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Algunas cosas que no sabías de Blas de Lezo

Jueves 19 de Octubre, 2017
El libro Los vikingos no tenían cuernos (Oberon, 2017) nos habla, con un tono diferente y divertido, de anécdotas, propósitos y despropósitos de la historia. Y se pone en la piel de algunos grandes héroes que escriben en primera persona de lo que fueron y de lo que escribieron que fueron.

Entre sangre, astillas asesinas, pólvora y gritos, el médico de su barco le amputa la pierna. Sin anestesia. Con aquella vieja técnica de poner un palo en la boca y decir: “hala, chaval, muerde”. Debido al valor de don Blas (ya se ha ganado a pulso el tratamiento de don, ¿no?), le ofrecen un tranquilo puesto de asistente de cámara de Felipe V. Pero el de Lezo piensa, y con razón, que hay más tiburones en la corte que en el mar. Es un hombre de acción, y rechaza el cargo para poder seguir su carrera de marino.

EL HÉROE CONTRA LOS INGLESES
En su nueva etapa en la mar, socorre las plazas de Peñíscola y Palermo. Ataca la nave inglesa Resolution, con tanta resolution que la hunde. Hace tantas capturas de barcos ingleses que le permiten llevárselos como trofeos a su tierra, a Pasajes, en Guipúzcoa. Los lugareños se acostumbran a decir, sin inmutarse: “Mira, ahí trae otro barco don Blas. ¡Txiquillo, córtate un pelotari! ¡Que ya no tenemos donde meterlos!”.

1706. Sigue la Guerra de Sucesión, que parece que no se acaba nunca. La nueva misión de don Blas consiste en burlar el bloqueo inglés a la ciudad de Barcelona, para poder abastecerlos. Lo consigue con una maniobra muy ingeniosa: deja flotar frente a la flota británica paja húmeda ardiendo, que crea una cortina de humo impenetrable para que los barcos españoles entren en la ciudad. El MedioHombre les vuelve a dar a los ingleses, otra vez, donde más duele.

1707. Fortaleza de Santa Catalina. Tolón.

Don Blas debe defender la plaza contra la flota de Eugenio de Saboya. Una esquirla le arranca el ojo izquierdo. Tiene 19 años y ya es cojo y tuerto. Poco después, 23 años, don Blas se convierte en capitán de navío.

1712. En el asedio a Barcelona, que se ha decantado por el bando de los Austrias, una bala de mosquete que no tiene nada mejor que hacer le destroza el antebrazo derecho. Tiene 25 años. Y su estampa es ya la de un viejo y curtido general. Cojo, tuerto y, ahora, manco. Y, ¿qué? En esas condiciones, apresa once barcos británicos entre ellos el enorme Stanhope.

1730. Los genoveses dicen que no quieren pagar a España los dos millones de pesos que deben. Don Blas llega. Su nombre le precede. Se acerca con su barco al puerto de Génova y se limita a decir: “Cuidaíto, chavalada, que voy”. Los genoveses pagan sin rechistar. Saben que este tío no se anda con bromas. Así que ya ves cómo es Blas de Lezo. Imbatible. Con imaginación. Audaz. Concienzudo.

Disciplinado. Un genio militar.

LA GESTA DE CARTAGENA DE INDIAS
Una de las gestas más fascinantes de toda la historia de la armada española fue la que protagonizó el almirante don Blas de Lezo y Olavarrieta en la heroica defensa de Cartagena de Indias; la ciudad más importante del Caribe, la llave de las posesiones españolas en América, a la que llegaban todas las mercancías del comercio entre las Españas y las Indias y de las que salían los barcos cargados de tesoros de vuelta hacia Castilla.

La batalla de Cartagena de Indias contra los ingleses fue el episodio decisivo de la Guerra del Asiento entre España y la pérfida Albión, también conocida con el extraño nombre de Guerra de la Oreja de Jenkins.

