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Loberos, domadores de bestias

Martes 29 de Agosto, 2017
A caballo entre la historia y la leyenda, los loberos representan la eterna lucha del hombre contra el lobo en nuestro territorio. Admirados y temidos, corrían aldeas y montes escoltados por una corte de lobos que parecían estar encantados, pues seguían al pastor de lobos como ratones al flautista de Hamelín. Su presencia sólo podía significar dos cosas: protección o destrucción.
Mado Martínez

Decían que eran hombres con poderes sobrenaturales por el dominio que ejercían sobre los lobos, y no era raro verlos siempre acompañados por estos animales. Tocaban a la puerta pidiendo cobijo y alimento a cambio de protección contra las manadas de lobos a las que tenían capacidad de doblegar. Aceptar su chantaje, disfrazado de ayuda, proporcionaba seguridad. Negarse al ofrecimiento desencadenaba la ira del encantador de lobos, quien podía llegar a comandar a sus caninos amigos contra rebaños y familias. No sólo las ovejas corrían peligro si se despreciaban sus servicios, sino también las personas. Y parece que era tan diestro en su oficio, que había personas que lo contrataban, incluso, para que azuzara a las bestias contra sus propios vecinos y enemigos, movidos por envidias y rencillas. A pesar del halo sobrenatural con el que frecuentemente se arropaba al lobero, identificándolo con un brujo, no tenían ninguna habilidad mágica, pero sí el don de embaucar a la gente e inspirar miedo. Es posible, en cualquier caso, que de hecho tuvieran dotes especializadas de adiestramiento lobuno, pero también pudieron sembrar el pánico con una panda de secuaces muy humanos, e incluso con sus propias manos. Después de todo, no hacía falta se un lobo para matar, descuartizar y repartir desgracias.

LA CAPITANA DE LOS LOBOS
La Inquisición llegó a perseguir con ahínco a los loberos. La joven asturiana Ana María García, también conocida como la Llobera o la Lobera de Llanes, fue una de las víctimas del Santo Oficio. Sabemos bastante de ella, a pesar de su origen humilde, pues el Santo Oficio de Toledo encargó densos informes sobre su vida. Ana María nació en 1623 en la aldea Posada, cerca de Llanes, y era hija de labradores. Al quedar huérfana a tierna edad fue pasando a distintas casas familiares, de mano en mano, en condiciones penosas, soportando trabajos forzados, abusos y servidumbres, de modo que siendo apenas una adolescente su propio pariente Francisco Soga la dejó embarazada. Fue entonces cuando decidió huir de casa. Pero, ¿por qué la llamaban la Llobera?

Según afirmó en el proceso judicial que se abrió contra ella, todo empezó por una maldición, ya que sus hermanos habían abandonado a su anciano, ciego y desvalido padre en el monte, para que fuera devorado por los lobos. Sin embargo, este no era el único motivo, pues según ella, también se debía al hecho de que ella misma empezó a cultivar aficiones lupinas a partir de los veinte años, a raíz de su encuentro con Catalina González, una mujer con fama de bruja de la aldea de Bricia, quien supuestamente la inició en la práctica de la brujería y la enseñó a pactar con el diablo. El mismo Satanás le habría regalado una manada de siete lobos demoníacos.

Al morir su mentora, rechazó convertirse en bruja al no querer vestir el sayo que esta le había legado, e inició su largo peregrinar con dos vaqueiros de Argüellos con los que por lo visto pudo vivir en concubinato.

Ya por aquellos entonces se empezó a correr la voz por la zona de Pajares de que aquella muchacha tenía un inquietante don con los lobos, era capaz de relacionarse íntimamente con ellos, y podía proteger los rebaños o devastarlos a voluntad, por el poder de capitanía que tenía sobre los temidos canes salvajes. Las fieras lupinas le rendían total pleitesía y ejecutaban obedientemente sus caprichos.

EMPIEZAN LOS PROBLEMAS
Poco después, concretamente en 1648, se unió a un vaqueiro que trabajaba en la finca de terratenientes heredad de don Gabriel Niño de Guzmán. Ahí empezaron los problemas, pues su fama cobró tales proporciones que no tardó en llegar a oídos de la Inquisición. Doña María del Cerro la denunció y el fiscal don Juan de la Vega y Dávila la encausó el 21 de junio de 1648. Contaba con tan sólo 25 años de edad. Los cargos de los que se la acusaban eran: haber sido discípula de una bruja (no bruja en sí), haber hechos pactos con el diablo, haber vivido en concubinato con diversos pastores o vaqueiros (nadie encausó a los que abusaron sexualmente de ella siendo apenas una niña, pero vivir en concubinato, sí que fue considerado un crimen por el Santo Oficio), haber tratado con siete lobos de diferentes colores considerados demonios, y haber causado estragos en ganados y fincas a través de conjuros y artes diabólicas. El extracto relativo a los lobos del acta inquisitorial, que es el que más nos interesa, rezaba así:

