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El alegre velatorio

Martes 23 de Febrero, 2016
Hubo una época, todavía reciente, en la que el luto se celebraba con cantos, flores, caramelos y fiestas hasta el amanecer. Así era como velaban a los niños que fallecían antes de cumplir los siete años en la zona del Levante de España hasta bien entrado el siglo XX. La obligada alegría que se les rendía procedía, fundamentalmente, del convencimiento de que el joven había entrado en un estado de gozo de ultratumba al haber ido directo al cielo, pues, debido a su corta edad, se le consideraba un ser inocente, puro y libre de pecado, que pasaba a convertirse en un angelito protector. Mado Martínez
Albaets, velatorios

Viajeros, literatos, pintores e historiadores se hicieron eco en alguna ocasión, al pasar por tierras levantinas, del extraño ritual funerario que tenía lugar en los hogares donde había muerto un pequeño albaet, palabra con la que se designaba al finado menor de siete años. Al parecer, la práctica era de lo más común en los pueblos bañados por el Mediterráneo, desde Castellón a Murcia, aunque, según el historiador Rafael Altamira, también pudo darse entre las gentes extremeñas y canarias, y, en tiempos mucho más lejanos, en el centro y sur de España. Él lo llamaba el baile de los angelitos. La antropóloga Maricel Pelegrín decía que el origen primitivo de este funeral tenía relación con la presencia de los árabes en territorio español. Cuando moría un albaet, la Iglesia tocaba a muerto, es decir, emitía un toque de campanas fúnebres que anunciaba a los vecinos que había muerto un niño. En algunos lugares de España, a este toque de campanas se le denominaba mortichuelo, o mortijuelo, aunque esta mima palabra podía usarse también en otros lugares del país para referirse al entierro de un infante o al retrato post-mortem del mismo.

ASÍ ERA EL RITUAL

¿En qué consistía el “vetlatori del Albaet”? Lo que se hacía era amortajar al niño con una túnica blanca, muy en la línea de los amortajamientos árabes, y ponerle una corona de flores en la cabeza. A partir de ahí, lo vestían todo de blanco, y el lugar elegido para velarlo se convertía en un altar de pureza y tálamos florales. Cubrían la pared de la cabecera del cadáver con una sábana en cuyo centro se estampaba la imagen de la Mare de Déu (Virgen con el Niño) o del Ángel de la Guarda. También el catafalco y el ataúd debían ser blancos, como blancas eran las flores con las que se cubría su cuerpo sin vida.

Se trataba de un auténtico acontecimiento social, en el que los jóvenes de ambos sexos se encontraban e incluso aprovechaban para ligar

En contraste con tanta blancura, brillaban los labios y mejillas enrojecidas que se le pintaban al finado con carmín, para aliviar la lividez que la muerte otorga a los rostros. En cada esquina, cuatro velas alumbraban la noche de canto y baile que estaba a punto de dar comienzo. Ya estaba todo listo para la dansa del velatori, en la que tres parejas bailaban durante toda la noche, al son de bandurrias y guitarras, cantando coplas en las que se invitaba al baile y se conminaba a los presentes a alegrarse por la suerte del albaet, que ya había dejado de sufrir. Los danzantes iban entrando y saliendo, turnándose en la faena, dependiendo del aguante de cada cual. Por lo visto se trataba de un auténtico acontecimiento social, en el que los jóvenes de ambos sexos se encontraban e incluso aprovechaban para ligar. He aquí un ejemplo de copla de los citados por la investigadora Pilar García Latorre, autora del libro El vetlatori del albaet.

La danza del velatori

Dones vingau a ballar

Que és dansa que sempre es balla

Quan s' ha mort algú albat.

En esta casa s' ha mort

Un angelet molt polit;

Ploreu, xiquets per ell,

Que ja ha acabat de patir

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Comentarios

En mi país existia asta ase algunas décadas la costumbre de realizar el funeral del angelito muy parecido al que se escribe acá

Se usaba hasta parte mitad siglo 20, sentar al infante en una sillita, con los adornos apropiados, desde Chile, saludos !

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