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La era dorada de España

Viernes 09 de Diciembre, 2016
El descubrimiento del Nuevo Mundo en 1492 hizo nacer un gigante en el escenario global, España, cuyo músculo se nutrió durante varios siglos de las riquezas del continente americano.

Las casualidades producto del momento, los enlaces matrimoniales, los embarazos fallidos y los compromisos rotos hicieron que hubiera un único heredero para los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, los territorios de Borgoña y los Países Bajos y, también, de España. Con un caudal de fondos en apariencia ilimitado procedente del otro lado del Atlántico, Carlos V, el rey español, no solo era dueño de un nuevo imperio en las Américas sino la figura dominante de la política europea.

Carlos V recalibró sus ambiciones y en 1519 procedió a reforzar su posición utilizando su extraordinaria capacidad financiera para asegurarse la elección como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Para Peter Frankopan, autor de uno de los libros más originales que nos podemos echar a los ojos esta temporada, El corazón del mundo (Crítica, 2016),  la buena suerte de Carlos resultó perturbadora para otros líderes europeos, que se encontraron superados en fuerza, astucia y capacidad de maniobra por un monarca decidido a ampliar su poder aún más.

La riqueza e influencia de Carlos V contrastaban radicalmente con las de figuras como Enrique VIII de Inglaterra, cuyos ingresos resultaban ciertamente vergonzosos cuando se los comparaba con los de la Iglesia en su propio país, por no hablar de los de su homólogo español. Enrique –un hombre muy competitivo que, en palabras del embajador de Venecia en Londres, tenía “pantorrillas extremadamente finas”, llevaba el pelo corto y liso “a la moda francesa” y tenía una cara redonda “tan hermosa que podría pasar por una mujer bonita”– no podría haber elegido un peor momento para intentar resolver sus asuntos domésticos.

EL INGLÉS TEMERARIO
En una época en la que Carlos V se había convertido en la persona que movía los hilos de gran parte de Europa y el papado, la insistencia de Enrique en que se anulara su matrimonio para poder casarse con Ana Bolena (que si bien no era “una de las mujeres más guapas del mundo”, en palabras de un contemporáneo, había sido bendecida con unos ojos “negros y hermosos”) era en extremo imprudente teniendo en cuenta que la esposa a la que pretendía abandonar era la tía de Carlos V, Catalina de Aragón. En la agitación que siguió a la negativa del papa a conceder la anulación, el rey de Inglaterra no se enfrentaba solo al papado, sino también al hombre más rico del mundo, un hombre que, además, era el amo de dos continentes.

La creciente importancia de España en Europa y su rápida expansión en el Nuevo Mundo bordeaban lo milagroso.

Un cambio extraordinario en términos de riqueza, poder y oportunidades había transformado a España, y la que otrora fuera un erial provinciano en el extremo equivocado del Mediterráneo se había convertido en una potencia mundial. Para un cronista español, el descubrimiento de América (lo que había hecho posible esa transformación) era “la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió”. Para otro, resultaba claro que era el mismo Dios quien había revelado “las provincias del Perú, de donde gran tesoro de oro y plata estaba escondido”; las generaciones futuras, opinaba Pedro Mexía, no darían crédito a las cantidades encontradas.

Al descubrimiento de las Américas pronto siguió la importación de esclavos, comprados en los mercados de Portugal.

Como los portugueses sabían gracias a sus experiencias en los archipiélagos del Atlántico y en África occidental, la colonización europea era una empresa costosa, no siempre rentable desde un punto de vista económico y más fácil en la teoría que en la práctica: convencer a las familias para que dejaran a sus seres queridos era ya bastante complicado, pero las altas tasas de mortalidad y las duras condiciones locales hacían que fuera todavía más difícil. Una solución había consistido en enviar por la fuerza a huérfanos y convictos a lugares como Santo Tomé, en conjunción con un sistema de beneficios e incentivos, como el suministro de “un esclavo macho o hembra para el servicio personal”, con el fi n de crear una población básica a partir de la cual poder construir un sistema administrativo sostenible.

TRÁFICO DE ESCLAVOS
Menos de tres décadas después de la travesía de Colón, la corona española ya estaba regulando formalmente la exportación y el transporte de esclavos desde África al Nuevo Mundo y otorgando licencias a los comerciantes portugueses, cuyas mentes y corazones se habían endurecido tras dedicarse por generaciones al tráfico de seres humanos. La demanda era casi insaciable en una región en la que la violencia y las enfermedades reducían notablemente la esperanza de vida.

Al igual que ocurriera durante el auge del mundo islámico en el siglo VIII, el aumento repentino de la concentración de riqueza en una parte del mundo traía consigo un aumento repentino en la demanda de esclavos procedentes de otra.

La riqueza y la servidumbre iban de la mano. Los gobernantes africanos no tardaron en protestar. El rey de Kongo apeló en repetidas ocasiones al rey de Portugal condenando el impacto de la esclavitud. A plena luz del día, protestaba, se secuestraba a hombres y mujeres jóvenes (incluidos miembros de familias nobles) para venderlos a comerciantes europeos, que luego los marcaban con hierros al rojo vivo. El soberano portugués le replicó que debería dejar de quejarse. Kongo era un país inmenso que bien podía permitirse prescindir de algunos de sus habitantes; en cualquier caso, continuaba la respuesta, él mismo derivaba un beneficio espléndido del comercio, incluido el de esclavos.

Lee el artículo completo en Historia de Iberia Vieja nº138, de diciembre de 2016

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