Se encuentra usted aquí

El cine más histórico

Viernes 29 de Abril, 2016
El cine, ese “oficio del siglo XX” en palabras de Guillermo Cabrera Infante, goza de una salud inmejorable en el XXI. Nos enterrará a todos. Luces, cámara... ¡acción! Por Alberto Frutos.
El director de cine Luis Buñuel durante uno de sus rodajes

Desde que los hermanos Lumière patentaran el cinematógrafo, hemos sido testigos de la transformación de un espectáculo de feria en un arte –el séptimo arte–, al que España ha aportado un buen puñado de obras maestras y de nombres propios con ángel, o sea con estrella. Tantos sueños no pueden caber en estas páginas. Aun así, cerremos los ojos hasta que nos despierte la claqueta.

Los pioneros

Si hoy vemos la cinta de Fructuós Gelabert Riña en un café (1897) nos preguntamos dónde está el misterio. Los arqueólogos del cine la tienen por nuestra primera película con argumento. A muchos jóvenes el cine mudo incluso el cine en blanco y negro– les provoca sarpullidos. Es una pena, porque los grandes hallazgos técnicos se encuentran ya en Méliès, David W. Grif­ th o Segundo de Chomón, pionero de la stop motion cuando esta técnica no tenía ni siquiera nombre. Tuvo que ser una aventura: explorar un espacio desconocido, consagrar los mejores años de nuestra vida a un juego, asistir a un programa en un triste “nickelodeon”… rebosante de risas. Los llamamos “pioneros”, tuvieron frutos consagrados, por ejemplo uno de los taquillazos del cine patrio: Nobleza baturra (1935), dirigida por Florián Rey. El mismo que rodó, unos años antes, La aldea maldita que conocería una segunda versión, ya sonora, en 1942.

Personajes para recordar son Antonio Casal en La torre de los siete jorobados (1944), obra cumbre del cine fantástico español, que juntó a los genios de Emilio Carrere y Edgar Neville, su director. Y Pablito Calvo en Marcelino Pan y Vino (1954), de Ladislao Vajda, que hizo llorar a varias generaciones de españoles.

El género de los géneros

A diferencia de otras cinematografías, a la española le ha costado arrancar con el género histórico. Durante los años de la autarquía, el cine se deleitaba con el pasado del Imperio pero la ­delidad se supeditaba a la causa nacional-católica. La productora Cifesa conoció su apogeo en los años cuarenta y primeros cincuenta, con obras como Locura de amor (1948), sobre Juana la Loca; o Alba de América (1951), acerca de Cristóbal Colón, ambas de Juan de Orduña. Y de Aurora Bautista, que interpretó a la hija de los Reyes Católicos en los cuarenta, a Pilar López de Ayala que se metió en su piel en la película de Vicente Aranda de 2001 y cosechó los elogios de toda la crítica. De un tiempo a esta parte, la historia parece haber prendido al cine por las solapas. Tras la muerte de Franco, la mirada sobre la Guerra Civil corrigió los excesos propagandísticos de antaño y las películas sobre las glorias del Imperio desatendieron la épica y pusieron el acento en el humor y la crítica. Imanol Uribe adaptó en 1991 la Crónica del rey pasmado de Gonzalo Torrente Ballester y nos brindó una sugerente película sobre Felipe IV y su obsesión por el sexo. 

Escena de Crónica del rey pasmado  de Gonzalo Torrente Ballester

De capa y espada

Si había una novela histórica de aventuras que pidiera a gritos su traslación a la gran pantalla, esa era El capitán Alatriste, de Arturo PérezReverte. El escritor señaló entonces que “nadie había hecho nunca, hasta ahora, una película así en esta desgraciada y maldita España”. Adaptar un texto literario es empresa ardua, y, si la trama se desenvuelve en el Siglo de Oro, más aún. Agustín Díaz Yanes, el director, salió airoso y al cartagenero le gustó, que no es poco; aunque el resultado distaba mucho de ser una obra maestra. A Marsé, irónico retratista de la posguerra, la suerte rara vez le ha acompañado, hasta el punto de definir las adaptaciones de sus libros como “películas fallidas”. ¿Hay acaso alguna cinta que se acerque a su original literario? Sí, claro. Los santos inocentes, por ejemplo. Su director, el maestro Mario Camus, hace tiempo que no va al cine. No soporta el ruido de las palomitas.