EL TUERTO CONTRA EL SORDO
El tal Jenkins, titular de la oreja, era un capitán contrabandista británico que en el año 1731 navegando por aguas del Caribe a bordo de su velero Rebbeca, a la caza, captura y pirateo de los galeones españoles que volvían de las Indias cargados de riquezas, fue apresado por el guardacostas español Julio León Fandiño, capitán de La Isabela. En realidad, la de Jenkins no fue más que otra de las múltiples escaramuzas de la actividad corsaria que se daban habitualmente entre ambos países; ya que Inglaterra no estaba dispuesta a seguir aceptando unas condiciones enormemente desventajosas para ellos, en lo que al comercio americano se refería, y negociadas en el Tratado de Utrecht. Fandiño, como castigo por su actividad delictiva le cortó una oreja a Robert Jenkins con el sable al tiempo que le dijo: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.

La cosa es que, siete años después del incidente lo de Jenkins fue aprovechado, de manera oportunista, como pieza clave de una campaña pro bélica promovida por la prensa británica y auspiciada por parte de la oposición parlamentaria en contra del primer ministro Walpole. Con una opinión pública completamente manipulada por los periódicos, que reclamaban una explicación, Jenkins compareció en la mismísima cámara de los comunes, acompañado de una oreja amojamada metida en un frasco con alcohol.

No faltaba detalle. Al considerar que Fandiño había insultado al monarca británico, Walpole se vio obligado a regañadientes a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739. Fue la primera guerra mediática, la primera guerra espoleada por la prensa. Gran Bretaña puso a disposición del almirante Lord Edward Vernon la mayor flota que conoció la historia hasta la fecha: casi doscientos barcos y treinta mil hombres. Solo será superada durante el siglo XX por el desembarco aliado de Normandía y tuvo sesenta navíos más (setenta, de hecho) que la Grande y Felicísima Armada de Felipe II; aquella que los ingleses, que no los castellanos, llamaron Armada Invencible.

En marzo de 1741, la imponente flota se plantó en las costas de Cartagena. El almirante Blas de Lezo, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, contaba con tres buques y menos de tres mil soldados.

Resumiendo: Inglaterra, doscientos barcos; España, tres. O lo que es lo mismo, pero no es igual: Inglaterra, treinta mil soldados; España, tres mil hombres. El presuntuoso Vernon estaba tan convencido de su aplastante superioridad que al primer atisbo favorable en el combate, con la captura del barco de Blas de Lezo, envió noticia a su rey Jorge II de la victoria en Cartagena. Y el rey, ni corto ni perezoso, mandó acuñar una moneda conmemorativa en la que se veía a Lezo arrodillado ante su supuesto vencedor, con la leyenda: “La arrogancia de España humillada ante el almirante Vernon”.

Pero MedioHombre, Patapalo, don Blas, genial marino y estratega, consiguió que los ingleses cayeran en todas las trampas que les puso y defendió la ciudad palmo a palmo vendiendo carísimo su pellejo. Es cierto que a don Blas le faltaban algunos apéndices, pero nadie dudó nunca que estaba bien sobrado de otros. Y al fin, tras arrojar miles de bombas y balas de cañón contra Cartagena, tras perder más de la mitad de la flota y cerca de diez mil hombres, incapaz de quebrar la resistencia española, Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Don Blas de Lezo había vencido clamorosamente.

LA MUERTE DEL HÉROE
Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, y no levantaron cabeza hasta Trafalgar. La humillación fue tal, que el rey Jorge II intentó que desaparecieran todas aquellas vergonzosas monedas y prohibió hablar del asunto de Cartagena de Indias. Inglaterra no iba a escribir ningún relato sobre aquello. A Vernon nunca se le pidieron responsabilidades y, a su muerte, fue enterrado con honores en la abadía de Westminster.

Blas de Lezo murió unos meses después de la batalla, a consecuencia de las heridas recibidas en su heroica defensa de Cartagena de Indias. En un alarde típico español de ingratitud y olvido le enterraron en una fosa común, junto a muchos otros defensores de la ciudad. Al menos descansa junto a sus hombres, que es donde siempre quiso estar. 

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