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De profesión verdugo

Viernes 13 de Enero, 2017
Solemos referirnos a las incontables ejecuciones que tuvieron lugar a lo largo de la Historia pero raramente nos paramos a pensar en los que los realizaban con sus propias manos: los verdugos. A ellos dedica Javier Martín la primera sección de La Lupa de la Historia.

En España hemos tenido verdugos en nómina hasta bien avanzado el siglo XX. En 1974 fueron ejecutados dos reos a partir de un sistema que evocaba a otra época: el garrote vil. Curiosamente, esos últimos ajusticiamientos se produjeron el mismo día, el 2 de marzo, y en puntos bien próximos geográficamente, la cárcel de Tarragona y la cárcel modelo de Barcelona.

En Tarragona, el reo condenado fue un ciudadano alemán, Georg Michael Welzel, quien había sido acusado de matar a un Guardia Civil durante un enfrentamiento, tras haber intentado robar en un camping tarraconense.

En Barcelona, el sindicalista Salvador Puig Antich, condenado por un Consejo de Guerra y cuya figura se convirtió en un símbolo de la lucha contra la dictadura.

Infinitamente menos conocidos fueron las vidas de quienes trabajaban cortando de raíz las de los condenados: los verdugos.

Simples funcionarios que cumplían con el trabajo encomendado por el Estado o responsables de aceptar una labor inhumana, impropia en la Europa de los años setenta, lo cierto es que sus biografías llevarán siempre la sombra y la carga de aquel vil garrote que les servía como instrumento de trabajo. Pepe “el sevillano” y Antonio López Sierra fueron los encargados de llevar a cabo tan desagradable actividad aquel 2 de marzo.

BASADA EN UNA HISTORIA REAL
Quizá, si son amantes del buen cine, recuerden la que es considerada una de las mejores películas de la historia de España: El verdugo. Dirigida por Luis García Berlanga, tiene una escena memorable: José Luis, uno de los protagonistas e interpretado por Nino Manfredi, recibe el encargo de ejecutar a un reo por garrote vil.

Tiempo antes había aceptado el trabajo de verdugo presionado por sus familiares, tras convencerlo de que no tendría que ejercer nunca como tal. Cuando le reclaman que acuda a ejecutar a un preso, el pánico y la mala conciencia se apoderan de él hasta desarrollarse la escena a la que nos referíamos, en la que José Luis es literalmente arrastrado junto al garrote vil para que cumpla con su cometido.

La escena en cuestión, y en cierto modo toda la película, está inspirada libremente en una tesitura real que tuvo como protagonista a Antonio López Sierra, quien años después de sucedida esta, ejecutara a Salvador Puig Antich.

Tras una juventud intensa en la que había llegado a formar parte de la División Azul y a sobrevivir en la primera posguerra mediante el estraperlo, las estafas y todo tipo de negocios poco lícitos, en 1949 aceptó entrar en el cuerpo de verdugos. Cuando se le preguntaba por su labor, aseguraba que aquello era un simple trabajo, como cualquier otro.

No fue así en el año 1959, cuando recibió el encargo de ajusticiar a la conocida como “envenenadora de Valencia”, Pilar Prendes, acusada de asesinar a la mujer en cuya casa trabajaba en el servicio doméstico. Algo trastocó en aquel momento la moral del verdugo, o simplemente fue una suerte de prejuicio, no sabemos. Lo cierto es López Sierra se negaba a ejecutar a la envenenadora.

Obligado por las autoridades a hacer frente a su labor, López Sierra llegó absolutamente borracho al momento de la ejecución después de ser casi arrastrado hasta el patíbulo.

A partir de esta anécdota, de esta situación tan berlanguiana, de esa mezcolanza cuasi tragicómica, el director valenciano construyó una película que es una de las verdaderas joyas de toda la historia del cine español. Pese a las dudas que despertó en él esta ejecución, lo cierto es que López Sierra ajustició a una veintena de personas sin, aparentemente, ningún complejo moral. La última de ellos, ya lo hemos escrito, quizá la más polémica y mediática, la del anarquista Salvador Puig Antich, que generó manifestaciones en casi toda Europa. Curiosamente, la única ejecución en la que participó nuestro otro protagonista, José Monero Remono, el referido Pepe “el sevillano”, aconteció, como hemos dicho, el mismo 2 de marzo de 1974.

Desde la oposición a Franco se acusó al Gobierno de realizarla el mismo día con objeto de evitar que el foco mediático se situase únicamente sobre la polémica ejecución de Puig Antich. En este caso parece que es la vida real la que está inspirada en la ficción berlanguiana. Pepe había sustituido al anterior verdugo en el año 1972 en la Audiencia de Sevilla, con el convencimiento de que nunca tendría que ejercer la labor. No esperaba que en aquel año 1974 recibiese la notificación de que debía ejecutar al alemán Georg Michael Welzel. Monero rechazó en primera instancia realizar la labor encomendada, pero, presionado por la amenaza de ser sancionado duramente, se vio obligado a trasladarse desde Andalucía a Tarragona. La ejecución fue un desastre por su inexperiencia, y Pepe “el sevillano” necesitó tres intentos pavorosos para acabar con la vida del alemán.

Conoce todo sobre la profesión de verdugo en el nº139 de Historia de Iberia Vieja

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