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Del Descubrimiento a 1898, Cuba y España

Martes 03 de Enero, 2017
Te invitamos ahora a un urgente repaso de la historia común de nuestro país y Cuba. Se inició con el Descubrimiento de América en 1492 y atravesó fases de mayor o menor apego hasta la triste cesura de 1898, que puso fin a 400 años de dominación española de la isla.
Alberto de Frutos

El nudo que ha amarrado a los pueblos español y cubano es tan viejo como resistente. Se forjó en los viajes de Descubrimiento de Cristóbal Colón a finales del siglo XV. Tras arribar a la isla de Guanahaní (Bahamas), las naves del almirante siguieron su periplo por el Caribe y el 28 de octubre desembarcaron en la isla de Cuba, cuya parte norte exploraron a conciencia antes de poner rumbo a La Española (durante el segundo viaje los aventureros acometerían ya el examen del sur de la isla).

Cuba estaba poblada por dos grupos diferenciados de indígenas, que sumaban alrededor de 100.000 habitantes: al norte, los probables oriundos de la península de Florida y, al sur, quienes habían arribado en sucesivas oleadas del Orinoco, en el sur del continente americano.

El comienzo de la conquista sistemática y la colonización no comenzaría hasta dos décadas más tarde, cuando se establecieran las primeras estructuras coloniales de gobierno.

El primer gobernador fue Diego de Velázquez, nacido en Cuéllar de noble cuna, que ocupó el cargo entre 1511 y 1524, cuando la muerte lo sorprendió en su finca de Santiago de Cuba. Hizo frente a la primitiva, y legítima, resistencia del cacique Hatuey, el primer rebelde de América, que acabó sus días en la hoguera; y, en el curso de su mandato, fundó las primeras siete ciudades cubanas: Nuestra Señora de Baracoa, San Salvador de Bayamo, Santísima Trinidad, Santa María del Puerto del Príncipe, Santiago de Cuba (sede del gobierno), Sancti Spiritus y San Cristóbal de la Habana.

UNA RELACIÓN ECONÓMICA
Para aprovechar mejor las riquezas, los españoles instituyeron el sistema de la encomienda, que, de hecho, facultaba la explotación de los indígenas a cambio de un mínimo sustento y la conversión religiosa. La febril extracción de oro secó pronto las reservas y la ganadería se convirtió en la principal fuente de riqueza.

El naciente comercio atrajo a los piratas de las potencias extranjeras –entre ellos a Jacques de Sores y Francis Drake– y la necesidad de protegerse de sus ataques blindó el puerto de La Habana, que rebosaba a la sazón de comerciantes.

La isla pasó a ser una Capitanía General, con un mayor grado de independencia respecto a Santo Domingo y el virreinato de Nueva España. Al tiempo, maduraron nuevos cultivos como el tabaco y la caña de azúcar y se creó una nueva sede de gobierno en La Habana –que asistiría en 1635 a la construcción del ciclópeo convento de santa Clara–; si bien Santiago seguiría manteniendo su preeminencia.

La llegada de los Borbones fomentó aún más el comercio. Felipe V “apadrinó” la Real Compañía de Comercio de La Habana (1740), que gestionó la importación y exportación de tabaco, azúcar, cueros y otros productos, y ahondó, de paso, en la estratificación social. En 1762, en el contexto de la guerra de los Siete Años, La Habana fue ocupada durante once meses por el ejército inglés, en un ataque en el que las autoridades españolas se vieron escandalosamente desbordadas en sus labores defensivas, pese al socorro de la población criolla local.

La Ilustración, encarnada por Carlos III, dotaría a la isla de estructuras defensivas más eficientes.

Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, España defendería la causa de las Trece Colonias contra Gran Bretaña, y Cuba se convertiría en la oportuna plataforma de suministros para los independentistas.

EL CONVULSO SIGLO XIX
En el caos que siguió a las invasiones napoleónicas, España proveyó a Cuba de mayores niveles de autonomía y se dispararon las ansias de independencia.

En 1810 tuvo lugar el primer conato, encabezado por Román de la Luz: resultó infructuoso. Muchos años más tarde, la conspiración de Vuelta Abajo (1852) fue también desbaratada por las autoridades coloniales, hasta que en 1868, coincidiendo con el desalojo de Isabel II del trono, comenzó la (pen)última fase de la lucha.

Las autoridades españolas abolieron la esclavitud en 1886, seis años antes de que José Martí (1853-1895), hijo de padre valenciano y madre tinerfeña, fundara el Partido Revolucionario Cubano con la intención última de segar los lazos con la Madre Patria.

En febrero de 1895 comenzó la “Guerra necesaria” o Guerra de la Independencia Cubana con un levantamiento simultáneo en 35 localidades, el llamado Grito de Oriente.

Durante los primeros compases, el patriota Martí cayó en una emboscada y murió en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895 (sus restos reposan en el cementerio de Santa Ifi genia en Santiago de Cuba, acompañados ya por las cenizas de Castro). Tras su muerte, asumieron el mando Máximo Gómez y su lugarteniente Antonio Maceo, en tanto que, por el lado español, Valeriano Weyler trataba de someter la revuelta con los métodos más brutales. El destino estaba escrito, era irreversible, y España quiso cortar la hemorragia otorgando una Carta Autonómica a la Capitanía General de la Siempre Fiel Isla de Cuba. Era 1897. Era demasiado tarde.

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