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Los epitafios más célebres

Viernes 24 de Junio, 2016
En el número 113 de Historia de Iberia Vieja, nuestro colaborador Javier Martín reunió algunos de los epitafios más singulares, creativos y a veces procaces que reposan en los cementerios españoles.

Si queremos protestar ante alguien, hay que hacerlo… aunque sea poniendo nuestra consideración en la misma tumba. Eso mismo hizo José María Bejarano Martín, quien pidió a su familia que, a su muerte, inscribiese en su lápida una crítica al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a quien atacaba por el hecho de haber subido el IVA cultural al 21%. Así que la lápida de José María reza en el cementerio de San Pedro de Latarce, en Valladolid, un epitafio inclemente con el gobernante:

“Montoro, cabrón, ahora ven y cobras”.

Hemos querido servirnos de esta anécdota del presente para recordar algunos de los epitafios más singulares, creativos y a veces procaces que reposan en las piedras de los camposantos de nuestro país.

Valga para comenzar el cinismo de uno de los grandes autores del teatro del absurdo español, uno de los tipos más originales que poblaron el ya de por sí muy original siglo XX patrio, Jardiel Poncela. El creador de Eloísa está debajo de un almendro falleció en 1952, con apenas 50 años, resignándose a un progresivo olvido de su persona y obra. No es extraño, pues, el tono punzante de la sentencia que cincela su nicho:

“Si buscáis los máximos elogios, moríos”.

Más sobrio, Miguel de Unamuno, en su tumba de Salamanca se deja acompañar por los últimos versos de su Salmo III: “Metedme, Padre Eterno, en tu pecho, / misterioso hogar, / dormiré allí, pues vengo deshecho / del duro bregar”.

Quien fue durante poco más de un mes presidente de la Primera República, Nicolás Salmerón murió en Francia, en Pau, en 1908, pero siete años después se trasladaron sus restos al Cementerio Civil de Madrid. Quienes compusieron las letras de su tumba madrileña resaltaron una actitud puntual de su vida política:

“Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte”.

Algo parecido, la distinción de su principal voluntad política, adorna la tumba del ex presidente del Gobierno español Adolfo Suárez, y su esposa, Amparo Illana: “la concordia fue posible”.

Aunque ya que escribimos de historia y epitafios, no hay mejor tumba que visitar que la del último capítulo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Allí el bachiller Sansón Carrasco dejó escrito el de quien, quizás, sea el personaje más célebre de toda la historia de España, el propio don Quijote: “Yace aquí el Hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó / de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte./ Tuvo a todo el mundo en poco; / fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco”.

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