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La Conquista de Portugal

Miércoles 20 de Julio, 2016
En 1580, el Duque de Alba dirigió la invasión de Portugal en una especie de guerra relámpago renacentista, que culminó con la conquista de nuestro vecino, que quedó bajo la corona de España durante los siguientes 60 años. Portugal era en ese momento una potencia global con posesiones a lo largo de los cinco continentes. Su conquista no fue tarea fácil e implicó prácticamente duplicar el tamaño del imperio planetario español. Por Javier García de Gabiola
1580, España derrota al otro gran imperio mundial

En 1578 el joven rey de Portugal Dom Sebastiao se embarcó en una cruzada contra Marruecos, siendo él y su ejército destruidos en Alcázarquivir. Junto al rey, en el desastre perecieron las elites del país, la nobleza y los principales soldados profesionales, de modo que Lisboa quedó descabezada e indefensa. Ante la falta de  descendencia del difunto rey, accedió al trono su tío abuelo el Cardenal Dom Henrique, que falleció en 1580 sin poder contraer matrimonio. Así, el gobierno quedó en manos de un Consejo de regencia que debía elegir al sucesor al trono entre los posibles candidatos. Todos ellos renunciaron a sus pretensiones excepto Dom António, Prior de Crato, nieto del rey de Portugal Manuel I, pero bastardo de nacimiento, y Felipe II de España, bisnieto del mismo rey, pero hijo legítimo y el gobernante más poderoso de la tierra.

Gracias a la diplomacia española, el Consejo de Regencia, la nobleza y la alta burguesía estaban a favor de Felipe II, y el enviado pontificio que tenía que llegar a Lisboa para tratar el reconocimiento de Dom António como hijo legítimo fue retenido en Badajoz por las autoridades españolas, de modo que la elección de Felipe como rey de Portugal estaba prácticamente decidida. Sin embargo, el pueblo llano desconfiaba de un monarca extranjero y se alineó con Dom António.

Los diferentes tumultos en Lisboa hicieron que el Consejo de Regencia huyera a España, quedando el poder en manos de Don António, que se proclamó rey con el apoyo popular.

Felipe II, ante todo un rey previsor, ya vaticinaba que sería necesaria una intervención militar y comenzó desde meses antes los preparativos para concentrar un ejército de invasión contra Portugal

LA ÚLTIMA MISIÓN DE ALBA
En primer lugar, llamó de su retiro al septuagenario Don Fernando Álvarez de Toledo, el famoso gran Duque de Alba. Fue una decisión polémica porque Alba había sido depuesto por la dureza con la que había sofocado la revuelta de los flamencos y no gozaba en ese momento del favor del rey. Alba intentó aprovechar la ocasión para obtener una audiencia con Felipe, pero éste, con gran dureza, no le recibió y se limitó a ordenarle que tomara el mando.

Alba, para gran dolor suyo, había pasado de diplomático y consejero de Su Majestad a simplemente ser el perro de la guerra de España, llamado cuando las circunstancias bélicas lo requerían, y luego desechado en el olvido.

Aun así, con una energía prodigiosa para un hombre de su edad, el gran Duque realizó sus preparativos en un tiempo sorprendentemente breve. En primer lugar se creó un ejército de invasión de unos 24-28.000 hombres, dependiendo de la fuente, y 57 piezas de artillería, para lo que se juntaron 13 tercios de veteranos y reclutas de unos 1.000-3.500 hombres cada uno, contando todos ellos con un grueso de piqueros, acompañados de bastantes arcabuceros y mosqueteros. Los veteranos serían tres tercios de españoles (Tercios de Lombardía, Nápoles y Sicilia), tres de italianos bajo Prospero Colonna, y uno de alemanes bajo Jerónimo de Lodrón. Los novatos se agruparon en otros seis tercios (siete, dicen erróneamente algunos autores). El resto lo componían 2.500 zapadores y 1.500 jinetes. Junto a estas tropas, Alba mandó movilizar otros contingentes de carácter defensivo, formados por milicias territoriales de carácter feudal, en teoría unos 17.000 hombres, repartidos en varios cuerpos a lo largo de la frontera que no entrarían en Portugal.