El set de rodaje

Hay tipos que van a Nueva York para sentirse estrellas por un día. Que hacen un cameo en el café Carlyle por si Woody Allen se ­deja caer en ellas o ponen cara de malotes no sea que Coppola pase por ahí y les dé un papel en un hipotético El padrino IV. Nosotros también tenemos nuestras propias ciudades y decorados de cine. Por ejemplo, Almería, en cuyo desierto de Tabernas se rodaron algunos de los sudorosos spaghetti westerns de Sergio Leone y compañía. O Madrid, rompeolas de todas las Españas, e inolvidable escenario de películas como Abre los ojos o, más recientemente, Truman. Y, ¿Reconocen el escenario que envuelve a Keith Baxter y Orson Welles en Campanas a medianoche (1966)? Son las murallas de Ávila y la película, producida entre otros por Emiliano Piedra, es soberbia.

El destape

Se acercaba el ­ final de Franco y la censura enfundaba las tijeras. A primeros de los setenta los españoles se desplazaban a Perpignan y anhelaban romper la cuarta pared para bailar con Maria Schneider El último tango en París. María José Cantudo lo enseñaba todo en La trastienda (1975) y a partir de ese año la fiebre erótica achicharraba a los españolitos, que se refrescaban con el cine S de Nadiuska y otras chicas del montón. Los argumentos eran casposos y majaderos y los chistes toscos, más o menos como la política de hoy en día.

 Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem

Nuestros clásicos

¿Y qué hay de las mejores películas del cine español? Si hubiera una fórmula matemática capaz de medir las emociones, podríamos aproximarnos a ese canon, pero, como no existe, cualquier lista es subjetiva. Ahora bien, ningún inventario que se precie debería prescindir de estas dos joyas rodadas en los mismos años: Bienvenido, Mr. Marshall (1953), de Luis García Berlanga, y Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem. Fue una década prodigiosa. La España rural y la urbana se tendieron en la mesa de operaciones para someterse al bisturí de dos cirujanos excepcionales, que retrataron la culpa y el fariseísmo de la sociedad (en el caso de Bardem) y el aislamiento y las ilusiones frustradas de un pueblo por el que el Plan Marshall pasa de largo (caso de Berlanga).

Ni disney ni pixar. ¡Quien crea que somos unos advenedizos en esta materia se equivoca. Ya hemos hablado de Segundo de Chomón, y no está de más recordar que, en 1945, Garbancito de La Mancha, de Arturo Moreno, se convirtió en la primera película animada en color de toda Europa. Más recientes son Chico y Rita, de Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando, y Arrugas, de Ignacio Ferreras. Y ambas tienen que ver con la historia. Con la de Cuba y con la nuestra.

Figuras de ayer y hoy

Durante años, el cine español se escribió en condicional: “Si Pepe Isbert hubiese nacido en Estados Unidos...”. “Si Rafaela Aparicio...”. Y es verdad. He ahí a nuestros Walter Brenan y Thelma Ritter. Sin ningún Oscar en sus vitrinas, claro, al igual que tantos buenos actores (¡como Thelma Ritter, sin ir más lejos!). El cine español está, y estuvo siempre, sobrado de talento. Luis Buñuel triunfó bajo pabellón mexicano y francés, y en 1972 la elite de Hollywood –Hitchcock, Wilder y Ford entre otros– lo homenajeó en la casa de George Cukor. Al igual que Buñuel, Amparo Rivelles desarrolló en México buena parte de su carrera y Sara Montiel triunfó en Estados Unidos con varios westerns y, en España, con El último cuplé. En los setenta, Fernando Rey conquistó el Viejo y el Nuevo Mundo, y fue una de nuestras estrellas con mayor proyección tras coprotagonizar la policíaca The French Connection. También lo fue Marisol, un rayo de luz, el ángel que nos enseñó que la vida era una tómbola.

Como ella, muchos grandes artistas, aquí y fuera de aquí, empezaron a coquetear con los focos a muy temprana edad. Fue el caso de Victoria Abril, uno de los rostros más populares de los ochenta y noventa, que compartió aplausos con Antonio Banderas en Átame (1991), de Pedro Almodóvar. Si el primero heredó el aura de latin lover de Rodolfo Valentino, el cineasta manchego ha exportado nuestra cultura por todo el orbe, mediante un lenguaje a la vez universal y propio. “Almodovariano”, que se dice. Entre sus “descubrimientos”, no es menor el de Álex de la Iglesia, a quien produjo su primera película y que es hoy uno de los creadores más originales y valientes de nuestro cine. Javier Bardem y Penélope Cruz tampoco necesitan presentación. Ellos sí tienen su Oscar, lo mismo que Alejandro Amenábar por Mar adentro, no se lo llevó, sin embargo, su Ágora, una opulenta y reflexiva película histórica.

Películas de nuestro cine que no te puedes perder: El verdugo (Luis García Berlanga, 1963), Viridiana (Luis Buñuel, 1961), El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), Furtivos (José Luis Borau, 1975), Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988), Arrebato (Iván Zulueta, 1979), Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gràcia, 1948), Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) y La caza (Carlos Saura, 1966).

 

 

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario