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El sueño de Manila

Miércoles 30 de Noviembre, 2016
Desde mediados del siglo XVI hasta principios del XIX el galeón de Manila navegó entre Filipinas y México, llevando y trayendo mercancías. También recibía este nombre la ruta y el comercio establecido por este barco, que tuvo otras denominaciones, como “Galeón de Acapulco” o “Nao de la China”. Esa ruta comercial se mantuvo durante 250 años, en los que los barcos españoles esparcieron por América y Europa retazos de las civilizaciones y culturas del Lejano Oriente.

Tras el viaje de circunnavegación iniciado por Magallanes en 1519 y finalizado por Elcano en 1522, la navegación de América a Filipinas no revestía grandes problemas. El regreso, en cambio era poco menos que imposible debido a los fuertes vientos en contra. Así fue hasta 1565, cuando el padre agustino Andrés de Urdaneta encontró la ruta para navegar con seguridad hacia el este, desde Filipinas hasta México.

Urdaneta, que en 1565 había acompañado a Legazpi en su expedición a las Filipinas, inició el tornaviaje de dicho archipiélago a América como piloto de la nao San Pedro. Evitó los vientos de la derrota directa, aprovechó los alisios que le empujaron al norte, y siguió la corriente del Kuro-Shivo navegando hacia el nordeste. A la altura de Japón viró a levante para aprovechar los vientos del oeste que le llevaron hasta las costas de California, y a continuación viró al sur para entrar en Acapulco el 8 de octubre.

Con este largo viaje de más de 7.000 millas, Urdaneta abrió la ruta de tornaviaje tantos años buscada, que se convirtió en una importante vía comercial utilizada por otras expediciones y por el legendario galeón de Manila al que Marcelino González Fernández ha realizado un interesante reportaje en el número 138 de Historia de Iberia Vieja.

EL GALEÓN DE MANILA
Una vez abierta la ruta, empezó el tráfico continuo de mercancías, normalmente entre Manila (Filipinas) y Acapulco (México). Aunque en un principio se creó para el servicio de los vecinos de Manila, como compensación por residir tan lejos de sus tierras, y para el transporte de misioneros que se desplazaban a evangelizar el archipiélago, Marcelino Fernandez nos recuerda que la ruta estuvo funcionando dos siglos y medio para el tráfico de mercancías, hasta 1815 concretamente, coincidiendo con la independencia de México.

En gran parte, aquel comercio era alimentado en Filipinas por el gran tráfico de juncos y sampanes chinos, que llevaban a Manila muchas y muy variadas mercancías para venderlas por plata española.

Al principio, de cada puerto –Manila y Acapulco– podían zarpar hasta tres barcos al año, pero a partir de 1593, ante protestas por competencias desleales, se limitó a dos barcos por año que podían transportar hasta un máximo de 300 toneladas. Y más tarde se redujo a un solo barco de mayor tonelaje. En ocasiones, este tráfico se redujo todavía más. Y en alguna época, para su protección, contó con escolta armada.

El viaje desde Acapulco a Manila, con escala normalmente en Guam, duraba unos cuatro meses. Y el tornaviaje de Manila a Acapulco, siguiendo la ruta abierta por Urdaneta, duraba más de cinco meses a causa del rodeo que había que hacer por el norte.

Eran viajes largos y duros, con fuertes temporales y grandes encalmadas, en los que en ocasiones se producían muertes por hambre o escorbuto, y algunos barcos se perdían por incendios o naufragios.

Y a veces tuvieron que hacer frente a la piratería, ya que transportaban artículos valiosos, que hacían al galeón de Manila un barco muy atractivo para los piratas, corsarios y enemigos de los intereses de España. De todas formas, en el Pacífico los piratas y los corsarios no representaron un gran problema, ya que en los 250 años del galeón de Manila, solo cuatro barcos cayeron en sus manos: Santa Ana (1587), Encarnación (1709), Nuestra Señora de Covadonga (1743) y Santísima Trinidad (1762).

El tráfico del galeón de Manila fue una de las principales fuentes de ingresos de los colonos españoles asentados en Filipinas.

TRÁFICO Y COMERCIO
Los galeones transportaban a Acapulco artículos exóticos que eran muy apreciados en América y Europa: artesanía china, abanicos, espadas japonesas, alfombras persas, porcelanas, jarrones chinos, biombos japoneses, especias (canela, clavo, pimienta y otras), marfil, tapices, lacas mantones, perfumes, muebles, piedras preciosas, relicarios, telas (raso, seda, tafetán y terciopelo) y muchos otros. Y a Manila, además de soldados y misioneros, solían transportar mercancías españolas y americanas, entre ellas plata mexicana que era muy apreciada por los asiáticos, sobre todo por China, que al recibirla en monedas por el pago de las mercancías adquiridas, la marcaba a troquel para convertirla en su moneda oficial.

Este tráfico estuvo bajo la jurisdicción del virrey de Nueva España en asuntos como vigilancia, fletes, despachos de buques, pasaje, etc. El precio aproximado de un pasaje de México a Filipinas era de 1.000 pesos, y el de Filipinas a México 1.500 pesos.

El galeón de Manila abrió las puertas a nuevas formas de comercio e intercambio de riquezas, fue un gran mercado para ingentes cantidades de artículos de lujo, produjo considerables beneficios económicos, y proporcionó un interesante y rico intercambio cultural.

En su tiempo, los terminales de Manila y Acapulco constituyeron emporios comerciales, con ferias de las más pintorescas de la época a la llegada de los galeones. La feria de Acapulco, que se reglamentó en 1579, normalmente duraba un mes, y en ella se vendían los géneros orientales, como alcanfor, canela, clavo, damascos, jengibre, lacas, perfumes, tapices, tibores, etc. En la de Manila también se vendían muchos productos, entre ellos cacao, cueros, manufacturas, tintes, y sobre todo plata mexicana.

Lee el artículo completo en el número 138 de Historia de Iberia Vieja

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