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ASESINOS A SUELDO

Viernes 24 de Abril, 2009
En medio de la noche, en una oscura y solitaria calle del Madrid del Siglo de Oro, un hombre camina apresurado con el miedo reflejado en su mirada. De pronto, dos figuras embozadas surgen de entre las sombras haciendo brillar sus aceros a la luz de la luna, abalanzándose sobre él sin darle tiempo a defenderse. Nadie acude a los desesperados gritos de auxilio de la víctima. Los embozados se desvanecen entonces entre las sombras igual que aparecieron, sin dejar rastro, dejando un cadáver en medio de un charco de sangre que se extiende sobre el empedrado. Esta escena, cargada de violencia extrema, se repetía con demasiada frecuencia en las ciudades más importantes de la España de los Austrias.
Por: José Luis Hernández Garvi y Óscar Herradón.

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Durante el reinado de los denominados Austrias menores, Felipe III (1.598-1.621), Felipe IV (1.621-1.665) y Carlos II (1.665-1.700), España atraviesa una etapa de crisis política, económica y social que se extiende durante todo el siglo XVII y que provoca la decadencia del Imperio forjado durante el siglo anterior por los fundadores de la dinastía, Carlos I y Felipe II. En ese dilatado periodo de tiempo, España va perdiendo poco a poco su posición hegemónica en Europa hasta convertirse en una potencia de segundo orden, dejando el puesto vacante a naciones emergentes como Inglaterra o Francia que pugnarán por conseguirlo aprovechando la debilidad del gigante español con pies de barro.
No existe unanimidad entre los historiadores a la hora de ponerse de acuerdo en establecer una fecha concreta o un acontecimiento determinado que señale, de manera incuestionable, el inicio del declive. Para algunos autores, el fracaso de la Armada Invencible en 1.588 marca el punto de inflexión, mientras que para otros, la expulsión de los moriscos en 1.609 y sus efectos demográficos y económicos negativos desencadenaron la crisis. En el primer caso, la derrota de la Armada supuso el fin de la supremacía naval del Imperio, sobre todo en las aguas del norte de Europa que pasaron a estar controladas por la Corona inglesa. Este hecho, unido a la victoria francesa en la batalla de Rocroi (19 de mayo de 1.643), y sobre todo, la del combate de las Dunas (14 de junio de 1.658), ambas obtenidas sobre los tercios españoles, sirvieron para acabar con la aureola de invencibles que había acompañado a los ejércitos imperiales por todo el Continente.
Por su parte, con la llegada al trono español de la dinastía borbónica el país comenzó a sufrir importantes cambios en todos los ámbitos, con nuevas ideas y formas de gobierno importadas de Francia; sin embargo, el fuerte contraste existente entre estratos sociales, herencia de los siglos anteriores, la miseria y el hambre que potenció la Guerra de Sucesión o las drásticas medidas tomadas contra las minorías, fueron el desencadenante de nuevos conflictos sociales, delincuencia y crímenes que adquirieron con el tiempo una forma concreta de manifestación: el bandolerismo.
Durante el siglo XVIII el problema de los llamados “vagos” preocupó mucho a los españoles ilustrados y algunos de ellos llegaron incluso a proponer que aquellos no aptos para la actividad laboral fueran destinados a realizar trabajos forzados. En este siglo tuvieron un importante peso todavía las disposiciones de siglos anteriores, como las adoptadas en tiempos de Enrique II sobre las penas que debían aplicarse a los vagabundos y también las promulgadas en tiempos de Carlos I y de su hijo Felipe II, cuando se estableció una definición de quiénes debían ser considerados como tales: “los egipcianos y caldereros extranjeros y los pobres mendigantes sanos que piden y andan vagamundos”.
Los diferentes gobiernos de Felipe V dieron marcada importancia a este asunto y en 1725 y 1726 fueron establecidas las reales disposiciones sobre prender o recoger a los vagabundos, que se completaron con otra dictada en 1733 según la cual se encargaba a las justicias del reino que detuviesen en las cárceles y custodiasen a los vagabundos hábiles y de edad competente para el servicio de las armas, con el fin de destinarlos posteriormente a diferentes regimientos. Fernando VI, por real ordenanza de 13 de octubre de 1749 de intendentes y corregidores, había encargado a estos últimos enterarse de la vida y costumbres de los vecinos y moradores “para corregir y castigar los ociosos y mal entretenidos” y que no consintiesen en sus pueblos la existencia de “vagabundos ni gente alguna sin destino ni aplicación al trabajo”, destinándoles a las armas o a realizar obras públicas en sus pueblos.
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