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Contra el sexo en la Iglesia

Martes 22 de Marzo, 2016
Fue una de las misiones de la Inquisión. Hemos accedido a los archivos que desvelan esta operación, hasta ahora casi secreta.Según estos documentos, el Santo Oficio persiguió con ahínco el llamado delito de “solicitación”. De acuerdo a los mandatarios de la Iglesia, aquello amenazaba la renovación del poder religioso. Fue una de las pocas veces que los inquisidores buscaron el mal dentro del seno eclesiástico. Por: Juan José Sánchez Oro
 "Una joven devota, durante tres o cuatro confesiones, habiendo comenzado a decir sus pecados, el sacerdote la solicitó para tener cuenta carnal con ella diciéndola palabras lascivas y deshonestas, tomándole sus manos y poniéndolas en las partes vergonzosas de él hasta venir en polución”.
Estas breves líneas no pertenecen a ninguna novela erótica de moda sino que han sido extraídas de un expediente inquisitorial del siglo XVI. Fueron redactadas como denuncia contra Juan de Santisteban, un fraile dominico residente en el monasterio de su orden en Sahelices el Chico (Salamanca). ¿Su delito? Pedirle servicios sexuales a una feligresa mientras le administraba el sacramento de la confesión.
Desde luego, no estamos ante un caso aislado. Los archivos del Santo Oficio acumulan decenas de legajos con testimonios similares. Tal es así que esta clase de abuso y sacrilegio recibió el nombre legal de “solicitación” y supuso un auténtico quebradero de cabeza para las autoridades eclesiásticas de la época.  Los investigadores Jaime Contreras y Gustav Henningsen cifran en 1.131 los casos registrados en las relaciones de causas para los años comprendidos entre 1560 y 1700. 
 Esta clase de abuso y sacrilegio recibió el nombre legal de “solicitación” y supuso un auténtico quebradero de cabeza para las autoridades eclesiásticas de la época
Corrían los tiempos de la Contrarreforma, período en el cual el catolicismo hizo examen de conciencia y trató de “separar el trigo de la paja” que anidaba en su seno. Semejante preocupación eclesiástica cristalizó en el Concilio de Trento, reunido entre los años 1545 y 1563. Sus 25 sesiones administrativas dieron como fruto un amplio abanico de medidas para regenerar la Iglesia y mejorar el adoctrinamiento de los creyentes. Bien es cierto que esta renovación no fue un acto voluntario sino que vino obligada por las circunstancias. El protestantismo había partido en dos a la cristiandad europea y muchos consideraron que aquella ruptura solo podía ser fruto de una relajación del espíritu y la carne de los feligreses. Las ideas de Lutero, además, seguían ganando adeptos en el viejo continente, provocando una hemorragia en las filas católicas que parecía no tener fin. Por este motivo, alarmó especialmente el papel del pecado en la sociedad.
La confesión había recibido un primer impulso en el concilio de Letrán celebrado en 1215. Allí se determinó que su práctica fuera obligatoria para todo creyente al menos una vez al año
Correspondía reaccionar y el papado actuó desplegando una nueva catequesis universal con la que sanear el cuerpo de la Iglesia y detener la sangría. Para ello, guiados por las resoluciones del concilio tridentino, obispos, cardenales y teólogos comenzaron a empuñar un buen arsenal de vacunas religiosas como la penitencia, la eucaristía reiterada y la confesión, cuya presencia acordaron intensificar. En ellas depositaron sus esperanzas para purificar a la humanidad, fortalecer las mentes católicas y controlar mejor cualquier posible desviación.
La confesión había recibido un primer impulso en el concilio de Letrán celebrado en 1215. Allí se determinó que su práctica fuera obligatoria para todo creyente al menos una vez al año. Pero con la contrarreforma auspiciada por Trento, su frecuencia se multiplicó y ganó en importancia. Para comulgar en las mejores condiciones había que estar libre de toda culpa. Igualmente, para hacer penitencia y purgar las penas, resultaba imprescindible pasar antes por el confesionario. También este sacramento se aconsejaba como acto previo a contraer matrimonio o recibir la extremaunción. Así que, casi sin pretenderlo, la limpieza del alma acabó convertida en un requisito indispensable para albergar cualquier otra gracia invisible de Dios. La confesión ganó protagonismo y se alzó como uno de los sacramentos más fundamentales, dado que el resto dependían en cierto modo de él. Una obra anónima editada en 1845 que versaba sobre el tema calificó el acto de confesar como “el primer y más importante deber del sacerdote”.
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