CULTURAL

Pero por encima incluso de los avatares históricos, e incluso de los testimonios arquitectónicos conservados, hay algo que debemos de tener bien en cuenta, para llegar a calificar la extraordinaria herencia que el Temple dejó en los archipiélagos de Baleares y Pitiusas, cuyo legado lo hemos clasificado en cuatro grupos: socio-cultural, científico y gastronómico.

Respecto al primero, debemos decir que los templarios fueron los creadores de una raza espectacular equina, fruto de la mezcla del percherón y del árabe, lo que daría lugar como resultado un caballo único, cuyos ejemplares se han mantenido en la isla de Menorca, y a los cuales están dedicadas la fiesta del Día d’es Bé (Domingo anterior a San Juan, o sábado precedente, si el 24 de junio cayera en domingo), en la villa de Ciudadela; o la tradicional “Colcada”, que, a modo de cabalgata, en día 8 de septiembre, en honor a la patrona de Menorca, recorre las calles de la ciudad de Mahón, para culminar en el popular “jaleo” en la plaza. Santos ambos –Juan Bautista y Virgen de Gracia– venerados en los altares del Temple.

La espectacular escalinata que asciende a la montaña de Santa Águeda, en el centro de la isla de Menorca, que tiene como referente espacial el santuario de la Virgen negra de Toro, fue obra de alarifes hispanomusulmanes, pagados por los templarios. Los templarios, con el apoyo logístico del monarca Jaime II de Mallorca, hicieron llegar a las Baleares un sustrato social importante de notables familias occitanas que huían de la cruzada albigense, primero, y de las llamas de la Inquisición, después, colectivos que fueron embarcados en el puerto de Col.lioure, en el Rosellón, donde el rey de Mallorca tenía su residencia de verano.

Los templarios contribuyeron a la construcción de los primeros molinos harineros movidos por energía eólica, para elaborar con la harina obtenida excelentes panes y dulces; muchos de las cuales aún se mantienen, como el tradicional brosat, de la villa de Muro, los almendrados y las ensaimadas de Llucmajor, o las garrovetas del papa, de Sóller; especialidades, todas ellas, que tienen un fuerte sustrato templario.

Los templarios en Baleares fomentaron el cultivo del olivar, algunos de los ejemplares de estos árboles de la isla de Mallorca están entre los más longevos del mundo, de cuyos frutos se sigue obteniendo un excelente aceite de oliva virgen extra, orgullo y prestigio de la dieta mediterránea; no debemos olvidar que fueron, precisamente los templarios, quienes trajeron a la península Ibérica de Tierra Santa la variedad arbequina. Gracias a una cuidada alimentación, y también a una estricta higiene y salud, los templarios hicieron que los habitantes de estas islas alcanzaran un horizonte de vida superior al resto del mundo occidental, como lo confirma la figura del Maestro Iluminado Ramon Llull.

Precisamente el más célebre de los filósofos medievales en lengua catalana, Llull, fue el impulsor de un puente de entendimiento entre civilizaciones, con la creación de una escuela de lenguas orientales en el santuario de la Virgen de Gracia, de la ladera oriental de la montaña de Randa, tarea que pudo emprender gracias al monarca Jaime II y también a los magos del Temple.

En cuanto a las tareas agrarias, la lucha por convertir las tierras de secano en humedales, y éstos, a su vez, por exceso de agua, extraerla del subsuelo, fue otra de las actividades más ingentes que llevaran a cabo los templarios en la isla de Mallorca; lo cual pudo hacerse una realidad gracias al empleo de equidistantes molinos, mientras que las masas de agua extraídas eran trasladadas a través de acueductos y canales a aquellos lugares más secos. Todavía hoy podemos contemplar estos sencillos artilugios en el centro occidental de la isla, cumpliendo su valioso cometido, además de obtenerse con ellos energía eléctrica.

La isla de Mallorca, por lo tanto, gracias a su estratégica ubicación, fue escenario de singulares gestas, donde los caballeros templarios escribieron momentos de gran belleza socio-cultural, que debemos rescatar de la historia no oficial, y la mejor forma es comprendiendo su inmenso legado, del que disfrutamos en nuestros días en nuestra vida cotidiana.

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