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La reliquia de la cruz de Jesús... Santa Espina de Mula

Jueves 15 de Diciembre, 2016
La actualidad que ha cobrado la Santa Espina de Mula se debe a la celebración, en 2017, del año Jubilar de Caravaca de la Cruz.

La comunidad de religiosas se encontraba rezando en el coro del monasterio cuando la madre abadesa tuvo noticia de que unos hombres la andaban buscando. Era la tarde del 24 de julio de 1936. Cuando llegó hasta el torno, sor María de San Francisco Escámez recibió el aviso de que tenían tres horas para abandonar el edificio.

En dos libretas que se conservan en el archivo del Real Monasterio de la Encarnación de Mula sor María de los Ángeles Ruiz Gómez cuenta todo lo relativo a la expulsión del convento.

La religiosa asegura que dada la situación política que atravesaba España debían haber tomado medidas para salvar lo máximo posible, pero no lo hicieron, y la noche de la expulsión dejaron todo como estaba, “con toda su riqueza, con toda su hermosura de imágenes, cuadros de firmas elevadísimas, lienzos, tapices, piedras, reliquias, con todo el encanto de su huerto y de sus claustros, con el delicioso aroma de sus flores, con la histórica escultura de su templo, de su camarín...”.

Sobre las dos de la madrugada del día de Santiago, las quince religiosas, portando un hato con algunas prendas, se dispusieron, por orden de los ocupantes, a abandonar la clausura, no sin antes despedirse del cuerpo de la madre fundadora del convento, sor Mariana de Santa Clara. A la salida del mismo, las monjas fueron cacheadas por unas mujeres, encargadas de comprobar que no sacaban nada más que lo estrictamente permitido. Pero se les escapó un detalle: la primera sacristana del convento, sor María Jesús Dato, de 55 años y natural de Mula, portaba escondida entre sus ropas una reliquia, una supuesta espina de la corona de Cristo, que llevaba en el monasterio desde su fundación en el siglo XVII.

Así arranca el reportaje de Lourdes Gómez Martín sobre la Santa Espina de Mula que llegó hasta esta localidad murciana por mediación del vidente del Niño de Mula, Fray Pedro de Jesús, y se ha convertido en una de las reliquias más preciadas del monasterio de la Encarnación

LA SANTA ESPINA EMPAREDADA
Cuenta nuestra colaboradora que, durante el periodo de obligado exilio de las hermanas, la Santa Espina estuvo con sor María Jesús Dato en casa de su hermana carnal.

Idearon un escondite perfecto para el venerado pedazo de madera: un pequeño armario, apenas un hueco excavado en la pared, que al mismo tiempo fue tapado.

En efecto, la Santa Espina fue emparedada para asegurar su protección. “Sor María Jesús Dato tuvo la iluminación de sacar del relicario la Santa Espina y se la escondió. Cuando estuvo fuera se percató de que se había caído un papelito que llevaba, la “auténtica”. Ella relata que era una especie de pergamino escrito en latín. No la dejaron volver a entrar, pero gracias a Dios se conserva el lacre”, expone sor María del Carmen Parras, actual madre abadesa de la comunidad de hermanas clarisas del Monasterio de la Encarnación de Mula.

La “auténtica” es el documento que debe tener toda reliquia y que acredita la autenticidad de la misma. La Santa Espina estuvo escondida en la casa familiar de sor María Jesús Dato durante la guerra civil, un tiempo en el que la comunidad de hermanas clarisas de Mula estuvo fuera de clausura.

“El edificio se quedó sin nada, destruido. Se utilizó como cárcel durante la contienda y muchos de los bienes fueron saqueados. Otros pudieron salvarse gracias a la intervención de la junta de recuperación del gobierno republicano. Esos objetos de valor se guardaron en el Museo de Bellas Artes de Murcia y fueron devueltos tras la guerra”, en palabras de Juan González Castaño, historiador, cronista oficial de Mula y autor, junto a Manuel Muñoz Clares, de la obra Historia del Real Monasterio de la Encarnación de religiosas clarisas de la ciudad de Mula (Murcia).

Al mes y medio de terminada la guerra, en 1939, las hermanas volvieron al monasterio, más concretamente al hospicio, la única parte del edificio que había quedado en condiciones de ser habitada. Las pérdidas materiales fueron muchas, aunque lo que más afectó a la comunidad de hermanas clarisas fue la profanación del cuerpo de sor Mariana de Santa Clara.

A causa de dichas profanaciones y la pérdida de bienes, la comunidad tenía miedo de dar a conocer la supervivencia de la Santa Espina. A pesar de que al volver al monasterio se picó la pared de la casa de sor María Jesús Dato para recuperar la reliquia, “esta no fue venerada enseguida. Estuvo escondida hasta que se estabilizó la situación”, asegura sor María del Carmen Parras. Antes de la guerra se veneraba el último domingo de noviembre, solemnidad de Cristo Rey, costumbre que se recuperó tras un tiempo de prudencia y que ha llegado hasta nuestros días.

Lee el reportaje completo en el nº138 de Historia de Iberia Vieja, de diciembre de 2016

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