“Que era tal la familiaridad que tenía con los demonios [...] en forma de lobos [...] que no podía hallar sin su compañía. Y sabiéndolo los pastores, la instaron, y ella se los prometió no hacer mal con los demonios a sus ganados ni a los de otros ni a personas algunas, si bien no siempre lo cumplía, antes echaba los lobos al ganado que le aprecia y a la parte que le hacía mal pasaje [...].Que en las dehesas de Alcudia, habiendo la rea llegado a un cazador que llevaba una carga de conejos y perdices a vender, le pidió un conejo, y no se lo quiso dar y dentro de tres días comieron los lobos a una bestia de carga de dicho cazador. Y todos lo atribuyeron a que la Lobera lo quería así, teniéndola también por bruja hechicera [...].Que en dichas dehesas llegó otra vez la rea a una majada de un pastor y, no habiéndola dado lo que ella le había pedido, le comieron a segunda noche los lobos tres cabras [...].Que para llamar a los demonios decía la rea ciertas palabras, que afirmó no podía decir porque la vendría mucho daño [...]. Lo cual no es de creer, sino que maliciosamente las calla. Y así pido la declare…”.

¿UNA DESEQUILIBRADA?
La inocente Ana María se negó a recitar los conjuros, alegando que si lo hacía, todos acabarían pagando las consecuencias y cargando grandes males. Tan convencida estaba la joven de sus poderes. ¿O tal vez fue una estrategia? Curioso es que el tribunal, lejos de espantarse y encontrar en aquellas declaraciones motivos para condenarla, llegaron a la conclusión de que la pobre mujer no tenía muchas luces y se trataba más bien de una desequilibrada. Si se hubieran encontrado a alguien que de buenas a primeras negase las acusaciones y hubieran tenido que sacarle la confesión a base de torturas, tal vez, habría corrido peor suerte. Paradojas de la psicología inversa, tal vez. Ana María, además, en su defensa, pidió clemencia y misericordia, asegurando que había dicho la verdad y toda la verdad, y prometiendo “no volver a ofender a Dios y procurar ser muy buena cristiana y que si se acordarse de otra cosa lo dirá”. Funcionó. El 3 de agosto de 1648 le echaron un simple rapapolvos y la mandaron a recibir instrucción cristiana durante cuatro meses, una sentencia bastante benevolente para lo que podría haberle pasado, conociendo el estilo que a veces se gastaba el Santo Oficio. Tras aquellos cuatro meses de instrucción cristiana fue puesta en libertad y ahí es donde le perdemos el rastro, al no existir más documentación sobre su historia.

DIME CON QUÉ LOBOS TE JUNTAS, Y TE DIRÉ…
Menos suerte corrió el lobero Pere Torrent, que fue a parar con su cuello en la horca. Corría el siglo XVI y un hombre conocido como Pere Cufí, Pere Torrent en realidad, quien tenía aterrorizados a los habitantes de Planas d’Hostoles de la provincia de Girona, en Cataluña, pasaría a la historia inquisitorial como brujo lobero. Era un tipo enigmático, huraño y solitario, que sólo se encontraba a gusto en compañía de la corte de lobos feroces que formaban su séquito, o eso decían.

La leyenda negra nos habla de un ser oscuro; a la gente le entraban ganas de echar a correr cuando oían su nombre; al verlo pasar, corrían a refugiarse en su casas, cerrando puertas y postigos; nadie podía pronunciar su nombre si temor. Pero, ¿qué hay de cierto en todo esto? Conocemos su historia porque en 1968 un fraile capuchino de Olot llamado Nolasc de Molar publicó un libro titulado Procés d’un buixot, en el que daba cuenta de casos de condenados a muerte por la Inquisición en las áreas obispales de Girona y Vic.