Frente a ellos, se alzaba la regencia de Portugal, que antes de huir había planificado la creación de un ejército de 50.000 hombres, pero ni de lejos se alcanzó esa cifra. En el momento de la invasión española sólo había unos 4.500 soldados profesionales por la zona de Setúbal y Lisboa bajo Dom Diogo de Meneses, y las milicias feudales de esas villas, que quizá pudieron aportar otros tantos, ya que el reino en plenitud de condiciones, en el desastre de Alcázarquivir, apenas pudo juntar 12.000 soldados nativos. Sin embargo, a pesar de la desigualdad numérica toda la frontera portuguesa estaba protegida por fortalezas que debían ser sometidas una a una para que pudieran pasar los suministros, y luego guarnicionadas, de modo que el ejército de Alba conforme avanzara al interior se iría debilitando.

Además, estalló una epidemia de gripe que fue diezmando al ejército invasor, y que en Badajoz casi mató a Felipe II, acabando de hecho con la reina.

Castillo de Elvas (c) Los32rumbos.com

EMPIEZA LA BLITZKRIEG
Tras el inicio de la campaña el 27 de junio, en una marcha penosa pero rápida toda una serie de fortalezas se sometieron sin lucha, como Elvas o Extremoz, continuando el Duque de Alba hasta Setúbal el 16 julio. Allí, estaba el grueso de las tropas veteranas portuguesas bajo Diogo Botelho, formadas por 24 compañías nativas y una de franceses (unos 3.700 hombres). Sin embargo, el Duque amenazó con cortarles a todos el cuello si no se rendían, y, tras plantar la artillería, las tropas portuguesas escaparon antes de empezar el combate. Mientras Alba tomaba Setúbal, una columna bajo Colonna se desgajó para tomar la fortaleza de Outao, que protegía la entrada del estuario de Setúbal contra el Atlántico. La guarnición, apoyada por ocho grandes buques (galeones y naos) se defendió tenazmente, pero a los dos días todo acabó cuando llegó, procedente de Cádiz, una escuadra dirigida por Don Álvaro de Bazán de 85 grandes buques (galeras y naos) que les cañoneó por mar hasta que se rindieron.

Ahora a Alba se le presentaban tres opciones. La primera –cruzar el Tajo directamente para desembarcar en Lisboa y asaltarla– se descartó, ya que la escuadra de Bazán debería penetrar en el Tajo a cubrir el cruce, y mientras el desembarco se producía, debía quedar inmóvil, pudiendo ser atacada por la flota portuguesa de 41 grandes buques que allí estaba fondeada, y por la artillería de los fuertes de San Julián de la Barra y Belén.

La segunda opción era más conservadora, ya que consistía en contramarchar unos 100 kms hacia el nordeste, a lo largo de la ribera sur del Tajo hasta llegar a Santarem, por cuyo puente se podría cruzar el Tajo para luego atacar Lisboa desde el este. Sin embargo, también se desechó por la pérdida de tiempo que supondría ya que las enfermedades estaban desgastando al ejército de forma preocupante, y porque daría tiempo a los portugueses a reforzar Santarém. Finalmente, Alba, contra el consejo de sus subordinados, optó por la más audaz de todas las opciones: embarcaría su ejército en Setúbal para desembarcar en Cascáis, y desde allí marcharía contra Lisboa, bloqueando de paso a la flota portuguesa en el Tajo. Así, el Duque desembarcó con una vanguardia cerca de Cascáis, y, cuando Meneses pudo juntar unos 3.300 portugueses con los que acosaba a los hispanos en las playas, ya el grueso del ejército español había desembarcado, forzando a Meneses a replegarse a Cascáis. Allí, la población obligó a los militares a rendirse, y Meneses, encontrado escondido en un armario, fue decapitado por el Duque.

EL ATAQUE ESPAÑOL
Durante la noche las vanguardias hispanas se dedicaron a escaramucear y sonar tambores como si fueran a atacar, haciendo que los portugueses permanecieran en vela toda la noche en sus escuadrones, mientras el grueso hispano descansaba. Con la primera luz del sol, Alba dio la señal convenida, y Colonna se lanzó con sus italianos a cruzar el puente de Alcántara, pero se encontró con una terrible barrera de fuego que le rechazó. Colonna, asombrado, veía como el resto de la línea española situada aguas arriba no se movía, y blasfemando pidió refuerzos con urgencia. Alba, impasible, sólo autorizó a que Lodrón le apoyara en un segundo ataque. Sin embargo, el plan de Alba estaba funcionando, ya que cada vez acudían al sector del puente más portugueses, debilitando los sectores de la línea situados más al norte. De hecho, las tropas de fray Piñeiro acudieron, y luego las del propio Dom António, y muy reforzados rechazaron de nuevo a los hispanos.

