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Quevedo y Olivares

Martes 22 de Marzo, 2016
Quevedo, Olivares
El conde-duque de Olivares, como otros nobles de la época, se vanagloriaba de proteger a ciertos intelectuales de la época. Coincidió en el tiempo con una de las mejores plumas que ha dado la literatura española, Francisco de Quevedo, siete años mayor que él. Quevedo trabó amistad con el duque de Osuna, uno de los hombres más poderosos de Felipe III y, cuando este cayó en desgracia y siendo secretario suyo, fue desterrado a Torre de Juan Abad (Ciudad Real). Desde allí se enteró de la muerte del rey, la entronización de su hijo y el inicio de la privanza del conde-duque. El 5 de abril de 1621 escribió una carta a este pidiéndole su libertad. Así, empezó la relación epistolar y el intercambio de halagos entre ambos.
Sorprende, pues, que el escritor entrara en prisión en 1639. Fue por su actitud levantisca frente al Gobierno. Quevedo se atrevió a enviar al rey una misiva en verso en la que hablaba de los defectos de su valido. En 1641 trató de ablandar al conde-duque para que le concediera la libertad o, al menos, para que utilizara su influencia y lo trasladaran a una prisión mejor. De nada le sirvieron las súplicas, pues permaneció entre rejas nada menos que cinco años. Sin embargo, no está clara la responsabilidad del valido en el encarcelamiento del intelectual. Uno de sus biógrafos dice: “Hartas pruebas existen de que el valido más quiso honrar que juzgar a Quevedo y al recibir el memorial de súplica del prisionero ordenó ‘que se fueran disponiendo las cosas con más blandura’”; e incluso después de la caída de Olivares, el rey le negó el perdón hasta unos meses después.
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