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Las aficiones secretas de Felipe II

Jueves 23 de Marzo, 2017
A través de sendas investigaciones sobre las aficiones secretas de Felipe II, sabemos que fue bailarín, poeta aficionado, compulsivo coleccionista de obras de arte y gran lector. También averiguamos sus relaciones con Simón Ruiz, uno de los banqueros que le prestaba los dineros. Por: Javier García de Gabiola

A Felipe II se le conoce como un hombre metódico y contenido, con largas jornadas de trabajo de 8 a 12 horas diarias en su despacho, lo que nos han proporcionado una imagen de hombre austero y un tanto aburrido. Sin embargo, lo que poca gente recuerda hoy en día es que Felipe era un excelente bailarín, tocaba algunos instrumentos musicales, fue poeta aficionado, amante de la jardinería y la arquitectura, coleccionista de pinturas, lector empedernido de obras filosóficas, de arte, de historia e incluso de astronomía, astrología y de magia. Asimismo, fue un padre cariñoso y esposo entregado, todo lo cual se ha perdido en gran parte debido a su celo por preservar su intimidad. A pesar de mandar destruir su correspondencia privada, han sobrevivido unas 10.000 cartas de la colección de los condes de Altamira que nos han dado luz sobre este monarca, haciéndolo más cercano y comprensible. Nos lo recuerda Javier García De Gabiola en el reportaje que figura en la portada del número 142 de la revista Historia de Iberia Vieja.

Al principio nada presagiaba que Felipe sería un intelectual, y de hecho parece que en su infancia fue bastante revoltoso. Siguiendo a Geofrey Parker, a los siete años todavía el príncipe no sabía leer ni escribir y su madre tuvo que soltarle alguna que otra bofetada. Con el emperador siempre ausente recorriendo media Europa en guerras y diplomacia, Felipe sólo vería a su padre unos meses cada 2 o 3 años, por lo que para él sería un gigante, una figura enorme a la que admiraba, pero a la vez alguien muy distante, una imagen que el propio Felipe adoptaría para sí mismo. Sin embargo, tuvo la suerte de que fue su propia madre, la bellísima Isabel de Portugal, la que le educaría personalmente, algo poco común entre los monarcas europeos. Esto le daría un equilibrio emocional y afectivo, un autocontrol sobre sí mismo que lo distinguía enormemente de sus colegas reales, muchos de ellos ogros desmesurados medio psicópatas sin ningún freno moral y dados a solventar sus caprichos de forma inmediata. De hecho, Felipe presentaba un carácter que nos podría recordar bastante, valga el anacronismo, al de un gentleman británico del XIX, un tanto puritano, estirado y elegante, pero recto, justo, deportista y trabajador, por lo que choca bastante que los propios ingleses no lo hayan comprendido y lo hayan denigrado especialmente a través de la leyenda negra por sus enfrentamientos con Isabel de Inglaterra.

LA PASIÓN POR LA NATURALEZA
Su primer tutor desde 1535, Juan Martínez de Siliceo, fue un gran erudito y luego se convirtió en su confesor personal, pero a juicio del emperador era demasiado blando con él, de modo que en 1541 fue sustituido por varios preceptores que le impartirían latín y griego, matemáticas y arquitectura, y geografía e historia. Aunque el griego le aburría, Felipe destacó y fue un alumno brillante en todas las demás materias. Sus carencias con otros idiomas que no fuera el castellano las suplió con su dominio del latín, y con el tiempo aprendió de forma autodidacta a leer y entender perfectamente el francés, el italiano y el portugués, aunque por no dominarlos del todo no se atreviera a hablarlos. Con la muerte de su madre, el duro Don Juan de Zúñiga pasó a ser su ayo y le convirtió en un auténtico caballero castellano.

Durante su infancia y luego toda su vida, su gran pasión fue la naturaleza. Ya a los tres años, en 1530, Felipe iba todos los días a cazar a los bosques de Aranjuez con una pequeña ballesta. Con el tiempo, el príncipe llegaría a estar seis horas seguidas a caballo para desconsuelo del viejo Zúñiga, y su supuesto temor a los deportes de acción y contacto físico queda desmentido cuando el rey se pasó al uso de la jabalina para abatir personalmente y a corta distancia a los lobos, ciervos e incluso osos. El propio Carlos V prohibió a su hijo que matara más de un cierto número de animales por semana, ya que estaba esquilmando los cotos reales. Por otro lado, su pasión por la caza no debe llevarnos a confusión. Ello no implicaba un desprecio por la naturaleza sino todo lo contrario. En aquella época la caza era un deporte muy corriente, y no contradecía el amor a los animales.

De hecho, Felipe también coleccionaba y cuidaba aves vivas, y cuando mudaba de residencia siempre iban con él decenas de jaulas que contenían los pájaros favoritos del príncipe, cuyos cantos le acompañaban siempre. Con todo ello se entiende mejor por qué décadas más tarde Felipe optaría como residencia por El Escorial, un monasterio al pie de las sierras de Madrid, en pleno campo.

Su atracción por lo simbólico e incluso lo mágico y sobrenatural empezó a manifestarse hacia 1540, justo después de la muerte de su madre

Lee el artículo completo en el nº142 de Historia de Iberia Vieja

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