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Tres humanistas en busca de Lázaro

Lunes 02 de Enero, 2017
Una de las obras cumbre de la literatura castellana permanece huérfana de autor. Sin embargo, en los últimos años, nuevos y viejos candidatos han sido propuestos para su rúbrica avivando un debate que está lejos de cerrarse.

El Lazarillo de Tormes, joya de la literatura castellana, tiene como protagonista a un joven intrépido y como autor a un fantasma. Entre aventuras, dichas y desdichas por la España del siglo XVI, el texto rezuma cultura, hábil manejo de fuentes clásicas y populares. Unas virtudes que tradicionalmente han llevado a pensar a los expertos que no estamos frente a la pluma de un cualquiera, sino ante el talento de un hombre ilustrado y bien situado en la sociedad política y religiosa del momento.

Por ese motivo, seguramente para evitar represalias y no dañar su reputación, el autor decidió ocultar su firma, renunciando así a una fama universal.

El Lazarillo ofrece una lúcida denuncia social ataviada con los ropajes de una narración de entretenimiento.

Muestra un retablo costumbrista absolutamente corrosivo y punzante que dispara contra todos los estamentos sociales de la época: nobles innobles; hidalgos ruines e hipócritas; clérigos y frailes mezquinos e inmorales…

En apenas un puñado de páginas, todo el aparente brillo y gloria del Imperio español queda trasmutado en frágil oropel con sólo descender a la vida cotidiana de las gentes. Un baño de realidad muy difícil de digerir por el poder establecido, quién enseguida incluyó la obra en el Índice de Libros Prohibidos y únicamente permitió su publicación en 1573 tras mutilar con precisión de cirujano todos los episodios y diálogos considerados “peligrosos” por los inquisidores.

¿Quién pudo ser el artífice de unas líneas tan osadas?

Según el reportaje que Juan José Sánchez-Oro publica en la edición nº139 de Historia de Iberia Vieja, el retrato robot de esa mano oculta, casi desde el primer momento, ha apuntado hacia un relevante cortesano del siglo XVI y en su búsqueda han partido numerosos investigadores. No es el único. En los últimos lustros cuando han proliferado las candidaturas más elaboradas, reactivándose un debate que permanecía en vía muerta.

DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA
En 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló publicó su estudio A vueltas con el autor del Lazarillo. En él exponía cómo durante sus pesquisas por los papeles personales del censor Juan López de Velasco, tropezó con un hallazgo excepcional.

López de Velasco fue uno de los más insignes cosmógrafos e historiadores españoles en tiempos de Felipe II. Pero dentro de los servicios prestados a la corona, igualmente, le correspondió revisar y modificar algunas obras publicadas en el reino para que su circulación fuera tolerada. Uno de los libros prohibidos cuyos párrafos más problemáticos eliminó a conciencia fue el Lazarillo de Tormes. Sin embargo, López de Velasco además trabajó para un importante noble, Don Diego Hurtado de Mendoza, cuya hacienda y herencia administró durante años. Pues bien, entre los legajos conservados de este magnate, figuraba un inventario con todos sus libros y en él aparecía escrita una línea insólita: “Un legajo de correcciones hechas para la impresión de Lazarillo y Propaladia”. En opinión vertida a la prensa sobre su hallazgo, Agulló manifestó que “desde luego, nada puede darse como absolutamente definitivo, pero el hecho de que el legajo con correcciones hechas para la impresión del Lazarillo se hallara entre los papeles de Don Diego Hurtado de Mendoza, me ha permitido desarrollar en mi libro una hipótesis seria sobre la autoría del Lazarillo, que fortalecida por otros hechos  y circunstancias apunta sólidamente en la dirección de don Diego”.

Hurtado de Mendoza encarnaba a la perfección las dos almas propias de un caballero del Renacimiento: la militar y la intelectual. Provenía de un linaje muy notable afincando en Granada, ciudad de la que era oriundo. Su padre había sido gobernador del Reino de Granada y el hijo no le anduvo a la zaga. Ejerció de embajador ante importantes potencias extranjeras como Venecia, Inglaterra o Roma. Fue gobernador de Siena y cuñado del comunero Juan de Padilla, para quien solicitó el indulto regio. También se granjeó buena fama por su activa participación contra la rebelión morisca de las Alpujarras.

