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Los pequeños placeres sádicos del infante Carlos de Austria

Viernes 27 de Mayo, 2016
El infante Carlos de Austria se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada. Y es que, l pequeño heredero de la Monarquía Hispánica gozaba con las atrocidades más perversas que uno pudiera imaginar. He aquí un resumen.
Carlos de Austria

Hay placeres prohibidos oscuros y perversos... como los que disfrutaba el infante Carlos de Austria, hijo de Felipe II (quien, por cierto, condenaba a galeras a los bígamos) y María Manuela de Avis,  los cuales eran primos hermanos por parte de padre y madre. El primer hijo de Felipe II es, por tanto, el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia practicada por la Casa de los Habsburgo.

Ello provocó que Carlos tuviera una constitución frágil y enfermiza. El pequeño heredero al trono gozaba con las atrocidades más perversas que uno pudiera imaginar.

Del Príncipe maldito –como también se le conoce— se ha dicho, sin excesivo rigor, que siendo solo un infante gozaba asando liebres vivas y cegando a los caballos en el establo real. Es difícil contrastar la fiabilidad de algunas de las informaciones que han llegado hasta nuestros días, pero los datos apuntan a una personalidad psicopática, demente, violenta y sádica.

Por el miedo de los embajadores a que se interceptaran sus informes y el Rey pudiera ofenderse, muchas de las actuaciones contra el joven no han podido ser documentadas y se basan en testimonios indirectos. Pero consta, que a los once años hizo que le dieran una paliza a una joven de la Corte sólo por diversión. El caprichito se saldó con una ridícula compensación al padre de la víctima.

Las cosas se complicaron, y mucho, cuando el joven heredero al trono, ya con 18 años, se obstinó en perseguir a una cortesana por Palacio para intentar hacerla suya. Pero, el infante Carlos no tenía precisamente una constitución olímpica ni atlética, sino todo lo contrario –acusaba ciertas deformidades físicas en sus piernas y en su columna vertebral–, y sufrió una caída grave y fatal.

Los médicos llegaron a desahuciar al joven, dándole apenas cuatro horas de vida, y un grupo de franciscanos trasladaron l os huesos de San Diego de Alcalá a los pies de su cama solo a la espera de un milagro. Contra todo pronóstico, una arriesgada trepanación pudo salvar la vida del Príncipe Carlos; no obstante, pronto se evidenciaría que los daños cerebrales se presumían irreparables que contribuyeron a empeorar su predisposición al sadismo.

Según refiere Mado Martínez en su reportaje publicado en la edición de junio de Historia de Iberia Vieja, tenemos descripciones escalofriantes de las actividades del infante Carlos de Austria:

“Frecuentaba con poca dignidad y mucha arrogancia” los prostíbulos de Madrid y maltrataba a los sirvientes, hasta el punto de arrojarlos por la ventana, como hizo con un paje, por no encontrarse satisfecho con la conducta del pobre desgraciado.

El heredero de la Monarquía Hispánica se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada, lo cual terminó consumiendo su quebradiza salud. 

El Embajador Imperial Hans Khevenhüller, otro asiduo de la Corte, tampoco ahorró sus comentarios en torno al carácter del pequeño déspota: “Tiene un temperamento impulsivo y violento. A menudo pierde los estribos y dice lo primero que le pasa por la cabeza”.

Los delirios y sádicas diversiones del infante don Carlos llegaron a límites escandalosos. Su padre, Felipe II, siempre había sido permisivo con él, hasta que lo que estuvo en juego fue su propia vida, y es que el joven malvado empezó a acariciar con placer la idea de matar a su propio padre. Urdió un plan para lograrlo, pero acabó siendo descubierto.

El frustrado parricida terminó sus días encerrado en el Castillo de Arévalo, y durante el tiempo que estuvo cautivo, perdió la poca cabeza trepanada que le quedaba. Murió a los 23 años de inanición.

Averigua todo sobre los placeres inconfesables de los reyes en el número de junio de Historia de Iberia Vieja (132)

 

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