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El otro Leonardo

Jueves 20 de Noviembre, 2014
Leonardo Torres Quevedo

Fue el mayor genio que jamás haya existido en España. Lo inventó todo: el primer mando a distancia, los transbordadores, el ajedrecista automático…, y sobre todos, los primeros dirigibles que surcaron los cielos de las grandes ciudades españolas. Leonardo Torres Quevedo no tiene nada que envidiar al gran Leonardo da Vinci. Si alguien lo duda, que lea… 

Alejandro Polanco Masa

A principios del siglo XX no eran los aviones, apenas recién nacidos, los aparatos voladores que parecían tener un futuro más brillante. Las miradas de todos los que soñaban con viajes por los cielos se dirigían a los dirigibles, que fueron durante décadas los auténticos señores del aire y, si no hubiera sido por el tráfico final del más emblemático de sus miembros, puede que todavía fueran hoy día sinónimo de vuelo placentero y lujo intercontinental.

Los dirigibles, que todavía se utilizan de forma marginal en campos como el publicitario o en la vigilancia, pero que puede que tengan un nuevo renacimiento en un futuro como vehículos de transporte pesado, comenzaron a extenderse desde que en 1900 comenzara a volar el LZ1, el primer Zeppelin. Cualquier modelo de dirigible anterior quedó eclipsado por los sucesivos modelos de Zeppelin. Se inició entonces la carrera por conseguir una nave cada vez más rápida, veloz y segura. Los dirigibles, “globos” con propulsión propia y gran capacidad de maniobra, solían contar para su sustentación con grandes depósitos de hidrógeno o, menos comúnmente, de helio.

No sólo fue un excelente matemático, sino que alumbró tecnologías que se adelantaron décadas a su tiempo, desde mandos a distancia a máquinas capaces de jugar al ajedrez de forma automática.

Durante la Primera Guerra Mundial se emplearon tanto como plataformas de observación como para servir para bombardear. Al finalizar la contienda, se empezaron a utilizar para el transporte de pasajeros incluso a grandes distancias, con vuelos entre Europa y América. Nada parecía poder parar su auge, incluso cuando los aviones ya empezaban a ser mucho más rápidos. Pero todo cambió en un solo instante. El 6 de mayo de 1937, después de haber recorrido el Atlántico norte, el majestuoso dirigible alemán Hindenburg, se aproximaba a su estación de amarre en Nueva Jersey. Tuvo que esperar bastante tiempo para efectuar la maniobra debido al mal tiempo, pero finalmente ejecutó la aproximación para ser amarrado. Por desgracia, una chispa de estática sorprendió a todos los que en tierra observaban la operación. A la chispa le siguió un incendio feroz, que destruyó la nave en apenas segundos. Una inmensa bola de fuego se precipitó al suelo desde quince metros de altura. Un minuto después, lo que había sido la joya de la flota de dirigibles alemanes yacía en el suelo convertido en una informe masa de metal retorcido. Del casi centenar de personas que viajaban a bordo, fallecieron treinta y cinco. El desastre fue radiado en directo, pues en el lugar se encontraban periodistas y emisoras que estaban esperando la llegada del gran heraldo flotante desde el otro lado del Atlántico. Precisamente, fue el gran impacto que los medios alimentaron sobre la tragedia lo que precipitó el final de los dirigibles. Nació entonces un sentimiento de desconfianza hacia ellos, ya nadie quería volar en dirigible.

El espectáculo del Graf Zeppelin sobre Madrid

La flota de dirigibles alemana fue entonces desmantelada. El añejo LZ-127 Graf Zeppelin, buque insignia de toda un época, fue enviado al desguace. Curiosamente, una de las naves aéreas que más expectación levantó en la España de la primera mitad del siglo XX fue el Graf Zeppelin, el mayor dirigible de su tiempo, sólo superado posteriormente por el malogrado Hindenburg. Con sus más de 230 metros de longitud, era capaz de transportar cargas de hasta 60 toneladas. Verlo surcar los cielos debió ser un espectáculo asombroso pues, para imaginarnos cómo era su tamaño, cabe decir que era tres veces más grande que un avión Jumbo actual.

Fue la compañía francesa Astra la que logró hacerse con los derechos de los ingenios aéreos del español y, así, comenzó la carrera mundial de los dirigibles

El Graf Zeppelin recorrió todo el mundo desde 1928 en rutas que iban desde Europa hasta América, incluso sobre el Polo Norte. En esas rutas, dio la vuelta al mundo en varias ocasiones y sobrevoló España, lo que se convertía en momento muy especial para quienes contemplaban la llegada del gigante aéreo. Quedan para el recuerdo diversas fotografías del paso de este dirigible, por ejemplo sobre Madrid, que se han convertido en auténticos iconos de la época. Como muestra del asombro que provocaba el paso de la gran nave aérea alemana sobre España valgan estas palabras que aparecieron publicadas en El Heraldo de Madrid el 21 de septiembre de 1932: “…hacia las ocho de la mañana las personas que transitaban por las calles de Madrid se vieron sorprendidas por el paso de un enorme aerostato, cuyos motores producían un ruido ensordecedor. Prontamente se dieron cuenta de que se trataba del gran dirigible alemán Graf Zeppelin, cuyo nombre pudieron leer claramente en uno de los costados de la aeronave. La curiosidad despertada por el dirigible fue extraordinaria, especialmente en los barrios populares, cuyas calles se llenaron de gente para presenciar su paso, produciendo una enorme algarabía los chiquillos. Balcones y ventanas de las casas se cuajaron de gente para presenciar el vuelo del Zeppelin. El aparato gigante, después de volar muy bajo sobre Madrid, tomó dirección hacia Cuatro Vientos y poco después volvió a volar sobre la población, pero esta vez acompañado de varios aeroplanos españoles que le escoltaban”.

Tal y como menciona la prensa de la época, el espectáculo debía de ser impresionante pero, por mucho que el dirigible alemán dejara asombrados a quienes lo contemplaban desde tierra, no era ni mucho menos el primer gigante aéreo que cruzaba nuestros cielos. Mucho tiempo antes una nave igualmente singular, aunque con no muy buena suerte, se ganó el privilegio de despertar la admiración de los madrileños. Se trataba del dirigible España.

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