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Cinco cosas que no sabías de Diego de Torres Villarroel

Martes 19 de Septiembre, 2017
Diego de Torres Villarroel (1694-1770) fue uno de los escritores más apreciados de su tiempo y, aunque el canon se ha quedado solo con su Vida, un relato de carácter autobiográfico, su obra fue bastante más dilatada.

La Guerra de Sucesión desgastó las cuentas familiares y el joven Diego, que ya había probado fortuna en Portugal, trató de abrirse camino como escritor, astrólogo o lo que fuera. Ganó la cátedra de Matemáticas de la Universidad de Salamanca y, tras una crisis depresiva, se ordenaría sacerdote en 1745.

En 1718 publicó su primer almanaque, inicio de una pingüe carrera como “profeta” que culminó en 1724 cuando predijo la muerte de Luis I de Borbón. Al menos, eso es lo que creía la gente: incluso en el Siglo de la Razón las supersticiones campaban a sus anchas... Podemos entender, claro, los vituperios de sus contemporáneos, incapaces de aceptar la acogida popular del Gran Piscator de Salamanca, como se hacía llamar, que año tras año renovaba sus predicciones y luchaba por que no le cerraran el chiringuito.

Su primer libro, más allá de esas distracciones de periodismo astral, fue Viaje fantástico (1724), al que siguió un año después el Correo del otro mundo, primitiva tentativa de literatura autobiográfica, en la que se carteaba con personalidades como Hipócrates, Aristóteles –que lamentaba lo mal que se le interpretaba– o el jurista Papiniano.

De raíces conceptistas, Diego de Torres Villarroel gozó del éxito plebeyo, pero también de la protección de la nobleza y, de hecho, murió en el Palacio de Monterrey, donde trabajaba como administrador de los bienes del duque de Alba. Ello no impidió, sin embargo, que el rey lo desterrara en 1732, ni que la Inquisición prohibiera alguna de sus obras.

Si hubo una vida novelesca en el siglo XVIII, esa fue la suya, e hizo muy bien en escribirla. Dio a la imprenta la primera entrega de su Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del Dr. Diego Torres de Villarroel en 1743, y el último “trozo” en 1758. Quizá sin pretenderlo, su autor, que tampoco fue manco con la poesía, probó en sus carnes que la picaresca seguía viva, y que, de hecho, pícaros lo eran todos: aquellos que se consagraban a la alquimia o vaticinaban el motín de Esquilache, y esos otros que robaban algo más que un “borrico” o unos “pañales”, y certificaban la verdad de su soneto Los ladrones más famosos no están en los caminos: “Haga aquí la Justicia inquisiciones/ y verá que la corte es madriguera/ donde están anidados a montones”./A.F.D.

Cuida de tu vida y deja que yo lleve y traiga la mía donde se me antojare

“¡Con qué libertad vuela la fantasía sin el freno de la razón!
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