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Felipe II y el Bosco

Jueves 08 de Septiembre, 2016
El Rey Prudente descubrió al Bosco en su juventud, y se podría decir que fue un flechazo. Compartía con el pintor flamenco su fascinación por los símbolos y adquirió el mayor número de obras del artista que había fallecido años antes de que el monarca naciera.

Felipe II era un hombre profundamente religioso. Detrás de su sentimiento hacia lo trascendente había un vasto estudio y meditación. No en balde, el monarca era un intelectual con grandes conocimientos de filosofía clásica, mitología, arquitectura, y hasta de jardinería y paisajismo. Era asimismo aficionado al ocultismo, la simbología, la alquimia, la mecánica y a las artes en general. Por tanto, su religiosidad estaba impregnada de cultura y era enormemente racional.

La hondura y complejidad de su religiosidad se puede apreciar en los gustos del monarca. En primer lugar, su gran obra, el Palacio- Monasterio de El Escorial, muy novedoso para la época. Su diseño fue inspirado tras haber leído a Vitruvio.

La austeridad del edificio y pureza de líneas con una casi total ausencia de los adornos florales tan comunes en el Renacimiento evocaba el sentido de la vida de Felipe II, sin duda influido por el neoplatonismo de Marsilio Ficino. Sus tejados y torres, rematados por triángulos y circunferencias eran también símbolo de pureza y perfección: el triángulo por representar a Dios y a la Trinidad, y el círculo a la inmortalidad y de nuevo al ser supremo al no tener esta figura geométrica ni comienzo ni fin.

Ese amor por el lenguaje oculto de los símbolos fue sin duda lo que atrajo a Felipe II a El Bosco, el gran pintor simbolista, o incluso si utilizamos un anacronismo, probablemente el primer pintor surrealista de la historia.

EL BOSCO INCOMPRENDIDO
Sin embargo, el Bosco no era un pintor fácil de entender por sus contemporáneos, debido a lo avanzado de sus composiciones, mezcladas paradójicamente con un goticismo residual, que aunque eran figurativas, tenían un componente onírico que lo alejaban del realismo que imperaría en la pintura hasta finales del XIX. De hecho, aunque al pintor no le faltó el éxito en vida y recibió encargos incluso por parte de la casa gobernante de Flandes, entre ellos el abuelo del rey, Felipe el Hermoso, pintores como Alberto Durero, que visitó los Países Bajos hacia 1520 y que escribió sobre todo lo reseñable que había en la región, no dedicó ni una sola línea al Bosco, a pesar de haber visitado el palacio de Hendrik III de Nassau donde se encontraba ni más ni menos que “El Jardín de las Delicias”.

Probablemente Felipe II descubrió al Bosco en su viaje de juventud por los Países Bajos en 1548-9 y aunque no nos queda constancia de su parecer debió quedar impresionado por ellas.

De hecho, Felipe II, ya monarca, empezó a crear una inmensa biblioteca y una serie de colecciones de medallas y pinturas de las más extensas entre sus contemporáneos.

El rey tenía la costumbre de contratar directamente las obras de artistas vivos, como Tiziano, y durante 25 años realizaría encargos a este pintor que acabaría constituyendo la más completa colección de Tizianos del mundo. Sin embargo, con el Bosco, ya fallecido, a diferencia de con otros pintores, se molestó en contactar con almonedas y diferentes propietarios para adquirir sus obras, para tener también la colección más extensa del orbe, llegando a sumar unas 34 obras.

Un esfuerzo así, sostenido durante décadas, nos indica una pasión y no un mero capricho momentáneo, y nos da una idea del elevado y complejo gusto artístico de Felipe. De hecho, el Bosco no sería apreciado prácticamente hasta el siglo XX, de modo que también nuestro rey fue un adelantado a su tiempo. Desgraciadamente, no siempre acertó. ¿Se imagina el lector que los frescos de El Escorial hubieran sido realizados por el Greco? Esos muros y techos hubieran convertido al Palacio- Monasterio en otra Capilla Sixtina, y sin embargo, Felipe, a diferencia de con el Bosco, no comprendió la grandeza del pintor cretense. Y lo tuvo en la punta de los dedos: su encargo, el Martirio de San Mauricio y la Legión Tebana de 1580, otro cuadro de aspecto onírico, no le agradó, y El Greco quedó relegado a pintor de iglesias en Toledo.

Continúa leyendo el artículo de Javier García de Gabiola en el número 135 de Historia de Iberia Vieja

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