Finamente, los novatos españoles del sector, bajo Argote y Moreno, se lanzaron a la refriega junto a italianos y alemanes, logrando cruzar el puente por tercera vez, y con sus arcabuceros despejaron unos molinos repletos de tiradores portugueses situados junto al Tajo, que estaban diezmando a los hispanos. Sin embargo, los lusos aún aguantaban, no permitiendo ampliar la cabeza de puente sobre el Alcântara. En ese momento es cuando el Duque dio la orden de avanzar a sus tropas del norte.

Con las trincheras portuguesas medio desamparadas, los tiradores de Dávila, seguidos por el cuerpo central de piqueros, se descolgaron por las barrancas del Alcântara y lograron cruzar al otro lado, rodeando los arcabuceros las trincheras portuguesas y atacándolas por los extremos.

Tras tomar la primera línea, Dávila se lanzó contra la segunda ubicada en lo alto de la colina del olivar. Los lusos del puente, viendo que sus camaradas eran batidos más al norte y cómo podían ser rodeados, empezaron a retroceder también, desbandándose la mayoría, aunque algunos intentaron llegar al citado olivar. Allí se hicieron fuertes bajo Duarte de Castro, hasta que apareció por detrás de ellos la caballería de Fernando de Toledo, que dando un rodeo había cruzado también el río de forma inadvertida. Con ello el ejército de Dom António se derrumbó definitivamente, y a las pocas horas la caballería de Don Fernando entraba en Lisboa, para impedir que las tropas hispanas la saquearan. Las bajas de los portugueses fueron entre 1.000 y 3.000 muertos en función del autor (probablemente un millar), quedando el resto herido, prisionero o disperso, ya que Dom António apenas escapó con un centenar de jinetes. Los muertos españoles, aunque los cronistas las cifran en 100, probablemente, por la dureza de la lucha en torno al puente, llegasen a 500. El imperio español llegó al culmen de su poder, uniendo bajo un solo cetro ambos imperios ibéricos mundiales. Sin embargo, aunque los ingresos del imperio se incrementaron en torno a un 15%, la extensión de sus dominios fue tan grande que apenas podían defenderse de los ataques de las demás potencias, siendo éste uno de los gérmenes de nuestra posterior decadencia. No obstante, aún quedarían décadas de jornadas victoriosas para que eso sucediera…

Es un extracto del reportaje publicado en el número 110 de Historia de Iberia Vieja

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Comentarios

No había ya en Portugal ni una sombra de gobierno legítimo y la cuestión se entregó a la fuerza de las armas. El que había sido el único legítimo ( el rey de España )para tomar su trono de Portugal era tomado con todo tipo de burlas y los más osados desafíos inimaginalbes, escritos por la nobleza lusa.

El duque de Alba se reveló, una vez más, como el primer capitán de su tiempo. Las villas fronterizas de Elvas, Olivenza, y Portoalegre se habían rendido. Desde Estremor se dirigió a Setúbal que se rindió sin..
¡ ¡ ¡ COMBATIR ! ! !

El duque de Alba dispuso que Don Felipe fuese con premura jurado por rey en Lisboa, y la proclamación solemne por las calles se hizo el 12 de septiembre.

( Al parecer intentarón envevenar a Felipe II, algún sorbo de algún líquido, que al no ingerir del todo, sobrepasó la muerte, y matuvo la vida ).

Al igual que hacían los españoles ( antes los romanos y otros pueblos más ) al llegar a una corte, castillo o plaza, relacionada con la nobleza o alta alcurnia, disponían de todo tipo de lujos y víveres que hacían probar previamente a los lugareños, que les invitaban a los españoles.

El veneno era el atentado más cobarde que existía para el mundo cristiano y el mundo Occidental. Propio de conpiradores, y gente asesina incrustada en las altas instancias de los reinos. Era un deshonor encontrar al envenenador y a su familia.

Eran otros tiempos para saber si la comida y los vinos, y aguas, estaban envenenadas. Casi siempre todos morían tanto por el propio veneno, como los que no, con la espada castellana.

Fue éste asunto de la guerra de Portugal, para saber quién componía esas defensas amuralladas, fueron pasados a cuchillos todos; la mayoría eran mestizos dirigidos por curas envalentonados lusos, que no impidió al duque en contra de su Concejo de Guerra apoderarse de las fortalezas lusas rebeldes, 23 julio.

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