Pere Torrent nació en 1583 en la aldea de les Encies, en la Garrotxa. Sus lobos procedían de una cueva de Cogolls, donde al parecer los crió. El trabajo de un lobero consistía en asegurarse de que los lobos dejaban tranquilo al ganado, labor por la que la gente de los pueblos, en ocasiones, hasta podía llegar hacer derramas para pagar por este servicio, pero no dejaban de arrastrar esa estela de brujos con la que algunos imaginaban toda suerte de magias, y que en ocasiones podía ser alimentada por el propio pastor de lobos, para arrogarse poder, respeto y prestigio. Pero parece que Torrent no fue lobero  en realidad, y que incluso hacía años que no veía a su jauría, o eso declaró ante el Tribunal. De hecho, crió a sus lobatos por capricho. Pero en tiempos convulsos como los de la persecución inquisitorial, la fanfarronería lupina podía jugar en contra y convertirse en una sentencia de muerte segura. Fue lo que le pasó a este hombre, quien acabó siendo denunciado al Santo Oficio por su propia tía, Joana Trías, también considerada bruja. Durante las torturas, y como sol suceder en este tipo de caza de brujas,  la pobre mujer fue obligada a dar los nombres de otros adoradores del diablo, y acabó implicando a su sobrino. Fue ejecutada unos días antes que él.

LA PROFECÍA SE CUMPLE
El meollo de la principal acusación contra el lobero Pere Torrent recaía en el hecho de que un zapatero llamado Lleonard Hilari, vecino de Les Planes d’Hostoles, se negó a ponerle suelas.

Torrent se fue con los zapatos sin arreglar, no sin antes maldecirle de  muy mal humor, amenazándole con hacerlo matar por un lobo. La cuestión es que por uno de esos azares fatídicos del destino, parece que la “profecía” se cumplió, con el consiguiente revuelo. Para añadir más ingredientes a su caso, un labrador llamado Nicolau Llapart, que por lo visto cometió la imprudencia y osadía de matar a uno de los fi lobos de Pere Torrent, también fue víctima de las amenazas y represalias del presunto lobero. Nicolau Llapart le había matado a uno de sus lobos, pues habían sido sus lobos, precisamente, según aseguraba, los que habían atacado su granja a matarle una yegua, un macho, un rocín y diecisiete lechones y cochinillos. Algunos, probablemente, se la tenían jurada al tal Torrent; otros, sencillamente, vieron en estos hechos una prueba incontestable de su brujería lobuna. En las actas del proceso decían de él: “Persona que con malas artes se afana y hace salir lobos y zorros, así como guste y de la manera que quiere, de forma tal que dan y causan muchos daños matando al ganado”. Josep María Massip Gibert, gran conocedor de la fi        de Torrent, decía que éste “tenía a sus lobos únicamente porque  le gustaban y para presumir. Esto, junto con los hechos acaecidos, le costaría el tormento y la vida”. Así parece que era en realidad, según las declaraciones que el hombre dio en su día ante el tribunal: “A mí me gustaba pensar que después de alimentarlos [cuatro lobatos que robó de una camada], me seguirían como perrillos a donde yo quisiera. Y así los encontré; y les puse en un barranco en el bosque mismo, con una pared pequeña que hice. Y les llevaba leche y carne de mal ganado, que moríase ya. Y cuando los hube nutrido, dichos lobos me seguían donde iba, porque estaban enamoriscados de mí; y de llamarlos, me venían; y de normal, se quedaban cerca de las casas donde yo estaba”. Ni era lobero, ni cobró nunca por semejante servicio, ni daba el perfil. De hecho era músico, tocaba la flauta (aunque nuestros vecinos franceses habrían hallado en ello otro motivo para acusarlo de lobero, pues según sus leyendas los encantadores de lobos utilizaban la música para embrujar a las manadas).

Su único pecado fue… Ser amante de los lobos. Y en aquella época y en los contextos rurales de los que estamos hablando, un lobo era el enemigo público número uno. Si andabas con ellos, no eras de fi   . El clima de histeria inquisitorial dio sus frutos, y Torrent no pudo librarse de la acusación de brujo lobero, de atraer desgracias, de provocar granizadas, nieblas, aguaceros, plagas, celebrar aquelarres, volar a lomos de los demonios, y hasta de hacer que a la gente le saliera bocio en el cuello. Acabó con la soga al cuello.

EL FIN DE LA INQUISICIÓN
El fin de la Inquisición no significó el fin de la persecución de los loberos. Carlos III promulgó en 1783 una Real Cédula en la que podemos leer: “En lo respectivo a los que se llaman Saludadores y los Loberos, mando asimismo sean compre- hendidos en la clase de los vagos tratados como tales…”. El odio al lobo siguió tras- pasando los siglos hasta llegar a épocas recientes. Félix Rodríguez de la Fuente fue, ya casi a finales del siglo XX, una de las primeras voces en alzarse a favor de la protección de este hermoso animal.

Casi a modo de moderno lobero, adoptó un par de cachorros a los que pronto se unirían otros ejemplares. Su defensa del lobo ibérico le acarreó no pocas amena- zas de muerte, lo que da constancia del rechazo que todavía inspiraban y siguen inspirando en muchos ambientes rurales estos animales.

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