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El espectáculo de la muerte

Jueves 04 de Febrero, 2016
Durante siglos, en las plazas más importantes del país, las ejecuciones públicas congregaron a multitudes que disfrutaban de un espectáculo que era considerado tan normal como morboso parecería para nosotros hoy en día. Por: Javier Martín
Plaza mayor, ejecución, Rodrigo Calderón, Pío Baroja, auto de fe
Ahora son el fútbol, los conciertos, el teatro, el cine o los innumerable eventos deportivos que concentran a decenas de miles de personas en torno a un espectáculo que ejerce como elemento de socialización de tantos y tantos ciudadanos, que se evaden de su realidad cotidiana durante un par de horas para después profundizar en lo visto, conversar con quienes compartieron esa “ceremonia” sobre las sensaciones provocadas en cada uno, pero también acerca de realidades más nimias como el vestuario de los protagonistas, el niño que gritaba en primera fila o el gato que saltó al campo e impidió el gol en la línea de la portería. Se trata, en definitiva, de compartir, de hacer sociedad mediante el ocio… Hoy se hace así. Hace siglos el telón, los estadios, eran bien diferentes; el espectáculo se celebraba en una plaza abierta, y el balón no rodaba, el protagonista era la horca o el garrote vil, también, muy a su pesar, el ejecutado… A ojos de todos los que quisieran o tuvieran estómago para “disfrutar” de la muerte. 
La plebe goza cuando acercan al futuro ajusticiado al lugar en el que dará su último hálito y polemiza sobre la justicia de las acusaciones hechas contra él
En un tiempo en el que el pueblo sufre, en el que las guerras llevan la desolación por todos los puntos del país, en los que la angustia, la necesidad es parte del alma de la sociedad, la desgracia ajena se convierte en un espectáculo que congrega a las masas. La plebe goza cuando acercan al futuro ajusticiado al lugar en el que dará su último hálito, polemiza sobre la justicia de las acusaciones hechas contra él, lo insulta y defiende, y, atento, conteniendo algunos la respiración, otras veces observándolo sin pestañear, deshumanizando totalmente al reo, contempla cómo muere ejecutado por el verdugo. Las ejecuciones públicas atraían a numeroso público, y habitualmente se celebraban en plazas lo suficientemente grandes para que pudiesen “deleitarse” con la ejecución cuantos más asistentes, mejor. 
Pero las ejecuciones públicas no eran exclusivamente por motivos religiosos. Especialmente celebrados eran aquellos que tenían como protagonistas a los nobles o a los prohombres de la ciudad
Los autos de fe celebrados por la Inquisición se configuraban como uno de los eventos que más curiosos atraía. Vivieron un espectacular auge durante los siglos XVI y XVII y despertaban una expectación tal que era frecuente que muchas horas antes de que este se iniciase los habitantes de la ciudad en que se celebrara, acudiesen en masa a coger un sitio privilegiado desde el que no perderse ni un solo detalle del mismo. Se juzgaba a varios individuos condenados por brujería, herejía o cualquier tipo de delito contra la ortodoxia católica en un proceso que, si bien tuvo un origen solemne, no tardó en convertirse en un auténtica fiesta, en un día esperado ansiosamente por las multitudes, ávidas de contemplar la compleja e intensa ceremonia. En el caso –habitual– de que uno o varios condenados fuesen finalmente condenados a la muerte en la hoguera, la sentencia se ejecutaba casi siempre en un lugar en las afueras, en el que se encendían tantas piras como condenados existieran. Las referencias escritas sobre las ejecuciones observan que solían ser menos masivas que los autos de fe, pero que no dejaban de ser consideradas una prolongación de la fiesta anterior, y por ende, en lugar de jarana, en el que vendedores ambulantes, saltimbanquis y puestos de todas clases, acompañaban al fuego en una celebración en toda regla. 
Pero las ejecuciones públicas no eran exclusivamente por motivos religiosos. Especialmente celebrados eran aquellos que tenían como protagonistas a los nobles o a los prohombres de la ciudad. Evidentemente, fue en Madrid, como capital del reino, como sede de la Corte, donde, en especial durante el Siglo de Oro, más expectativas despertaban estos acontecimientos. Ajusticiamientos prologados por intrigas y conspiraciones nunca del todo aclaradas como el de Don Rodrigo Calderón, valido de Felipe III, se convirtieron en la comidilla de la ciudad durante meses y cualquiera que hubiese estado presente en el mismo puso convertirse en centro de la conversación durante muchas jornadas. 
 
Sin duda fue la madrileña Plaza Mayor el centro de las ejecuciones más seguidas durante el siglo XVII. Y allí, había espacio para las muertes según cómo fuesen a llevarse a cabo
Las ejecuciones guardan también un ceremonial, mantienen unas costumbres que acaban por convertirlas en un auténtico rito. Sin duda fue la madrileña Plaza Mayor el centro de las ejecuciones más seguidas durante el siglo XVII. Y allí, había espacio para las muertes según cómo fuese a llevarse a cabo. Las realizadas por cuchillo o hacha, frente a la Casa de la Carnicería; las que se ejecutaban mediante el horca, frente a la Casa de la Panadería; si era el garrote el encargado de desencadenar el fatal desenlace, frente al portal de pañeros. 
Una de los grandes escritores del país, Pío Baroja, relataba así la que fue una de las últimas ejecuciones públicas en España, la de Higinia Balaguer, autora del célebre crimen de la calle Fuencarral, quien fue ejecutada en una plaza frente a la Cárcel Modelo de Madrid, en 1890: “Desde los desmontes próximos a la cárcel, hormigoneaba el gentío (…) La ejecución fue rápida. Salió al tablado una figurita negra. El verdugo la sujetó los pies y las faldas. (…) Se vio al verdugo que ponía a la mujer un pañuelo negro en la cara, que luego daba una vuelta rápidamente a la rueda, quitaba el pañuelo y desaparecía”. 
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Dentro de las especies que habitan la tierra, hay alguna semejante a la humana...por su sadismo, brutalidad, ignorancia, lujuria e idioteces que comete?

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