Como hombre de letras, a Don Diego le venía de cuna el ser nieto del Marqués de Santillana y disfrutó de una educación privilegiada en la Universidad de Salamanca, lo que le permitió manejar con soltura el griego, hebreo, árabe y latín. Fruto de lo cual nació una afición por la lectura que terminó plasmando mediante la acumulación de una enorme biblioteca privada.

Con su hipótesis, Mercedes Agulló no ha hecho sino recoger un testigo ya sospechado a principios del siglo XVII, cuando los bibliógrafos flamencos Valerio Andrés Taxandro y Andrés Schott apostaron por dicho noble para resolver el enigma del Lazarillo. No obstante, después de ella, el filólogo valenciano Joaquín Corencia Cruz publicó en 2013 un estudio denominado La cuchillada en la fama, donde añadía nuevos argumentos a favor de Don Diego. Corencia dedicó varios años a recopilar coincidencias entre las obras literarias de Hurtado de Mendoza y el célebre relato picaresco. Producto de esas indagaciones fue detectar, por ejemplo, en las casi desconocidas Glosas al Sermón de Aljubarrota, elaboradas por Don Diego en 1545, varias de las tramas argumentales y personajes presentes en el Lazarillo como el comerciante de bulas, el ciego mendicante, los hidalgos ociosos y paupérrimos, críticas mordaces a las mujeres toledanas o el modo de redacción en primera persona, con abundante ironía, tras una petición previa y con la intención de dar completa cuenta de lo sucedido, al igual que acontece en el relato de Lázaro.

ALFONSO DE VALDÉS
En 2016, una importante editorial española publicó de nuevo El Lazarillo de Tormes. La diferencia frente a las impresiones anteriores es que, en esta ocasión, se prescindía del frustrante anonimato y se le ponía nombre y apellido al autor: Alfonso de Valdés, secretario personal del emperador Carlos I, descendiente de judíos conversos, simpatizante del erasmismo con cuyo principal adalid, Erasmo de Rotterdam, llegó a cartearse, y escritor de diferentes trabajos satíricos y caricaturescos. Detrás de esta edición moderna estaba Rosa Navarro, catedrática de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, quien durante muchos años ha estado reivindicando dicha autoría.

Una vez más, la hipótesis no era absolutamente nueva. Ya en 1976, el profesor de la Universidad de California Joseph V. Ricapito apuntaba con vehemencia que “si el autor del Lazarillo no fuera este conquense ilustre, Alfonso de Valdés, tendría que ser alguien muy semejante a él o alguien que pertenecía a los mismos círculos intelectuales”. El camino seguido por Rosa Navarro ha consistido en  señalar que las fuentes empleadas en El Lazarillo y las obras de Valdés coinciden en su mayoría. Ambos autores tenían una formación similar y bebieron para sus composiciones de idénticas referencias.

Otro argumento relevante es que Valdés acostumbró a no firmar sus escritos más polémicos, como ocurre en El Lazarillo.

Ahora bien, uno de los principales inconvenientes a esta teoría reside en que este cortesano del emperador falleció en 1532, mientras que la primera edición conocida de la novela picaresca que nos ocupa es de 1554. Se sabe que hubo al menos una edición anterior, aunque se ignora el año, incertidumbre que aprovecha la profesora Navarro para determinar cómo, en efecto, el relato fue elaborado en vida de Valdés y publicado en Italia, para materializarse décadas después en las ediciones ya conocidas. No comparten esta posibilidad eminentes filólogos como Francisco Rico, quienes, como mucho, atrasan a 1540 la confección de la obra.

Quedaría por explicar esos 22 años de silencio editorial que los críticos con Rosa Navarro juzgan excesivos para una obra tan exitosa, que enseguida acumuló sucesivas reimpresiones.

Conoce el resto de candidatos a la autoría del Lazarillo en el nº139 de Historia de Iberia Vieja

 

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