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Reyes de España que amaron como reinas

Martes 16 de Mayo, 2017
¿Le gustaban a Enrique IV los hombres, prefería la compañía femenina, o gozaba de unos y otros por igual, participando en tríos?

El hermano de Isabel la Católica, Enrique IV era apodado “El Impotente”. Su sexualidad dio mucho que hablar dentro y fuera de la corte pues se especulaba que podía ser homosexual. No olvidemos que en la Edad Media y desde la época de las Cruzadas, la homosexualidad era utilizada a menudo en el seno de las realezas cristianas como arma arrojadiza, un dardo envenenado con el que acabar con la reputación de un enemigo político. Tal vez fue esto lo que le pasó a Enrique IV, al que el obispo de Segovia, Luis Vázquez de Acuña, le declaró nulo su matrimonio con Blanca I de Navarra, atribuyéndole una impotencia sexual producida a raíz de, nada más y nada menos, que un maleficio, un hechizo en toda regla, porque según el mismo Enrique, había intentado sin éxito consumar el acto durante tres años, y jamás lo había conseguido.

¿A qué podía deberse cuando había otra mujeres (prostitutas) con las que sí había podido tener relaciones sexuales?

Pues a eso, a un hechizo, o por lo menos eso es lo que en cierta forma le interesaba a él que pensasen los demás, para poder separarse de Blanca y contraer matrimonio con Juana de Portugal, con la que hacía tiempo que secretamente anhelaba casarse por ambiciones políticas.

El Papa Nicolás V corroboró la nulidad y los nuevos esponsales entre Enrique IV y Juana de Portugal tuvieron lugar, pero sus detractores cuestionaron su virilidad alegando que aquel matrimonio era una farsa y que su hija Juana no era suya, sino de Beltrán de la Cueva, su mano derecha, en quien Enrique IV de Castilla habría depositado su confianza para engendrar a la heredera, forzando a su mujer a mantener relaciones adúlteras con él.

La cuestión de estas injurias no fue baladí, y tuvieron mucho peso a la hora de desprestigiar a su hija Juana, apodada La Beltraneja, en favor de Isabel la Católica, que fue quien finalmente consiguió alzarse con la Corona de Castilla en el conflicto de sucesión.

Había otros motivos por los que Enrique IV pudo haberse ganado aquella fama de homosexual en aquella época, y es que al parecer era maurofílico (o islamofílico), según las acusaciones de Antonio de Palencia.

Ni qué decir tiene que en la Edad Media se inventó la sodomía con el sentido peyorativo que la Iglesia Católica mantuvo durante años, como algo deleznable y pecaminoso, porque sus enemigos en las Cruzadas, “los moros”, eran muy dados a aquellas amistades entre hombres que ellos demonizaron con el único fin de tener más motivos para diferenciarse y polarizarse frente a sus contrincantes, tal y como apuntaba Mark D. Jordan en La invención de la sodomía en la teología cristiana. Por su parte, Paul Tornier, en su libro Los gays en la historia, recoge testimonios de la época y asegura que Enrique IV era homosexual. Igualmente otros investigadores contemporáneos como Fernando Bruquetas (Reyes que amaron como reinas) y Manuel Fernández (Enrique IV) defienden esta postura.

Muchos especulan con la idea de que Beltrán de la Cueva era en realidad el vértice de un curioso ménage a trois en el que Juana de Portugal, Enrique IV y él habían compartido el mismo lecho conformando un trío amoroso.

Así, el joven y ambicioso veinteañero no solo fue el favorito del rey, sino que bien podría haber sido también el favorito de la reina. Pero la Crónica Castellana y el mismo Alonso de Palencia dicen que el rey tuvo algunos amores vanos con Catalina de Sandoval, Guiomar de Castro y Beatriz de Vergara, y subrayamos lo de “vanos”.

MISTERIOS SIN RESOLVER
¿Le gustaban a Enrique IV los hombres, prefería la compañía de las mujeres o gozaba de unos y otros por igual, incluso participando en tríos? Quién sabe, pero tenía a quién parecerse, porque su padre y predecesor en el trono, Juan II de Castilla (padre de Isabel la Católica), también ha pasado a la rumorología histórica como un hombre que tenía sus devaneos homoeróticos, especialmente por la estrecha relación que mantuvo con Álvaro de Luna, al que muchísimos investigadores no dudan en tildar como amante del rey, gracias a lo cual ascendió vertiginosamente en la Corte.

El historiador de la época Fernán Pérez de Guzmán dejó poco a la imaginación cuando escribió que aunque al monarca le gustaban las mujeres prefería yacer con Álvaro de Luna, añadiendo: “Ni de noche ni de día quería estar sin don Álvaro de Luna, y lo aventajaba sobre los otros, y no quería que otro alguno lo vistiese ni tratase”.

Lejos de tratar de ocultar la relación que mantenían, Juan II lo señaló públicamente como compañero de alcoba, por encima de otros “amantes” como el Adelantado de Castilla, Pedro Manrique.

En todo caso, no fue una relación fácil, sino tortuosa, debido a la inmensa ambición de Álvaro de Luna, que en cuanto se veía arrobado por el poder, se olvidaba de rendir pleitesía a la mano que le daba de comer. Decían que por ese mismo motivo el rey Juan II le despojaba periódicamente de todo cuanto poseía sólo para que volviera como un perrito faldero a su vera. Sin embargo, las enemistades y envidias que Álvaro de Luna logró despertar fueron tantas, que hasta la esposa del monarca, Isabel de Portugal (Madre de Isabel la Católica), le cogió tirria y convenció a su marido para que lo ejecutase. Así fue como aquel que más le había amado y protegido se convirtió en su propio verdugo, aunque el rey jamás pudo perdonarse por aquello, y cayó sumido en una profunda depresión. Según las crónicas, antes de morir, tan solo un año después de aquella ejecución, sus últimas palabras fueron: “Naciera yo hijo de un labrador e fuera fraile de Abrojo, que no rey de Castilla”. Y es que a veces las coronas pesaban más de lo que parecían.

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