Se encuentra usted aquí

Inquisidores contra ateos

Martes 08 de Agosto, 2017
¿Había ateos en la España del Siglo de Oro? Siempre los ha habido, claro. Pero, ¿cómo actuó la Inquisición contra ellos? Andreu Navarra Ordoño lo ha estudiado en El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (Cátedra, 2016), un exhaustivo repaso por la disidencia ideológica hispánica más silenciada por el poder. Blasfemos, herejes o incrédulos se reivindican en estas páginas frente a la intolerancia de sus perseguidores…
Por: Andreu Navarra Ordoño

La primera sorpresa que reserva el estudio de la blasfemia es constatar la cantidad de procesos incoados por este motivo, un 27% de los procesos seguidos por la Inquisición entre 1540 y 1700, que se calcula en unos 125.000. El 27% de 125.000 son casi 34.000 procesos. Algo bastante lógico teniendo en cuenta que era mucho más fácil ser denunciado por una mera palabra malsonante o por una broma irreverente que por ser luterano, practicar el islam o el judaísmo o ser bígamo, es decir, haberse casado dos veces.

Los inquisidores, con el celo que les caracterizó, tuvieron especial cuidado en definir y clasificar las clases de blasfemias que llegaban a sus oídos, sobre todo con el objetivo de distinguir entre descuidos de pobres diablos y auténticas manifestaciones de pensamiento materialista.

A propósito de las blasfemias y palabras heréticas, Ricardo García Cárcel escribió en 1976 que “no necesitan transcripción de su contenido. Generalmente incidían sobre la Virgen María alcanzando niveles de grosería irreproducible. Las palabras heréticas tenían una congruencia destacable. Normalmente su objetivo fue relativizar el dogma abriendo un amplio margen soteriológico a favor de judíos y moros: ‘que los moros y juheus tambés poden salvar en sa ley’, ‘Sant Vicent era un hipócrita’. Las penas concedidas a los blasfemos fueron muy desiguales ‘según la forma de decirlas, la calidad de la blasfemia y la del reo’. Si la blasfemia era grave y la persona ‘vil y hordinaria’ se le hace abjurar de levi sacándole a la calle con insignias de blasfemo y condenándole a cien azotes. Si la blasfemia era muy grave y repetida con escándalo se condena al procesado a galeras.

Si los blasfemos eran personas nobles ‘se condenan en reclusión en algún monasterio por algunos meses y penas pecuniarias con abjuración de levi’. Si la blasfemia era de las llamadas ‘heréticas’, que son las que dicen extualmente: ‘Reniego de Dios o reniego de la fe, o no creo en Dios o reniego de Nuestra Señora o de los Santos’, la pena habitual es la de cárcel secreta”.

MORISCOS Y JUDÍOS
Que abundaran en los casos estudiados por García Cárcel los argumentos en favor de moriscos y judíos no debe sorprendernos, ya que estaba estudiando el tribunal de Valencia, reino en el que un tercio de la población era de origen semítico. Por ello, este grupo de blasfemias deben relacionarse más con el concepto de tolerancia que con el de incredulidad o el de ateísmo. Pero no parece que en otras regiones muy alejadas se dieran menos casos prácticamente idénticos.

María Lara, que estudió los tribunales de Cuenca y Toledo, reporta algunos casos interesantes, como el de María de Huete, vecina de Albendea, que fue procesada en 1519 por haber afirmado “que no podía ella creer que una moza fuese virgen antes del parto y después del parto”. En 1574, una tal Juana Rubio, natural de Castillo de Garcimuñoz y residente en Vara del Rey, acabó desterrada por proferir blasfemias de carácter sexual contra la Virgen.

De todo podemos inferir que la incredulidad podría definirse como la negación parcial de un dogma concreto, que deja indemne el resto del sistema de creencias. En cambio, el ateo es el que niega la base del andamiaje religioso, desde la existencia de Dios hasta la del Más Allá y el alma inmortal. Y aunque hubo muchos menos casos de ateos manifiestos que de incrédulos o blasfemos, no se puede afirmar que no existieran. Interrogado Juan de Garai, vecino de La Alberca, en 1561, afirmó: “no creo en la fe de Dios”. Más claro, imposible.

PENA MÁXIMA
El proceso de conversión masiva produjo, pues, un momento de crisis que pudo aumentar el volumen de escepticismo –si es que así podemos expresarnos– en la conciencia de los cristianos nuevos. Un fermento susceptible de engendrar ateísmo. Comprobamos también cómo la pena máxima, la cárcel secreta, se reservaba para la negación de Dios, de la Virgen o de los santos, crimen herético que se consideraba el más radical de los blasfemos.

Así pues, parece que el destino de los ateos o criptoateos reales descubiertos fuera ese. Lo verdaderamente interesante es atender a los casos individuales que se van recogiendo en los estudios: “Veamos el ejemplo de Catalina Zapata, una mujer de treinta y tres años,  esposa de Juan de Moya, sastre de Alcalá, que se denuncia espontáneamente a los inquisidores el 29 de septiembre de 1564 porque recuerda haber dicho, doce o trece años atrás, sin saber lo que decía: ‘no me ves en la miseria en este mundo; no me verás penando en el otro’. Al escuchar el edicto de fe, se da cuenta de que ha pecado contra la fe y contra la inmortalidad del alma; el tribunal le impone una simple reprimenda y la condena a ayunar dos viernes y a rezar cuatro veces el rosario durante la próxima semana” (Joseph Pérez).

Otras veces no salía indemne: “Algunas de estas palabras podían ser susceptibles de un castigo más severo, cuando parecían indicar que sus autores dudaban de la inmortalidad del alma o de la resurrección de los muertos, y hacían profesión de materialismo”.

Es decir, que los inquisidores eran indulgentes con el comentario casi involuntario, pero perseguían al blasfemo culto más susceptible de saber qué estaba diciendo y qué se traía entre manos: “Francisco Martínez Berraldo, de Ocaña, lo comprueba por sí mismo: si esos individuos entran en el paraíso, había dicho, entonces su asno entraría también, ¡con albarda incluida! Se ve obligado a comparecer en el auto de fe de 1555, en Toledo. Casi un siglo más tarde, una desgracia parecida le ocurre a un francés, un tal Pedro Baurès, de veintinueve o treinta años, detenido en Madrid el 3 de mayo de 1640. Dijo haciéndose el bromista: ‘Dios no es todopoderoso; la prueba es este bastón: Dios no me podrá impedir que lo queme; ¡tampoco podrá impedir que tenga dos extremos!’”

Meses después, el 19 de septiembre de 1640, “es objeto de una seria amonestación”. Concluye Pérez: “Esos ejemplos y otros que podríamos aportar sugieren que la tesis clásica de Lucien Fevre no es aplicable a España: en ese país la incredulidad no está excluida, sino que existen incrédulos y ateos”. María Lara ha afirmado que las penas impuestas por las blasfemias y las expresiones heréticas variaban mucho en función del perfil del acusado –ignorante o letrado–, del grado de conciencia con el que pronunció las palabras –con bastante asiduidad eran proferidas en estado de cólera o embriaguez– y de su actitud en el proceso.

INCRÉDULOS
Un ejemplo de ateísmo pasional y reactivo fue el que condujo al criado de Juan de Padilla, Alonso de Peralta, a ser condenado por la Inquisición en 1526. Tras la ejecución de su amo, Peralta había afirmado que “pues que Dios había consentido matar a tal hombre como era Juan de Padilla, que él creía que no había Dios, ni otra cosa que nascer e morir” (Julio Caro Baroja). Sin embargo, decir que el asno de uno entrará en el Paraíso o ironizar sobre el destino ultraterreno no tiene que ver con el ateísmo, puesto que no se niega la existencia del Más Allá. La incredulidad consiste en negar algún detalle del dogma –o toda una familia de ellos–, pero opino que los historiadores han abusado del término “ateísmo” y han llamado “ateo” al “incrédulo” con demasiada ligereza. Cada año se leían los edictos de fe en todas las parroquias españolas, en los cuales se advertía sobre la obligatoriedad de denunciar cualquier herejía, con una mención explícita del ateísmo. Pero no resulta tan fácil documentar actitudes manifiestamente descreídas, distinguir entre el celo represor de los inquisidores y la existencia real de ateos. Lo que abunda son ejemplos de formas menos elaboradas, anteriores en nivel y volumen herético, es decir, blasfemos e incrédulos. La especialista María Lara Martínez afirma con toda contundencia la existencia de ateos en la España del Siglo de Oro: “En la apologética católica española del Quinientos y del Seiscientos el ateísmo no solo se intuye, sino que está presente.

Teólogos y dramaturgos, predicadores y ensayistas aluden en sus obras a ‘los que no creen’ en sus obras. Si bien no podemos afirmar que se corresponda con una doctrina específica organizada como un corpus de principios, sí cabe pensar que es reflejo de una tensión intelectual dentro de la que se inscribiría la actitud libertina”.

La autora da en el clavo: reconoce que muchas realidades distintas son llamadas “ateísmo” en la España del Siglo de Oro, pero a la vez afirma que hubo ateos reales en ese mundo difícil de vislumbrar bajo la aplastante unanimidad contrarreformista. Según Febvre, “ateo en el siglo XVI no siempre quería decir ateo; a lo sumo, significaba incrédulo”. Para el historiador francés, en la Francia del siglo XVI no había ateos. Para los especialistas españoles, en la mayoría de los casos localizables la explicación es una incredulidad parcial, aunque algunas veces fuera posible localizar casos de auténtico ateísmo. En efecto, se llamaba “ateo” al creyente de otra confesión, al musulmán o al judío, y también se llamaba ateo al libertino, al que decía ser cristiano pero que, en su vida privada, se conducía sin moral cristiana alguna.

Lo que indudablemente tenemos es multitud de tipos interesantes: “Se conoce también el caso del almirante de Aragón, Sancho de Cardona, gran señor valenciano detenido en 1568 por la Inquisición; no se había confesado ni había comulgado desde hacía más de veinte años. La semana santa la pasaba en los poblados moriscos de sus señoríos donde había autorizado la reconstrucción de mezquitas”.

Asombroso caso de un noble tolerante y claramente desafiante. Y hay más: “El único Dios en que creo es la plaza del Zocodover, exclama un converso a finales del siglo XV”; aquí sí que se explicita un rechazo claro de la idea inmaterial de Dios. ■

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario